Ante la perspectiva de coger un avión, ya se sabe: mejor no tentar a la suerte, asegurarse de llegar con tiempo de sobra al aeropuerto. O incluso a una estación de tren. No agarré el Gatwick Express desde Victoria Station por un pelo. Ello me hubiera permitido embarcar en Londres sin mayor novedad, aterrizar desenfadadamente en Madrid apenas un par de horas después. No fue así. Y de ahí estos sencillos consejos sobre el particular.

Después de un día entero en movimiento desde Frome, no muy lejos de Gales, me encontraba algo cansado. Borrachuzo, incluso: había hecho muy buenas migas con un desconocido a lo largo del viaje y acabamos tomando alguna que otra pinta antes de separarnos. Y a veces una sola pinta se basta y se sobra para echar cualquier plan por tierra. O hasta para dejarte tirado en ella, originando toda una aventura.

Eugenio era el nombre de mi desconocido. Nunca le volví a ver. Habíamos dormido juntos la noche anterior. En la misma habitación al menos. Eugenio formaba parte, como yo, del batallón de invitados españoles a la boda de Richard y Vanessa. Y acababa igualmente de acudir a Frome por su cuenta. Los novios nos habían asignado acomodo, aunque él y yo no coincidimos hasta después de haber bailado, bebido y reído durante casi toda la madrugada. Una vez desplomados como sacos terreros sobre nuestras respectivas camas y sin intercambiar palabra, nos despertó la luz del día, nos preguntamos mutuamente: “¿quién eres tú?” y desayunamos algo ligero. Decidimos tomar el primer tren hacia Londres en mutua compañía. En el extranjero las resacas hablan con un acento más agradable y la falta de sueño no importa. Además, Eugenio poseía el don de la conversación: intercambiamos numerosas anécdotas sobre el novio, a quien ambos conocíamos desde hacía algunos años. Pero mi primer consejo a la hora de coger un avión no consiste sino en saber renunciar a toda distracción previa, por amena o entretenido que sea.

Fuí tan fácil de convencer: llegada la hora de comer -pero apenas probamos bocado-, Eugenio me animó a hacer transbordo en Bath, visitar sus magníficas termas romanas. Primer error. Bath es un lugar formidable, la pasamos bárbaro y aquel Gatwick Express de las siete de la tarde aún se me antojaba muy lejano. Aunque cuando tras esa segunda pinta de cerveza tomamos el siguiente tren, rumbo a la capital, reparé en que no avanzaba con la celeridad debida y que mi tiempo se agotaba. Me despedí de Eugenio a todo correr en la puerta de Victoria Station y ahogando un aullido solo alcancé a presenciar cómo mi único medio de acceso al aeropuerto partía despreocupadamente sin mí. Y no habría otro tren hasta cuarenta y cinco minutos más tarde.

Mi Segundo consejo es acorde con mi segundo error: embarquen -sea en aviones, trenes o trasatlánticos-, con algo más sustancioso en el bolsillo que ese par de encantadoras moneditas que les impidan encontrarse arruinados por completo. Me había ido gastando casi todo por el camino, y olvídate de coger un taxi londinense con lo caros que son. Nada de autobúses urbanos como quien se va de Avenida de América hacia Barajas: Londres es inabarcable. No hubiera llegado de todos modos, y por una extraña casualidad cósmica -¿cómica?-, mi tarjeta de crédito había expirado pocos días antes y, según acababan de asegurarme en el banco antes de mi partida, pronto me enviarían una tarjeta nueva a casa. Solo que no me encontraba en casa, sino tirado a unos dos mil doscientos kilómetros de distancia. Gasté parte de mis últimas libras tratando de localizar a Eugenio, quien por supuesto había desaparecido. No conocía a nadie en la ciudad (mi amiga Raquel solía trabajar por allí, pero no disponía de su número ahora).

Era el 2 de agosto del año 2003, y la mayoría de la gente se hallaba en pleno éxodo vacacional. Hasta mis padres se hallaban viajando en ese mismo instante a la playa. De ahí este Tercer consejo indumentario: procuren ponerse cómodos durante el trayecto de vuelta. Abandonen esos zapatos expresamente adquiridos con vistas a un encantador evento social en la campiña inglesa. Y a la desenfrenada práctica del boogie. Es decir, esos mismos que ahora les aprietan un poco. Y que torturarán sus pasos.

Lo que da natural pie al Cuarto consejo: eviten permanecer parados ante los andenes de Victoria Station. Existen contraproducentes puestos de McDonald´s, en especial para quien continúa sin probar ningún serio bocado desde el día anterior. Ah, y antes de depositar su mochila en consigna -asunto nada exigente: incluso yo pude hacerlo-, extraigan de su interior el libro que venían leyendo en esos días: uno nunca sabe cuando lo podrá necesitar (los editados en papel raramente precisan batería). Y aún pese a saber que muchos eficientes viajeros se habrían precipitado ipso facto a la policía, en lo que a mí respecta fuí a darme un paseíto.

Tenía poco más de treinta años entonces: mis resacas no duraban tres días y al agacharme para atarme un zapato no me dolían las lumbares. No creía necesitar tantas comodidades ni certezas como ahora. Y sabía inglés. Y la noche acababa de caer sobre mi ciudad predilecta, hacía una temperatura de lo más agradable y el ritmo de la vida vibraba ahí fuera. No se acabaría el mundo por acercarme a ver tranquilamente el Big Ben y el Parlamento. Curiosamente, me tomé todo aquello como una magnífica oportunidad, de ahí este Quinto y extravagante consejo: respiren hondo, déjense llevar y acudan a ver ese Big Ben y ese Parlamento.

Pese a no poder permitirme ni un simple Fish & Chips y lucir camisa blanca, pantalones negros y acarrear un libro -debía parecer un miembro de la Iglesia Evangélica de los Últimos Días-, sentí que no tenía nada que perder, de hecho les juro que nunca he vuelto a sentirme más liviano ni desprovisto de responsabilidades. Tras recorrer toda Victoria Street me planté en el puente de Westminster en veinticinco minutos y. acodado frente a la barandilla, contemplé las densas aguas del Támesis, enorme pinta de cerveza Guinness. Su enorme anchura. Eso sí era un río y no el Manzanares. Todo el esplendor del imperio británico a mi alcance. Ah, la sencillez de las pequeñas cosas. Una pareja de enamorados, con quienes nunca habría coincidido en caso de haber atrapado ese avión, discutía vivamente a unos pasos. Ella anegada en lágrimas. Tras presenciar su reconciliación, consideré -por un más que irreflexivo momento-, continuar en dirección contraria –barrio de Lambeth-, al igual que diez años atrás, durante el verano en que conocí a Richard y gustaba de caminar sin rumbo fijo hasta el Imperial War Museum. Descubriendo placas curiosas, como la dispuesta en cierta fachada de una sencilla casa y que rezaba: “Aquí vivió Charles Chaplin entre los años tal y tal“. Llevado por un impulso irrefrenable, traspasé la verja y robé esa rosa roja del jardín que aún conservo, dormida entre las páginas del libro de memorias del propio cineasta.

Consejo número Siete: no abusar del romanticismo, de la mitomanía, nunca pasar por alto la realidad. Ya eran las diez, y esos zapatos comenzaban a torturarme demasiado. Mejor no alejarse del centro, recorrer Whitehall sin prisa, degustar cada paso, la excepcionalidad del momento. Nada conseguía mitigar esa inesperada sensación de anonimato, de extraordinaria libertad. Curioseé Downing Street de camino hacia Trafalgar Square, en cuyas escalinatas observé sus palomas, estatuas, turistas y pasé a rememorar aquella boda a la que había asistido veinticuatro horas antes (parecía una eternidad atrás). Jardín cubierto por una carpa. Precoso desfile con damas de honor. Conmovedor speech por parte del “best man”. Banda en directo, instrumentos folk y una novia vestida de blanco por completo y ocupando el centro del escenario para interpretar, con su propio violín, las más enérgicas notas, expresamente para los invitados. Imagen que se sobraba y bastaba para justificar determinado viaje que -lo sabía-, apenas había hecho más que empezar.

Mientras me metía dentro de un bar de Leicester Square y gastaba una libra en un café, solo para poder acceder al baño, celebré no sufrir especial hambre todavía: tantas ocupaciones habían achicado mi estómago, y eran las once y media. Camino del Soho curioseé lentamente entre sus escaparates, las fachadas de sus teatros. No en vano transité por sus mismas calles varias veces -pies algo renqueantes ya, y para qué tenerlo en cuenta-, y noté que mi aire errabundo llamaba la atención de una menuda mujer detenida en la acera que, envuelta en un sobrio chándal, se me aproximó directamente para preguntarme, con el más pronunciado acento cockney, si buscaba algo. “No“, contesté, muy sorprendido. “¿Seguro?”, insistió, extrañada. “¿No buscas nada?”. Solo al repetir que no, ella me miró de manera algo más específica y adiviné la verdad.

Noveno consejo: procuren sacar en limpio si esa desconocida que les aborda educadamente en la calle ofrece sus servicios en ella. “Aunque buscara eso que ofreces”, dije con media sonrisa, “ahora no podría permitírmelo“. Lo peor -y no bromeo-, es o cerca que estuve de contarle toda mi historia de altos vuelos. Pero detente, pecador. ¿Revivir “Pretty woman” y sin un triste céntimo? No, please. Le dediqué un simple saludo y pasé inmediatamente de largo.

Antes de resignarme a dormir al raso en el cercano St James´s Park resolví acercarme de nuevo a la estación: en su interior podría descansar, pero antes de cantar Victoria (Station) descubrí con gran estupor que prohibían la entrada a partir de determinada hora de la noche. Mi relato apenas ablandó el corazón de aquel simpático vigilante de origen jamaicano apostado en la puerta: se debía al reglamento, imposible hacer excepciones.

Décimo: busquen un lugar cómodo. Y dedíquense a la lectura de su libro. No habrá especial prisa. Acaso perder su avión confirme su inesperado interés hacia este o aquel escritor. Recomiendo “El mal de Montano” de Vila-Matas: todo lo absorbente y original que un desangelado viajero pierde-aviones pueda desear. Especialmente si se ha apostado en el amplio marco de una ventana perteneciente a una galería de arte próxima a Victoria y el libro versa sobre alguien -ejem-, que apenas puede dejar de vivir cada experiencia sino literariamente.

Continué realizando pequeñas visitas a la entrada, y aunque el chico me daba conversación -me invitaba a fumar incluso-, no cedía un ápice, aquel motherfucker. Creo que ahí comencé a no poder más. Eran más de la una y el Undécimo consejo invita a exagerar su cojera cuan verosímilmente puedan, y así despertar la conmiseración del prójimo. O la de un jamaicano con la potestad de colarles a escondidas en toda una señora estación victoriana. Cosa que al fin ocurriría cerca de las cuatro de la madrugada: me apoltroné en un banco del vestíbulo vacío y aquella sensación de libertad del principio se tornó más brumosa. No eran ni las siete cuando desperté en un vestíbulo-hormiguero repleto de gente que iba y venía. Ya una vez en la calle, bajo un solo radiante, me gasté mis últimos peniques en un plátano adquirido a un carrito ambulante, y me supo a gloria.

Duodécimo consejo: pregunten en una sucursal bancaria por el consulado español. Por suerte se hallaba a menos de media hora cojeando. Draycott Place es una calle muy distinguida, en la que unos cuantos compatriotas se peleaban a gritos frente a un elegante apartamento de ladrillo, acusándose mutuamente de haberse colado en la fila. Ah, Spain seguía siendo tan different. Descalzo, sosteniendo ambos zapatos en una mano, pronto me llegó el turno de ser atendido. Una empleada se limitó a interrogarme con la mirada, y yo aún no había acabado de pronunciar con un hilo de voz: “he perdido un av…”, cuando ella descolgó el auricular de aquel teléfono fijo y me lo tendió como diciendo: “ok, pues toma“. Mis padres no disponían de móvil y solo me sabía el número de mi tía Lolín, quien por suerte andaba en casa. Generosa, prometió enviarme algo de dinero para pagarme otro billete. Mientras que la empleada del consulado me facilitó una dirección cercana para conseguirlo. Mis ánimos se renovaron. Todo era tan fácil de pronto. Estallaba el verano y en apenas una hora recogería mis libras en una oficina de envíos express, pegada a la propia Victoria Station. Extraje la mochila de la consigna y me encaminé hacia South Kensington. En un piso muy chiquito, tres colombianas encantadoras me gestionaron el primer vuelo disponible para esa misma noche, vía Heathrow. Un único inconveniente: no despegaría hasta las cuatro de la madrugada. Y una vez supe que abandonaría la ciudad, cuyas calles había vuelto a pisar tan accidentalmente, me entró una extraña tristeza.

Entré en un pub. Es el dominio público que los ingleses cocinan fatal, si bien proporcionaron al mundo dos fuentes capitales de felicidad culinaria: el desayuno y el sandwich. Antes de comerme este último, observé cada una de sus esquinas, sus fascinantes contornos, con amplia admiración. Mordisqueándolo con los ojos cerrados, saboreé cada miga ante el camarero. Me contemplaba sin pestañear.

Décimo tercer consejo: procuren no quedar profundamente dormidos en el asiento de atrás del autobús que les conduzca al aeropuerto. En caso de haber tenido el pelo largo, se me hubiera puesto de punta al despertar de repente y aterrorizarme ante la idea de haberme pasado de parada, de estar perdiendo un nuevo vuelo. Atravesé el pasillo del vehículo como un poseso, pero el conductor me tranquilizó con un gesto. Un cartel decía ahí delante: “Heathrow”. Dí con la sala de embarque con el andar de un zombie. Nada podía fallar esta vez, pero aún quedaban un par de exigentes horas de espera antes de partir. Me acomodé, agotado, ante el primer asiento a mi alcance. Era una mesita de colores, perteneciente al área infantil. Una joven -sin chándal esta vez-, se sentó a mi lado y me puso ojitos. Los míos debían encontrarse algo entrecerrados, como los de un japonés. Si la realidad suele imponerse, el surrealismo también: ocurrió un cierto simulacro de coqueteo, en el que me dediqué a colorear a su lado -no me pregunten-, las aventuras de un personaje llamado Pinky. Intercambiamos hojitas, riendo de nuestras combinaciones, y solo desembarqué de tal ensoñación al embarcar en el avión.

Décimo cuarto consejo: procuren no compartir el asiento de al lado de un avión con alguien demasiado simpático. Ya saben, de esos que les preguntas cómo estas y te lo cuentan. Cierta mujer de aspecto risueño me preguntó riendo, sin caer muy sorprendentemente en la cuenta en mi taciturno aspecto de náufrago, por la razón de mi visible cansancio, Voluntarioso, comencé el recuento de todo lo anterior, y aquella sigue siendo la única ocasión en mi vida en que he quedado profundamente dormido justo en mitad de una frase, al tiempo que hablaba con alguien. De súbito aturdido por tan súbito aterrizaje, hallé mi cabeza reclinada en su hombro. Me disculpé confusa y humildemente, pero ella, risita de jaquita, seguía encontrándolo divertidísimo. Y en cuanto a su novio -asiento de pasillo, cara de pocos amigos-, tal vez no tanto.

Conservaba un bonometro en el bolsillo. Debí caminar por los pasillos como ante un imaginario taca taca. No sufría tanto Jet lag como Jet Aaargh. Dejé caer la mochila en casa, me cambié de zapatos, tomé una ducha y bajé al mercado.

Décimo quinto consejo: desquítense y pídanle al carnicero un filete de añojo de cuatro euros. Compren patatas, zanahorias, guisantes, cocínenlo todo con esmero. Sentado en el suelo ante el plato, situado en una mesa baja, alcé el tenedor, me llevé un bocado a la boca y lo siguiente que recuerdo es mi nuevo despertar, debido al timbre del teléfono: yacía tumbado boca arriba sobre la alfombra, unas tres horas después, y agarrando el mismo tenedor en una mano. La comida intacta ante mí. Perder un avión: eso sí que es un plato que se come frío, y no la venganza shakesperiana.

Distinguí la voz de mi amiga Raquel al otro lado de la línea. Aquella que mencioné más arriba, y quien vivía en Londres. Me contó que recién había llegado desde allí.

“Cogí ayer el primer vuelo de la mañana, desayuné en el vestíbulo de Victoria Station a las siete y cogí el Gatwick Express. ¿Y tú qué te cuentas?”.

                  “¿Qué?”, dije. Y dejé caer mi tenedor.

 

 

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