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La obra de Johann Sebastian Bach me hace pensar en lo que el ser humano ha hecho bien, y procuro olvidar que a los venusinos no gusta, dado que consideran aberrante cualquier ofrenda musical. Pero, por lo demás, no nos confundamos, este ser humano es la peor alimaña que habita la Tierra, me decía un alumno hace poco que mereceríamos ser extinguidos… triste oír eso de un joven hacia su propio género.

Quizá el despertar del sueño de la juventud sea caer en la pesadilla del mal: el ser humano no sólo es malo como especie sino, además, irrecuperable muchas veces como individuo. Hay un tiempo en el que la inconsciencia, la ignorancia, la inexperiencia nos llevan pensar que una sociedad mejor es posible; debe ser así, ese deseo es el empuje del inmaduro intrépido (la sociedad siempre es igual, compleja, múltiple…). Si se te queda dentro ese resabio filantrópico, acabas tu vejez siendo progresista, porque casi siempre evolucionamos hacia el conservadurismo extremo por hastío y desesperanza al final de nuestras vidas. No voy a entrar en juzgar cuál es la salida más digna para las penurias de la vejez intelectual, pero sí recalcaré algo propio de mi perspectiva de senectud en ciernes, sobre medio siglo de vida ya: el castigo es necesario… y si es redentor: mejor, perfecto incluso.

Que la gente instruida o en instrucción permanente tenemos la cabeza un poco manida es verdad, porque se nos olvida cómo es el mundo real: golpes, robos, traiciones, violaciones, agresiones, estafas, explotación, abusos, desprecios, vejaciones, torturas, irresponsabilidades, exterminios, insultos, crímenes, ensañamientos, acosos, persecuciones… Cuando un tío mata a otra persona o destroza las vidas de unas cuantas, debe reparar ese dolor recuperándose para la convivencia y no es suficiente una pena cuantitativa: debe dar todo lo necesario de su propia vida hasta que haya reparado el delito con la seguridad de que no va a repetir esa conducta; la pena debe ser cualitativa: la ejemplaridad del castigo no consiste en infligir dolor o en la perpetuidad, sino en la reinserción real sin la que no debería haber libertad después de ninguna clase de delito… un chaval que roba no debe salir en libertad hasta que sepamos que su nivel de estudios y formación le va a permitir abandonar ese mundo de la delincuencia o el daño voluntario, sean los años que fueren… la perpetuidad puede ocurrir cuando no haya reparación constatable. Debemos librarnos del mal, protegernos de la maldad connatural al ser humano. Nada más ejemplar para la delincuencia que la perspectiva de “curarse” forzosamente.

Quizá alguien piense que soy un canalla por esto… No lo creo, porque para mí la maldad humana tiene causas y, por tanto, podría ser amortiguada. Yo no creo que nazcamos malos, pero nada impide que lo seamos, más bien nos vemos compelidos a ello; tampoco somos buenas al nacer, podemos mejorar. La frustración, es decir: el deseo reprimido, nos lleva a la venganza y ésa es la sed de mal que nos arrastra al odio, a la agresión física o psicológica.

Y no soy tan freudiano, cuando hablo de frustración no me refiero al egotismo que nos impele a la cosificación de los demás y a la ira causada porque no hagan lo que prevemos, lo que deseamos, que no nos plazcan los de fuera… no, es algo más simple y superficial: es saber que el mundo y las relaciones humanas podrían ser otra cosa pero son la basura que son y no podemos cambiarlo… todo lo humano es una confusión detrás de la primera y una mentira de tal calibre que admitirla destruiría las vidas de la mayoría, el nuevo traje del emperador llevado a los límites de lo universal… eso nos entristece, comprobar lo simples que somos y lo complicados que aparentamos ser, ésa es la frustración más evidente que sufrimos cotidianamente… y es fruto de la educación represora.

La pereza violenta, rebelde, el desgano, está detrás de muchos males, el trabajo obligado malicia al ser humano: la mayor parte de la humanidad que tiene un trabajo remunerado desearía no ejecutarlo, no obtiene más beneficio de él que su salario por el tiempo propio y su capacidad de producir para otros, casi siempre para otros… La miseria por la falta de salario mata; la pobreza por la falta de estímulo vital arruina las existencias… la idea de la responsabilidad atrofia nuestra libertad, nos esclaviza suavemente poniéndonos al servicio de algo que nos sobrepasa, que no tiene sentido y que, además, no nos interesa… ya hemos hablado en otro momento del rigor estupidizante de la teoría económica, al servicio de esta majadería de la riqueza…

¿Quién querría trabajar si pudiera no hacerlo? El concepto de “trabajo gustoso” fue defendido por Juan Ramón Jiménez en su “comunismo lírico”; sólo quienes han construido su existencia en torno a una rutina, o quienes disfrutamos (cobrando, o no… incluso) y obtenemos una satisfacción íntima, o quienes reciben una compensación económica sobreabundante, sólo esta gente querría trabajar… limpiar desagües, agachar el lomo en grandes factorías, las labores con gran desgaste físico, los trabajos repetitivos e inhumanizantes… ¿quién los soporta si no es por obligación? El sistema funciona porque esta esclavitud sutil es la esencia del mismo.

La vida humana está construida sobre el tedio, la desgracia, el horror… con la explotación de la pobreza, sobre la violación de las hembras, la sobrexplotación del medio ambiente, la destrucción sistemática como medio para alcanzar una satisfacción que nunca llega, nunca, más, más… y mientras yo escribo esto y usted lo lee, casi la totalidad de la Humanidad es refractaria a cualquier reflexión y sólo quiere conseguir todo aquello que le haga sentir que tiene lo que le gusta, en un círculo vicioso que sin la maldad sobre los otros no produciría nada… y que nunca se satisfará… Debemos rebelarnos contra nosotros mismos porque somos malvados, un asco de seres, me niego a admitir que para un Brahms hagan falta dos Hitler; el cambio necesario para una sociedad menos mala, sólo menos mala, pasa por una reeducación, una inversión de los valores (me suena todo esto, creo que no me lo he inventado), por revertir el movimiento… perded toda esperanza.

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Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es

2 Comentarios

  1. “Que la gente instruida o en instrucción permanente tenemos la cabeza un poco manida es verdad, porque se nos olvida cómo es el mundo real: ”

    “Gente” es singular, y el verbo deber’ia de ir en singular: “la gente tiene”.
    Leyendo la definici’on de la RAE de “manida” me imagino que le estan sobando la cabeza todo el día y que, por eso, siendo alguien que se considera instruido o en instrucción, escribe así de mal. Faltan mayúsculas, puntos, y, más allá de eso, sentido en este artículo.

    Dando razones para que quiten la filosofía de la secundaria…

  2. Querido Retogenes: nunca contesto ningún comentario porque me parece algo fuera de mi papel; a mi cabeza literaria le gusta proponer normas, no le basta con seguirlas: que procura hacerlo, sí, pero a veces con diferencias (persigo la Autoridad); primero le diré que el uso de comas y puntos que desarrollo no sólo es correcto o procura serlo sino que intenta ser innovador: defiendo la harmonía (sic) de fondo y forma que propugnaba M. A. Príncipe. Yo también pienso que usted no sabe puntuar pues redunda comas con copulativas sin intención aparente, pero lo creo propio de su cortante “stilus”… El uso de “manida” tiene la intención semántica que usted aclara por lo que su comentario es pleonásmico (figuradamente), salvo que crea que lo aclara a un lector medio culto por debajo de su cota. Y lo de “Gente” no es mas que un argumento “ad hominem”, agotado en su literalidad, porque el contexto permite una elipsis a partir de la cual se sobrentiende que sigo hablando, como parte de un grupo al que pertenezco, en plural, en nombre de ellos… Literalmente tiene usted razón: le felicito, es usted un zorro, pero le recomiendo leer alguno de los más de cien libros de los que soy autor, parte o colaborador, o los 150 artículos de “Diario16” o los centenares del Grupo Joly para hacerse una idea cabal de cómo soy en mi labor de escritura; le admito su acíbar, tiene derecho a derramarlo si le sobra. Mi nombre es el de quien firma.

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