Ah, ¿qué sería de nosotros sin el teléfono móvil?… Sin ese Smartphone de infalible memoria, en el que cabe Internet, Google Maps, Whatsapp, etc. Podemos incluso ver películas en él. Es como un ordenador personal. Es la bola de cristal. Aprietas un simple botón y localizas, ipso facto, a quien quieras y en cualquier parte del mundo. ¿Cómo no depositar nuestra entera confianza en él?…

Muy fácil. Recordando -y nunca mejor dicho-, esos lejanos tiempos pre-Smartphone en que nuestra memoria jugaba un papel fundamental en nuestra vida, en que nuestro cerebro era el más legítimo ordenador personal. Situado algo más arriba de los hombros, merecía la pena llevarlo a todas partes. No tanto un hardware como un headware (más bien un head… where?, en mi caso; es decir, un: ¿dónde he puesto la cabeza?…). Pues hasta los individuos más despistados reteníamos nombres, direcciones, claves, contraseñas, números de teléfono, etc, capaces de salvarnos de cualquier apuro, ¿se acuerdan?… Esto es, antes de que nuestro disco duro se atrofiara tanto, al delegar nuestro asuntos más privados en otros artilugios externos, y por última generación que sean. No me entiendan mal: si ahora mismo me quedara sin móvil por alguna razón, me llevaría sin duda un gran disgusto. Pero dicha capacidad de memoria suponía nuestra mejor copia de seguridad, y bastaba descansar bien por la noche para recargar su batería.

¿Cuántos números de teléfono importantes recuerdan ustedes de memoria?… Yo aprendí que debía memorizarlos -y que le zurzan al móvil-, una tarde de marzo. Lo recuerdo muy bien: hará cosa de tres años me cité con Victoria, mi pareja de entonces, a las ocho y cuarto. La recogería en mi coche a la salida de sus clases de piano, que ella misma impartía, y nos iríamos a cenar a alguna parte, pues era su cumpleaños. Poco antes, no obstante, me llamó para avisarme de que se retrasaría cerca de media hora, y aprovechando que acababa de llegar a su barrio, tenía cuarenta y cinco minutos por delante y las llaves de su casa obraban en mi poder -y me hacía un poquito de pis-, medio aparqué el coche sobre la acera de su piso, puse las luces de emergencia, abrí el portal, subí en el ascensor, abrí la puerta principal, la del baño, hice ese pequeño pis silbando y cuando bajaba tranquilamente de vuelta el dichoso ascensor emitió un chasquido rotundo y brusco, deteniéndose en seco.

Oh, oh… Uno nunca prevé ese tipo de cosas. Adiviné el botón de emergencia en la oscuridad, lo pulsé varias veces, pero un zumbido medio desganado me hizo intuir que nada conseguiría por ese lado. Golpeé la puerta una, dos veces. Primero con una mezcla de precaución y firmeza. Luego, queriendo proporcionar algunas más decisivas señales de vida. Más tarde pretendiendo no identificarme demasiado con esos personajes de Poe que temen pasar desapercibidos, vivitos y coleando, dentro de un sarcófago. Calma, calma. No detectaba signos de vida al otro lado. De hecho, parecía no existir el “otro lado”. En ninguna parte. Respiré hondo y mi mano inició entonces ese consabido -por confiado-, itinerario hacia el bolsillo del pantalón, las mujeres suelen dirigirlo hacia el bolso, en pos de mi teléfono móvil. Acabé palpando incluso las perneras: debía habérmelo dejado en el coche. Maldición. No: uno tampoco suele prever este tipo de cosas. Como aparte de despistado soy algo nervioso por naturaleza, y con una extraña tendencia a la puntualidad, traté de recordar el número del móvil de Victoria, con intención de avisarla de algún modo, podría hablar con alguien que me oyera, sería fácil, pero apenas conseguía visualizar los tres primeros dígitos y parte de los tres siguientes. Y cuanto más me esforzaba por atrapar esos tres últimos, más difícil era. Había olvidado a aquellos tres rufianes por completo.

Traté de relajarme, de pasar por alto toda esa confianza depositada en un aparatito del que ahora no disponía. La confianza más ciega: seguía sin ver un pimiento allí dentro. Es verdad que, en casos así, agudizamos nuestro sentido del oído: distinguí las primeras voces provenientes de la escalera, varios vecinos se asomaban al exterior desde sus respectivas casas, en concreto las de un hombre y una mujer algo próximos que dirigieron, en ese tono bajito que inconscientemente adoptamos al sabernos a oscuras, aisladas afirmaciones apresuradas a otra voz femenina algo más joven: la luz se había ido en toda la calle, se dijeron. Apagón general. El cual me había sorprendido en el instante mismo del descenso. Decidí no pensar si, de haber bajado solo diez segundos antes, me habría salvado. Si mi otro yo, inconsciente de su felicidad, habría estado enfilando en ese mismo instante un semáforo en verde tras otro de Avenida de América. Y además, en fin: tampoco era tan grave. En el fondo andaba mucho más apurado por Victoria que por mí: carezco de claustrofobia, si bien los retrasos solían hacerla sentir muy insegura. Y en su propio aniversario, imagínate. Lo que imaginé a mi vez fue la negrura total de la calle, esas luces de emergencia de mi coche refulgiendo como luciérnagas neuróticas, clic clic, clic clic.

Dije “Hola” en voz muy alta. Los demás repararon en mí. La voz de la mujer más madura me preguntó, asombrada, que qué hacía allí dentro, que quién era. Como si el hecho de oírme augurara un problema. Como si aquello hubiera sido idea mía y no tuviese otra que hacer. “Intentaba bajar, vengo de casa de Victoria, la que vive en el quinto…”. Asintieron, la conocían: se presentaron como los del segundo piso. Pausa. Pese a que nadie me preguntaba nada al respecto, aseguré encontrarme bien, y les expresé mi preocupación de que mi coche se lo llevara la grúa, que carecía de móvil y -añadí con risa cómplice-, que debía avisar a Victoria de algún modo, no podría acudir a recogerla en apenas cuarenta minutos -solo media hora y pico ya-, y era su cumpleaños.

“Ah”, dijeron algo compasivamente. Y continuaron hablando entre sí, y me pareció detectar cierto apuro. Nueva pausa. Qué intriga. Carecían del número de Victoria, replicaron. Ello apenas tenía nada de extraño. Les pregunté muy educadamente si sabían de alguien capaz de hacer algo, lo que fuera, para sacarme de allí -la presidenta de la comunidad, un técnico de elevadores-, y contestaron no tener ni idea. Pero tratarían de avisar a alguien. “Ay, si me llega a ocurrir a mí esto de quedarme encerrado ahí dentro, me muero…”, cuchicheó el hombre. Como si el hecho de no verme, aún cuando a un mero paso, implicara que me había quedado sordo. Las demás mujeres asintieron por lo bajo, riendo, y a continuación cotillearon un poco acerca de Victoria y de mí. Literalmente ante mis propias narices, pero sin que advirtieran tal cosa. En efecto: prometía ser una tarde muy larga. Aunque al menos la joven tuvo la deferencia de salir a ver el coche, que continuaba sin novedad. “Yo no esperaría que se lo llevara la grúa, es una calle muy poco transitada, aunque uno no puede estar seguro de nada a estas alturas,”, añadió. “Muchas gracias”, dije. Muy alentador.

Ahora bien, esos nueve dígitos seguían sin aparecer en mi cabeza, tan escurridizos como una anguila. De hecho solo recordaba mi propio número y el de mis padres (y con el mío propio, en fin, aún me trabucaba algunas veces). Me acurruqué incluso en el suelo para concentrarme mejor, parecía la estatua del escriba sentado. Desmemoriado. Y es lógico: todo cuanto precisamos, para localizar a alguien, es esa imperceptible presión del meñique sobre el botón “Contactos”. Luego sobre el nombre en cuestión. Da igual si llamamos a la sede de la Cruz Roja en Ginebra, a nuestra tía la del pueblo, o al restaurante donde había reservado mesa para esa misma noche.

Rebusqué en el interior de mi cartera -no llevaba más que algún dinero, unas tarjetas de crédito-, y hallé la tarjeta personal de mi amigo Paco Gómez. Me había encontrado a Paco hacía dos semanas en el Matadero, después de muchísimo tiempo sin vernos, y en ese rectángulo de plástico constaba, por supuesto, su número. No es que Paco conociera a Victoria, aunque sí conocía a Javier, amigo asimismo de Paco. Y me constaba que Javier disponía del número de ella, pues le había contactado hacía apenas diez días en su calidad de redactor jefe de la revista “El Duende de Madrid”, en referencia a los estupendos libros infantiles que ella había escrito.

“Carmen”, afirmó solícita la joven, tras preguntarle yo su nombre. “Voy a pedirle otro favor muy grande: la pobre Victoria andará muy agotada tras haber trabajado todo el día, y si nadie lo remedia voy a darle un gran plantón en su cumpleaños… ¿Podría usted llamar, con su propio móvil, al número que puedo dictarle a continuación?… Solo si usted quiere, claro. Pertenece a un tal Paco, y mi objetivo es pedir a Paco que llame, si es posible, a un tal Javier. Y que este avise a su vez a Victoria…“.

Sin duda un modo, digamos, algo extraño de hacer las cosas, pero no se me ocurrió ninguna otra idea mejor. Carmen asintió, resignada, dubitativa (siguiéndome la corriente, he de temer). Si bien tuvo que alejarse primero para llamar al técnico de ascensores, quien -según todos comentaron algo estentóreamente-, venía desde la otra punta de la ciudad y todo eso (el por qué la mayoría de los técnicos de urgencia suelen vivir en la otra punta de la ciudad representa otro tema no menos peliagudo, ¿no es cierto?).

El solo hecho de apuntar el número de Paco, dígito a dígito, supuso una pequeña aventura para Carmen. Y también para mí. Primero ella dijo no encontrar exactamente dónde apuntarlo. “Ok, paciencia”, la animé yo. “Los bolis no pintan”, añadía, atolondrada, un minuto después. Incluso expresó su duda -tan normal, por otra parte-, a la hora de conseguirlo. Pero existía otra duda mayor: si aquella chica habría comprendido el intrincado proceso de llamadas en que yo la había envuelto, y que yo no hacía más que repetirle, paciente. Pero su voz iba y venía, era como si me hablara desde el fondo de un estanque. Y al tiempo yo continuaba probando infinitas combinaciones de números en la pared del ascensor, por si me venía de una vez por todas aquel que originalmente buscaba.

Según me contaría más tarde, Paco volvía en ese mismo instante de su pueblo. Subió al ascensor de su casa, salió de él, e iba ya a entrar por la puerta de su hogar cuando sonó su móvil. No conocía el número. Contestó: “¿diga?”. Y una señora completamente desconocida para él le aseguró con visible apuro:

“Paco, mejor ir al grano… Tienes que llamar a Javier y a Victoria…”. -pausa-. “Bueno, mejor llama a Javier y que él hable con Victoria, porque hay un señor atrapado en el ascensor… “.

Lo primero que pensó Paco fue: “¿Quiénes se llaman “Javier” y “Victoria” en mi portal…?”. Al ser el presidente de su comunidad, pensó que esa era la razón por la que le llamaban a él. Aún en el descansillo, y mientras seguía hablando con aquella señora, echó la vista atrás y volvió a pensar: “Pero soy gilipollas, ¿cómo va a haber alguien en mi ascensor, si acabo de subir en él?…”.

Incapaz de reaccionar todavía, no daba en su cabeza con el tal Javier. Pero Carmen le dijo que se llamaba “Javier Agustín”. “¿Conoces o no a Javier Agustín?”… Paco dijo conocer a un Javier Agustí, no Agustín, y ella replicó que quien estaba atrapado era Juan Luis, y que había que dar como fuera con Victoria (y que Juan Luis andaba muy nervioso).

Cuando Paco se acordó al fin de mí, me imaginó deshidratado y a punto de buscar las cañerías del ascensor, sin poder salir, como en una versión ascensorística de “El ángel exterminador” de Buñuel.

Carmen le rogó entonces que la llamara de vuelta cuando conectara con Javier, y él dijo: “¿Como se llama?…”.

Contrariada, contestó: “¿Como se llama quién?… Yo me lío con tanto nombre…”

“Usted…”.

“ ¡¡Ah, yo!!… Yo me llamo Blanca…”.

Puede que Paco no oyera bien su nombre, o tal vez yo no lo hiciera tampoco. O quizá Carmen delegó, por simple timidez o apuro, aquel extraño encargo en su hipotética amiga Blanca. Propiciando que todas mis cuidadosas instrucciones quedaran en saco roto. El único problema era que Paco no disponía del teléfono de Javier. Pero se le ocurrió buscar el WhatsApp de Andrea, empleada de la revista “El Duende de Madrid” (quien había entrevistado a Paco recientemente, a propósito de su último libro, dado que Paco es fotógrafo y escritor).

Paco sostenía justamente un “Duende” en la mano, en busca de algún teléfono de la propia revista, y preguntándose si Javier trabajaría a esas horas, y encima en festivo, cuando le llegó al fin el número de teléfono de este. Quien hasta ese momento había andado peleándose en su casa con su guitarra española, intentando hilvanar dos fraseos con sentido, cuando oyó sonar su viejo Nokia en algún lugar indeterminado del salón. Tras revolver abrigos y buscar en cinco mil bolsillos, no llegó a tiempo. Comprobó que no tenía agendado el móvil de quien le llamaba. Instantes después, sin embargo, le llamó su compañera Paloma de “El Duende” (dado que Andrea, al no contar tampoco con el teléfono de Javier, había decidido llamar a la susodicha Paloma).

No habían pasado ni cinco segundos entre esas dos llamadas. “Resulta que Paco Gómez te está llamando, y tú no se lo coges”, le reprochó Paloma. Añadiendo que a Andrea le podía una inmensa curiosidad ante el contenido del siguiente mensaje: “Que Javier llame a Paco Gómez, que un amigo suyo está encerrado en un ascensor”.

A estas alturas de la historia existía ya una cadena de cinco personas implicadas en el olvido de un solo número de teléfono. Javier dudó, sin embargo: ¿estarían todos conchabados con algún programa de televisión? (y sobre todo, ¿por qué le llamaban a él, en lugar de al servicio de mantenimiento del ascensor?…).

Javier le dijo a Paloma que Paco era así, capaz de soltar las frases más extrañas al llamarte por teléfono o escribirte un email. Que fácilmente podía llamarte “José” o “Espíderman”. Y que podía tratarse de una simple broma, de un disparate… En ese momento Javier distinguió en su Samsung Ace este mensaje en el WhatsApp: “¡Paco Gómez al aparato urgente!… Juan Luis Bahillo encerrado en un ascensor. Tiene que anular una cita con alguien, ha quedado con una chica y sólo tú tienes el teléfono de ella…”.

Algo de luz al final del túnel. Aún así Javier renovó su sensación de extrañeza cuando le dijeron que: “La vecina no suelta prenda”. Entonces pensó: “Pero… ¿qué pinta aquí la vecina de Paco?… “. Y: “¿Acaso Victoria es vecina de Paco?…”.

Javier finalmente localizó a Victoria con todo éxito, nada más salir de su clase, y ella volvió a su casa en metro. En cuanto al técnico del ascensor, consiguió sacarme de allí a las nueve menos cuarto (y Carmen/Blanca ni siquiera me saludó en persona, demasiado ocupada en hablar con aquel hombre). Solo que nada más salir de allí, tras saludar con alivio al mundo exterior, y sin ver aún ni torta, di unos primeros pasos y no me precipité cuesta abajo por las escaleras de puro milagro.

Victoria apareció armada con una bolsa repleta de velas, por si acaso el apagón continuaba, pero la luz volvió enseguida.

Cenamos en su casa: espárragos trigueros y ensalada.

Consejo Smartfool 1: memoricen el número de teléfono sus seres queridos. No importa el modelo de última generación de móvil que tengan. Memorícenlos bien. Al menos dos o tres. Es una orden.

Consejo Smartfool 2: procuren quedarse encerrados en un ascensor al volver de hacer pis y no de camino a hacerlo, aguantándose las ganas. No lo olviden.

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