Corre Sebastian Vettel como alma que lleva el diablo. Y el diablo es rojo. El diablo es una máquina. Un robot. Un Ferrari, que lleva dentro el alma de alguien lo bastante ingenuo y entusiasta como para creer que los humanos mandan sobre los diablos.

El diablo rojo con un número 7 marcado sobre su piel de plástico, ríe. Ríe cuando el alma que intenta dirigirlo se dispone a hacerlo correr. Al diablo rojo no le apetece correr. Es un robot, es una máquina, está más allá de lo humano. Y como el diablo no quiere correr no importa las cosquillas que le hagan con los destornilladores los mecánicos: Kimi Raikkonen se queda fuera de una carrera en la que ya le daban por ganador los comentaristas.

Pero aún queda otro diablo rojo. El segundo Ferrari; y en su interior va el alma feliz de Sebastian Vettel remontando posiciones desde el último puesto de la parrilla. Y ya se ve ganador, o al menos en el podio.

-¡Vamos diablo, obedéceme, hazme feliz, ayúdame a lograrlo!

Y ya casi lo tiene el nervioso señor Vettel, ya casi tiene el podio al alcance de la mano, cuando le toca doblar a Fernando Alonso. Es un momento decisivo, apenas le separa un segundo del sonriente señor Ricciardo, pero… Fernando Alonso no le ve, o -si el teutón tiene razón en sus comentarios- no quiere verlo. Y Fernando Alonso hace perder a Vettel unos metros preciosos.

Probablemente si Alonso se hubiera apartado sumisa y rápidamente Sebastian Vettel le habría quitado a Daniel Ricciardo la tercera posición en el Gran Premio de Malasia 2017. Aunque -también probablemente- Daniel Ricciardo habría vuelto a adelantarlo antes de la bandera a cuadros porque los neumáticos que calzaba el diablo rojo ferrari marcado con el número 5 se fueron por completo abajo en los últimos giros de la última carrera que se celebrará en el bonito circuito de Sepang.

-Esperaba más de ti, Alonso -dice Vettel por la radio.

¿En serio tenía Vettel algún derecho a esperar más de Fernando Alonso? No lo creo. No creo que tuviera derecho a esperar más del hombre a quien arrebató al menos dos campeonatos mundiales que ya rozaba con las yemas de los dedos.

Si Vettel insulta a Charlie Withing, saca el dedo a los doblados y hasta se permite jugar a los coches de choque con Lewis Hamilton ¿cómo puede esperar que en plena carrera uno de sus rivales más directos le facilite lo más mínimo las cosas?

Si Fernando no vio a Sebastian cuando iba a doblarlo, perfecto. Pero si lo vio e hizo lo posible para dificultarle la carrera, me parece incluso mejor; y si es así yo le aplaudo.

La carrera la ganó Max Verstappen, gracias a que es el piloto más macarra y peligroso de la parrilla actual, actitud que también me divierte y celebro.

El tercer puesto en la clasificación del GP de Malasia se convirtió para Verstappen en segundo cuando Kimi fue traicionado por su diablo rojo. Y Hamilton, que iba primero, prefirió no arriesgarse, no luchar contra el alma más peligrosa y salvaje del circo, y conformarse con un segundo puesto que le daría puntos seguros para el gran pulso: el que decidirá quien gana y quien pierde el campeonato mundial del año 2017.

Aún quedan cinco carreras. Las almas y sus diablos eléctricos y mecánicos. Vettel y su diablo rojo hicieron una excelente remontada; no nos simpatiza demasiado el señor Sebastian, pero le felicitamos. El público quiere lucha, quiere sangre.

Ojalá hasta el último gran premio sigamos viendo los colmillos al aire y los cuchillos sacados.

Tigre tigre.

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