El agotamiento del régimen del 78 es el fracaso de una ficción, Ortega lo llamaría fantasmagoría, cuyo atrezo se ha visto desmontado por el abandono sufrido con motivo, o como coartada, de la crisis por los sectores de la población más vulnerables, cada vez más extensos, y la degradación del modo de vida de las mayorías sociales. La rigidez del sistema, con su déficit democrático, el oxímoron como base del cinismo propagandístico –Marcuse hablaba de la sintaxis que proclama la reconciliación de los opuestos uniéndonos en una estructura firme y familiar: “bomba atómica limpia”, “radiación inofensiva”- que configura un lenguaje orweliano donde performativamente se limita la democracia en nombre de la democracia, se empobrece a la gente en nombre del bienestar de la gente, donde la violencia la ejercen las victimas y que sirve a las minorías dominantes y su aparato político y mediático para delimitar los asuntos no opinables ni sujetos a formato polémico,

La economía crece y todo va bien, se nos dice, sin embargo, es un crecimiento que se produce por una brutal transferencia de las rentas del trabajo a las rentas de capital aumentando la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa (mediante el aumento de la jornada laboral no remunerada y reduciendo el salario) de tal manera que el trabajador ofrece su fuerza laboral por debajo del nivel de subsistencia. Es decir, el capitalista español mantiene su ventaja competitiva con el concepto de explotación del siglo XIX, obviando la innovación, la calidad y la excelencia productiva. Es un tipo de economía escolástica que produce ricos, pero no riqueza.

Sube el crecimiento económico al tiempo que la pobreza y la desigualdad. El capital en España se ha desvinculado de toda responsabilidad social, ya que a la creación de empleos basura que generan trabajadores pobres que no pueden subsistir con los salarios de hambre con los que se paga su fuerza de trabajo, se une el desequilibrio fiscal que supone los bajos impuesto que pagan las grandes empresas, volcando toda la carga impositiva en los asalariados, de tal forma, que de una u otra manera, los trabajadores financian con su propia pobreza y exclusión social a los poderes económicos a los que apoya incondicionalmente el Estado, ya que las inversiones en innovación y modernización del aparato productivo son suplidas por la violencia institucional ejercida sobre las clases populares.

Esta praxis economicista se fundamenta en dos falacias consideradas como hechos inconcusos: que los empresarios crean empleo y que lo que las grandes empresas dejan de pagar como impuestos se convierte automáticamente en inversión. Ambas conclusiones son tendenciosas y falsas, porque el pagar menos impuestos lo único que produce es que los ricos sean más ricos y los empresarios al considerar el empleo como un coste de la producción y, como tal, un elemento que debe reducirse al mínimo y de explotación intensiva, o bien destruyen empleo o lo generan de ínfima calidad. Los que realmente crean empleo, y no se dice, son los consumidores que aumentan la demanda de bienes y servicios.

Ricardo de la Cierva, tan poco sospechoso de veleidades no conservadoras, definía la monarquía de Alfonso XIII como generadora de “un país cuyo staff and line socioeconómico se basaba en el privilegio, en el aprovechamiento de la turbia zona tendida entre lo público y lo privado y –tópico aparte- en las últimas estribaciones del feudalismo.” El parangón con la España de hoy es tan evidente que podría decirse que la historia se ha parado en nuestro país, lo que nos obliga a padecer un tiempo destinado a pasar.

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