Está sentado en un banco de un parque mientras observa como su perro corre y corre como un loco. Sin destino, sin meta. Correr para sacar toda la energía que ha estado reprimida durante el día en su pequeño apartamento; correr para sentir el aire que se cuela por su boca abierta; correr para combatir las bajas temperaturas que se registran al caer la noche; correr y correr para, simplemente, sentirse libre.

Se acerca a los árboles y restriega su cuerpo contra el tronco de uno de ellos como si quisiera impregnarlo del olor a la naturaleza; a los matorrales, donde levanta la pata para marcar él también su territorio, sus fronteras invisibles que le hacen sentirse poderoso frente a los demás, frente a nadie. Luego, olfatea la tierra húmeda y sin pensarlo clava sus uñas y la remueve como si quisiera desenterrar algo, o quizá esconder lo que nadie ve: los deseos incontrolados en esa noche fría de invierno.

El perro no es capaz de permanecer quieto más de treinta segundos. Sí, los ha contado, uno a uno, como un entretenimiento más, como un ejercicio terapéutico para conseguir la relajación. Segundo a segundo con su reloj en la mano y con la tranquilidad que desde ese banco del parque siente tras un día frenético, sin parar de reuniones- algunas necesarias, otras tan absurdas como abrir un paraguas en una tarde soleada-, de contestar a sus dos móviles, de responder a los correos electrónicos atrasados y a los nuevos, de acabar proyectos y de definir estrategias que no sabe muy bien dónde irán a parar, de escribir unos cuantos tuits y compartir algún que otro artículo en Facebook… Cuenta para, de verdad, desconectar y dar por finalizada una jornada más de estrés innecesario en una jungla que ya no quiere explorar, que presiente que no le aportará nuevas emociones ni retos.

Él intenta ahora ahogar las prisas para alcanzar esa relajación como hace cada día al caer la noche, cuando sale a pasear con su perro. Con las manos libres y los bolsillos tan vacíos como pretende dejar su mente. Con los minutos aproximados, entre cuarenta y cinco y sesenta, y compartidos con la soledad del parque y las carreras de su perro, que sigue sacando como puede esas fuerzas dormidas. Aprovechando su momento como si fuera el último, a la espera de que el frío de la mañana vuelva a convocarlo como un preciado ritual.

Ahora es el perro el que mira. Se acerca a su dueño y con la cabeza, suavemente, le golpea la pierna. Una, dos, tres, varias veces. Y… ¿por qué no? Por fin deja de analizar y pensar cada instante.

El banco está vacío mientras los dos corren y corren por ese parque solitario como dos locos sin rumbo, sin metas que conquistar. Corren y corren, simplemente, para sentirse libres.

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1 Comentario

  1. No corren, huyen de la pestilente timocracia sin saber que el poder les han creado un laberinto sin salida alguna.

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