Rabietas, irritabilidad, agresividad,… Todas estas son conductas que van a aparecer en los niños a lo largo de su desarrollo evolutivo. Sin embargo, su persistencia en el tiempo o su intensidad van a convertirse en indicadores de que algo más puede estar pasando. Estaríamos hablando de los Trastornos de Conducta.

La conducta es la forma en la que se comporta el ser humano (o los seres vivos, en general) en relación a su entorno y los estímulos que recibe, pudiendo ser voluntaria o involuntaria. Es decir, una conducta determinada siempre va a estar influida por aquello que nos rodea (variable social) y, además, por cómo funciona nuestro organismo a la hora de producir la respuesta (variable biológica) y por la forma en que percibimos lo que ocurre y los aprendizajes anteriores (variable psicológica).

Teniendo en cuenta todo esto, tal y como describía en el artículo “Infancia y psicopatología”, el origen de un Trastorno de la Conducta va a ser bio-psico-social.

Este tipo de trastornos afecta a entre el 2 y el 7% de la población infantil y adolescente y no se ha descrito una edad concreta en la que empieza a aparecer. Así, algunos investigadores han llegado a encontrar indicios de su aparición durante el primer año de vida. Sin embargo, la mayoría de los estudios centran su aparición entre edades comprendidas entre los 5 y los 10 años de edad, siendo más común en niños que en niñas.

Independientemente de la influencia de las variables biológicas, en estos trastornos es muy importante la historia de aprendizajes y de refuerzos del niño que lo padece. Es decir, en algún momento el niño ha aprendido que esas conductas le reportan algún tipo de beneficio o reducen el malestar que siente.

Así, estudios confirman que hay una alta probabilidad de desarrollo de estos trastornos en niños que han sufrido malos tratos, agresiones sexuales o que viven en un entorno desfavorecido y relacionado con delincuencia y crimen.

¿Cómo puedo saber si mi hijo tiene un Trastorno de Conducta?

Los padres deben, siempre, estar pendientes de cómo sus hijos van aprendiendo e interiorizando esos aprendizajes y el contexto en el que se producen. Dentro de esto, puede que aparezcan algunas de las siguientes conductas:

  • Irritabilidad.
  • Rabietas.
  • Agresividad.
  • Impulsividad.
  • Transgresión de las normas sociales.
  • Falta de empatía.
  • Carácter manipulador.
  • Ausencia de respuesta a premios y castigos.

Todas estas características se dan a lo largo del desarrollo evolutivo del niño; sin embargo, hablaremos de la existencia de un Trastorno de Conducta cuando muchas de ellas se den a la vez, tengan una intensidad elevada y se mantengan en el tiempo.

Es normal, por ejemplo, la aparición de rabietas en niños de corta edad e, incluso, hasta los 6-8 años de edad. Deberemos preocuparnos cuando aparezcan conductas como las descritas en el listado o cuando se den a partir de estas edades.

En niños que padecen estos trastornos es común ver conductas que alarman bastante a los padres, por la gravedad de éstas: romper mobiliario, insultos, amenazas, agresiones físicas y verbales, hacer daño a animales deliberadamente,… son algunos ejemplos de conductas que podrían tener los niños y jóvenes con este trastorno.

La aparición durante la adolescencia suele venir acompañada de problemas con la autoridad, consumo de sustancias adictivas, delincuencia, absentismo escolar y conductas que entrañan peligrosidad para la persona.

Principalmente, existen dos trastornos dentro de este apartado, aunque suelen estar relacionados entre sí:

  • Trastorno Negativista Desafiante.
  • Trastorno Disocial en Infancia y Adolescencia.

Para ambos, el manual DSM (donde se incluyen los criterios diagnósticos) describe un “patrón de conducta negativista hostil y desafiantes que ha durado, al menos, seis meses”, en los cuales deben darse alguna de las conductas descritas con anterioridad.

En el caso del Trastorno Disocial, el desajuste social es aún mayor y las conductas tienen mayor gravedad. Además, suelen ser niños que rechazan el contacto con otros niños y no tienen relación de apego con sus padres u otros cuidadores o es un apego no seguro. Son niños solitarios que, en el contacto con su grupo de iguales, se muestran reacios o agresivos.

Para su diagnóstico no debe existir previamente un trastorno del estado de ánimo o darse durante el curso de un trastorno psicótico.

Si el diagnóstico se hace a una edad temprana, el pronóstico va a ser mejor y, con un tratamiento adecuado, el niño irá aprendiendo pautas de conducta funcionales, así como habilidades sociales y de relación.

Un mal diagnóstico y/o la falta de un tratamiento psicoterapéutico adecuado va a tener consecuencias durante la edad adulta, ya que el padecimiento de estos trastornos durante la infancia aumenta la probabilidad de desarrollar un trastorno de personalidad durante la edad adulta.

¿Qué puedo hacer para ayudar a mi hijo?

Como se comentaba en los artículos publicados durante este mes, la prevención es lo más importante y lo más eficaz. Sin embargo, cuando ya se ha instaurado el trastorno y vemos indicios y conductas perturbadoras, hay que acudir a un profesional de la salud mental infantil para que realice un correcto diagnóstico.

En estos casos, la medicación sólo estaría indicada para casos extremadamente graves. En el resto, medicar al niño podría interferir con el tratamiento psicoterapéutico.

Éste va a consistir en enseñar al niño un nuevo repertorio de conductas que sustituyan a las disfuncionales pero que, a su vez, le produzcan los mismos “beneficios” que aquellas. Para ello, se llevará a cabo un moldeamiento conductual para que, tomando como modelo al terapeuta, vaya incorporando las nuevas conductas a su repertorio.

Junto con esto, llevar a cabo una educación emocional que permita al niño o adolescente ser capaz de expresar sus emociones de una forma adecuada, así como a ser capaces de ponerse en el lugar de otros y actuar en consecuencia.

Al igual que en el resto de trastornos que afectan a niños y adolescentes, contar con un contexto familiar y educativo de apoyo va a ser fundamental, por lo que será imprescindible la implicación de los padres en el tratamiento.

A estos se les darán pautas específicas de relación con el niño y se les enseñarán técnicas y herramientas para saber hacer frente a posibles recaídas.

Y, recuerda, la prevención es lo más importante, porque no hay que esperar a que surja el problema para llevarla a cabo.


Artículos anteriores:

· Infancia y psicopatología.

· La depresión de los más pequeños.

· La ansiedad no es sólo cosa de adultos.

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