-El amor no existe.

Él mismo se ha visto sorprendido por la vehemencia con la que ha pronunciado esta frase. Las palabras le han brotado solas, traicionando el autocontrol del que siempre presume. Quizás por eso enseguida intenta suavizar la afirmación.

-Con lo que digo me refiero a lo del romanticismo. Ya sabes, a la exaltación permanente de los sentimientos, el culto a la sinrazón, la anulación personal, o el afán por controlar y poseer al otro. Eso estaba muy bien en el siglo XIX. Si quieres vale para los adolescentes repletos de hormonas y deseo. Pero a estas alturas, y entre personas cultivadas, todas esas falacias se desmoronan.

-Pues hoy no es tu día –bromea ella sin inmutarse. Se acostumbró hace tiempo a sus provocaciones.

-Ya. Lo dices porque hoy es San Valentín. Con tantas historias en la cabeza, lo había olvidado. Y eso a pesar de que me resulta simpática esta celebración –quien sonríe ahora es él-. Todo lo que favorezca el consumo le viene bien al negocio.

-Desde luego, como siempre, la empresa lo primero –ironiza ella, aunque sabe de antemano que no lo captará, tan embebido como se encuentra en el trabajo, en su trabajo.

-Hablando de ventas, voy a tener que salir pitando si quiero llegar a tiempo a la presentación de la nueva gama. Acertaste de lleno cuando me aconsejaste meterme en esto de los juguetes eróticos. Se ha convertido en una de las mejores inversiones que haya hecho nunca. Se venden muy bien, y con unas plusvalías impensables para otros productos. Creo que voy a coger un lote y si quieres lo probamos tú y yo la semana que viene, para establecer una valoración, ya sabes –diciendo esto, guiña el ojo y enseguida la besa intentando disimular la prisa que le ha entrado.

-Venga, puede resultar divertido –responde mientras le observa al levantarse. Aunque casi dobla su edad, aún conserva un cuerpo fibroso, cuidado a base de sesiones prácticamente diarias de gimnasio. Se pregunta cuántas lo habrán mirado como ella hace ahora. Cuántas se le habrán entregado hasta el punto que ella acaba de entregarse. Si habrá querido a alguna, si la querrá ahora a ella, si podrá querer a alguien más que a sí mismo.

-No me da tiempo ni a darme una ducha -también a eso se ha acostumbrado. En cuanto termina, siempre pone alguna excusa para salir pitando.

-No te preocupes. En la cartera tienes todos los datos sobre el asunto de los ErosToys, por si quieres hacer un discursillo. También encontrarás un paquetito envuelto en papel de regalo. Contiene una pulsera. Bastante discreta, como le gusta a tu mujer. Para que se la des esta noche cuando llegues. Seguro que no se te olvida porque ella, como siempre, te habrá comprado una corbata, o una colonia –sabe que cada vez se ha vuelto más necesaria para él, exactamente lo que quiere, lo que cree tener que hacer para seguir a su lado. Solo una entrega incondicional como la suya le permitirá mantener esa relación. Darse por completo, en el despacho, en la cama, en la ausencia. Sin pedir nada a cambio. O casi nada.

-Mañana te veo en la ofi. Te quiero. –se despide apresurado desde la puerta ya abierta sin percatarse, al menos en apariencia, de que ella ha retirado la sábana para mostrarle su juventud.

Cuando se oye el portazo, se vuelve a tapar. No se ha levantado a despedirle como otras veces. No tenía cuerpo para hacerlo. A pesar de que intenta sobreponerse, la frasecita le ha calado más de lo que quiere reconocer. En cuanto él ha salido, una lágrima solitaria ha comenzado a recorrer lentamente su mejilla. Cuando llega al labio, su sabor sutil, salado, lo desmiente.

-Claro que sí –piensa-. El amor existe. Para que exista, para sentirlo, con uno basta.

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