Hay un miedo extendido, incluso entre la gente de izquierdas, a decir que son ateos. Siglos han pasado desde el triunfo de la razón de Descartes, incluso desde la propia revolución francesa y seguimos mirando para otro lado ante las tradiciones religiosas, cual si nos diera aprensión decirle a la gente que los dioses y todo el tinglado montado en su entorno es nada más que el producto de nuestra mente, del desasosiego a que la vida se acaba y no queda nada más que tus cenizas.

Curiosamente, somos capaces de ver claramente los desmanes de las “otras” religiones, especialmente sin son terribles como el islamismo yihadista o las sectas más extravagantes, pero sin embargo pasamos por alto lo que ha representado para los pueblos europeos el cristianismo, en la forma de una represión brutal de los avances en el libre pensamiento, sin dejar de lado los excesos de la Inquisición o su apoyo a los regímenes fascistas, como el sostén cerrado a la Cruzada Nacional que unió religión y régimen, tapando las vergüenzas nacionales como los robos de niños o la pedofilia en los conventos y escuelas, en fin… qué les voy a contar que no sepan. Pero seguimos en las encuestas diciendo que somos católicos, por si acaso, y seguimos bautizando a los niños, no vayan a quedarse “moritos” como me dijeron a mi de mi hijo, en alguna ocasión.

En cierto modo nos gusta ser engañados, salir descalzos detrás de una escultura a hombros durante la semana “santa”, porque eso nos salvará de una enfermedad o nos traerá el hijo que añoramos. Y ves a gente con una profunda reputación intelectual, que son racionales, pero sin embargo incapaces de negar lo que sus padres o sus abuelos le han inculcado como tradición. Cuesta cambiar todo lo que se ha dado por asentado durante siglos, el mismo Charles Darwin, o no digamos Galileo, se tuvieron que enfrentar a la Iglesia por dejar en evidencia sus supercherías. Somos química, ADN, y poco más, pero nos gusta recubrirlo todo con las capas barrocas de las religiones.

Y en mayo, todos los niños y niñas, entran de lleno en el club con esa historia de la primera comunión. Como decía el gran Serrat: cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Los hacemos cómplices de nuestras frustraciones, ni si quiera los dejamos decidir, le ponemos la trampa del regalito, del vestido de marinero o de princesa, la fiesta, y listo, uno más en la tradición. Que siga el show, hoy convertido en pequeñas bodas, convite, reportaje fotográfico o videográfico, lista de regalos o cuenta bancaria donde ayudar a los padres a tal atraco a la cuenta bancaria. La unión de consumidores hablaba, hace ya tiempo, de más de tres mil euros como media de gastos. Incluso hay personas que tienen que pedir un préstamo para poder afrontar lo que es un acto religioso, para evitar que su hijo o hija no sea menos ante sus amigos. Y todo en nombre de una comunión, que hace que la Iglesia considere suyo a ese chico para incrementar su censo y solicitar del Estado un protagonismo que no debería tener. Y lo peor es que en muchas ocasiones triunfa el ¡qué más da, no le va a hacer daño! Así que sean felices y sigan disfrutando, como decía una chirigota de Cádiz, del crimen del mes de mayo. Vayan ustedes con Dios.

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