L@s socialistas nos congratulamos de la vuelta al gobierno de la mano del presidente Pedro Sánchez, que ha ganado la moción de censura de una manera impecable, aplicando el imperio de la ley, la ley de leyes, el articulado que nos dimos los españoles en una votación libre, con una alta participación y aprobación, incluidos nuestros conciudadanos catalanes: la Constitución. Empero, en mi calidad de víctima del terrorismo, me ha molestado, y mucho, que mi Secretario General haya aceptado los dos votos (le sobraban y lo hubiera conseguido) de HB/BILDU, títeres orgánicos de la banda terrorista ETA, aún vigente a través de sus satélites (Sortu, ELA, etc), que ha asesinado a tant@s compañer@s de partido, constitucionalistas del PP, miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y del ejército (velan por nuestra libertad), y a ciudadan@s de toda condición, en demasiadas ocasiones de manera indiscriminada, la masacre de Hipercor sin ir más lejos. Quitando lo anterior no hay tacha en su nombramiento, incluyendo que mantenga los presupuestos generales que antes negaba, logrando las papeletas del PNV. Esto es política, y según la coyuntura, jugando acorde con las reglas, todo es lícito. Así que mi más ferviente enhorabuena al nuevo presidente, defenestrado hace meses y ahora en el cargó más relevante de la cámara, lo que demuestra coraje y aguante, condiciones indispensables para gobernar.

Sospecho que a fin de regenerar nuestra periclitada democracia, Sánchez, con acierto, acometerá en primer lugar una reforma laboral que vuelva a dignificar a las clases trabajadoras y medias, sumando un ambicioso y viable plan de empleo para la juventud (los que más severamente sufren la recesión) y una ley de educación justa, recuperando de inmediato la Educación para la Ciudadanía y la Ley de Igualdad, las titánicas vitorias necesarias de Zapatero. A Sánchez aún le quedaría mucho chorizo que cortar y leyes que abordar con la intención de encarrilar la patria indivisible y plural, España, que a mi entender es una sola nación. Mencionado trayecto, conducir la locomotora, no debería tardar más de seis meses. Lo opuesto, acabar la legislatura, dos años, sería bueno para el PSOE y malo para lo que en realidad nos importa más allá de los partidos: la democracia. Sostener un gobierno durante dos años mediante una moción de censura sin el llamamiento a los electores desdeciría lo que hubiese hecho Sánchez; sería una nueva sepsis, tan cruenta como la corrupción, que infectaría los órganos de nuestras instituciones.

Entiendo que Pedro Sánchez, ya demostrada su capacidad de liderazgo y de la mejora de nuestras condiciones de vida, no pasará del medio año sin convocarnos a las urnas, teniendo en cuenta que con tamaña diversidad de partidos e ideologías y tan solo 84 escaños gobernar pudiera convertirse en una ínfula, a menos que logre la cuadratura del círculo, cuyo gran maestro siempre fue González. ¿Lo conseguirá el nuevo presidente?

En mi anterior artículo escribía: “En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y el tuerto, reunidos los corsarios en la mesa con las copas a rebosar de mala uva, se llama Pedro Sánchez”. Y también: “Los demás políticos están abandonados a su suerte, menos Pedro Sánchez y Rajoy, correoso como pocos (al loro con el gallego)”. El coyote, por lo general, vive en solitario, caza mejor que bien y amplía en consecuencia sus territorios: Sánchez. El zorro, en cambio, tiene un olfato agudo: Rajoy. El gallego nunca ha sido tan previsible cómo se le ha achacado, ni su no dimisión un favor a España, que en cierta manera sí, y sobre todo ha representado un calculo electoral de político esquivo forjado en mil requiebros.

Nada resulta ya, con la globalización de lo confuso, de augurio.

A los novelistas, no obstante, alimentados de imaginación, nos encanta y corresponde urdir hipótesis. Aquí va una: el gallego dirigirá la transición de su partido hacia un nuevo liderazgo en forma de fémina (en el PP hay al menos dos mujeres no enmerdadas en la Gurtel que podrían ser candidatas a la presidencia por méritos propios). Ergo, si ello se concluye, el PP puede volver a ganar las próximas generales siempre que haya pedido disculpas y quitado el chapapote de las alas de sus gaviotas, con una mujer al mando que tendría el voto femenino, el de los del naranjito también, asegurado, o casi. A Rivera no le quedaría más remedio que recular y apoyarle, pues nunca confiaría en un PSOE que ha pactado con los independentistas catalanes, cuya problemática se empezará a resolver cuando Sánchez, espero que sea pronto, indulte a Junqueras, el único coherente en la balumba de los buitres independentistas. La otra opción/conjetura, en las próximas generales, sería una victoria del PSOE por la mínima, con lo que precisaría de una coalición con Podemos, mientras esta organización de corte yo que sé no haya comprado más palacios en el palo del gallinero, lo que menguaría su número de escaños. Ahora bien, Podemos debería renunciar a apoyar los referéndums de independencia. De lo contrario, aceptándolo el PSOE, perderíamos nuestro ADN y, a medio plazo, tras dos legislaturas máximo en el poder, desmembrado acaso el reino, desapareceríamos a la italiana.

He de admitir que cualquier novelista como el que suscribe tiene la obligación en su trabajo de poseer una imaginación desmedida.

Ocurre, de similar guisa, que en una tongada de lances la realidad supera con creces a la ficción.

Al cabo, nadie conoce a nadie, ni nadie sabe lo que sucederá. Hipótesis únicamente son hipótesis, lo mismo que fútbol es fútbol.

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