“Haced política, porque si no la hacéis alguien la hará contra vosotros”. Antonio Machado, usando a su apócrifo Juan de Mairena, quería así recordar a los jóvenes y los no tan jóvenes lo importante de participar en política, de implicarse en el desarrollo de la sociedad. Sabía bien de lo que hablaba el poeta, desde luego.

Es muy común escuchar en la actualidad que la gente no está movilizada, que pasa de todo. Muchos son los que dicen que estamos aborregados, adocenados, que nos dejamos pisar y que nos recorten derechos y libertades sin hacer nada.

Creo, sinceramente, que no es así: quizás porque, en parte, nunca nos han tratado peor, o quizás porque nunca ha sido más fácil comunicarse, gracias a internet y otras muchas herramientas que tenemos a nuestra disposición. Sin embargo, es cierto que nuestras acciones parecen menos visibles que lo eran en otra época, pero no significa que no estén presentes.

Quizás el problema hoy es que, como en la fotografía, hemos cerrado mucho nuestro campo, estamos tirando de macro y las fotografías que obtenemos nos presentan un problema magníficamente detallado, pero a veces ligeramente descontextualizado o, si se me permite el término, “desglobalizado”, y con poca profundidad de campo; porque la realidad es que nunca hemos tenido tantas personas involucradas en proyectos tan diferentes: ecologismo, derechos y normalización del colectivo LGTB, movimientos antiglobalización, movimientos antirracistas, otros que trabajan por la igualdad entre géneros, tenemos varios casos de economías alternativas en localidades o barrios de grandes ciudades, bancos de tiempo y un sinfín de propuestas más: personas viviendo vidas alternativas, sin dinero o con el menor posible, personas que se dedican a la agricultura ecológica o a los negocios sostenibles, personas que se toman el voluntariado muy en serio, tanto aquí como fuera de nuestras fronteras.

Sin embargo, parece que todos esos esfuerzos individuales no suman no nos sirven de mucho en la actual coyuntura global. Quizás era más sencillo antes, cuando el enemigo, el objetivo a batir, tenía nombre y apellidos, y era el dictador de turno. En la actualidad vivimos en un mundo que difícilmente comprendemos y para el que tenemos casi tantas lecturas y visiones como personas, y eso además nos turba, nos confunde. Las redes sociales han contribuido a que hoy, más que nunca, sea sencillo quejarse: una frase ingeniosa en twitter, compartir un artículo en Facebook parece servirnos para descargar la tensión que acumulamos al contemplar el extraño y despiadado mundo en el que vivimos. Pero, como dice un buen amigo mío, “mientras nosotros tuiteamos, ellos nos gobiernan” y ése es el verdadero problema.

Voy a decir algo que es un secreto a voces, pero que igual no gritamos lo suficiente, no nos repetimos todos los días: nuestros enemigos son los mismos, sea el ámbito en el que nos movamos; el neoliberalismo, la doble moral, el uso exacerbado del poder, el control y manipulación de las instituciones, el lucro a través de fomentar la desigualdad, los ataques racistas, xenófobos o por cuestiones de género. Todas estas cosas son cabezas de la misma hidra, y no basta, como al animal mitológico, con extirparle una sola, porque vuelve a crecer.

Sin embargo, hay salida: sin renunciar a nuestra mirada de cerca, al análisis detallado de la cuestión que estudiamos, a la defensa encarnizada de aquella cuestión en la que llevamos trabajando años, debemos unirle una mirada panorámica unir esfuerzos y empujar nuestra ideas hacia el debate público. Ellos tienen los lobbies, nosotros tenemos que trabajarlo más.

El objetivo es sencillo: generar un debate público en torno a la cuestión que defendemos, y luego presionar para su estudio, debate y puesta en marcha de las medidas para implementarlo o erradicarlo. ¿Y cuál es la estructura pública, las columnas sobre las que podemos apoyar nuestro dintel?. Sí, habéis acertado: La política.

La política no es solo la conquista del poder, es conquistar el poder para hacer algo con él, para convertirlo en fuerza transformadora. La izquierda vive hoy en una encrucijada como pocas veces se ha encontrado: está desarmada ideológica y programáticamente, pierde terreno y apoyo frente a la derecha y no es capaz de encontrar soluciones a los problemas que un mundo cambiante está planteando.

Es el tiempo de participar activamente en política porque hacerlo no nos traerá más que ventajas: por una lado, seremos capaces de fiscalizar mejor la elección de candidatos y candidatas, el trabajo de nuestros representantes públicos y muchas otras cosas. La cuestión no es baladí: he visto elegir hasta 5 cargos públicos con buenos salarios entre militantes de agrupaciones con no más de 200 militantes a cuyas asambleas apenas acudían 30 personas. Difícil es así encontrar las personas adecuadas y garantizar un proceso transparente y limpio.

Pero también es el tiempo de participar en política desde nuestra militancia personal, aportando nuestros conocimientos en los ámbitos concretos en los que trabajamos. Ser una activista social es importante, pero es necesario, hoy más que nunca, una implicación mayor. La realidad se ha cambiado a lo largo de la historia más veces ejerciendo el poder que exigiéndole algo a éste.

Creo que es el momento en el que la izquierda se nutra de todo ese tejido, de todo ese entramado social que no puede traerle más que beneficios: basta ya de licenciados en derecho y políticas, profesores universitarios de economía y otras profesiones liberales. En muchos casos han hecho un muy buen trabajo, y tienen que seguir estando ahí y colaborando, por supuesto, pero tenemos que abrir el campo de la política a una sociedad civil que lo demanda; necesitamos más políticos científicos, ecologistas, Drag Queens, más ministros o ministras actores, artistas, activistas pro Renta Básica, estudiosos de la Economía del Bien Común. Más profesores de primaria en el Consejo Nacional de Educación, necesitamos que la política sea algo hecho por y para el pueblo. Solo así tendrá sentido llamar a nuestro sistema político 2democracia representativa”; solo si los que lo dirigen, en realidad, nos representan, son parte de esa sociedad, han sido miembros activos de sus comunidades, etc. Es el tiempo de pensar en que los partidos necesitan más un director que un líder, una suerte de coordinador que unifique criterios y de voz a las diferentes propuestas, no a alguien a quien seguimos solo porque va delante, pese a que no sepamos hacia donde nos lleva.

Si la izquierda quiere pintar algo en el siglo XXI, si no quiere desaparecer mientras que observa con desprecio a los que parecen no entenderles y a los que tacha de incultos, adormilados o aborregados, tiene que ser capaz de imbricar un sistema en el que diferentes aspectos de la sociedad civil sean los constructores del partido y, por ende, los agentes del cambio. Reconozco que me fascinó la idea de los “círculos de Podemos”, cuando la formación morada arrancó en aquellas célebre elecciones europeas. Sin embargo, como buenos profesores de Ciencias Políticas que son, Iglesias, Errejón y otros no han tardado en implantar un modelo de partido tradicional, tan tradicional que tienen que empeñarse en repetir continuadamente que no lo son. Quizás el modelo más parecido, se comulgue ideológicamente o no con ellos, es el modelo de las CUP en Cataluña.

Activismo social, compromiso político, análisis crítico y científico, debate serio y adogmático; nadie dijo que fuese fácil. Pero como decía el poeta, si no lo hacemos nosotros, alguien lo hará en nuestra contra. Y en nuestro nombre. Feliz militancia.

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Actualmente profesorcillo, he sido politicucho y musicote, así que soy docto en hacer cierta aquella máxima de “Aprendiz de todo, maestro de nada”. Mi mayor logro es ser el paradigma de la generación nacida entre 1975 y 1985, esos jóvenes engañados a los que se les pedía esforzarse y formarse para ser “la generación más preparada de España” y que han acabado sus días consiguiendo el hito histórico de ser los primeros que, casi con toda seguridad, vivirán peor que sus padres. Entre acorde y acorde de jazz, rock, blues o bossa nova y guitarra en mano recibí algunos aplausos y hasta algún dinero, y participé en política, con más pena que gloria, hasta que la pena dobló a la gloria y me precipitó, junto a muchas otras personas que admiro (ellas, a diferencia de mí, muy válidas) al nuevo exilio interior de quien, equivocadamente, se metió en política para ayudar a la gente. En todo ese tiempo, además, he “malenseñado” a alumnas y alumnos en España en diferentes ámbitos educativos hasta que decidí que era el momento de compartir mi mediocridad con el resto del mundo, por lo que en la actualidad martirizo con mis clases a los jóvenes azerbaijanos de un colegio internacional en Bakú.

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