Ladies & gentlemen, seamos sinceros: excepto para quienes se hayan criado en algún país anglosajón o acostumbren a visitarlo con cierta asiduidad, el aprendizaje del inglés representa una frustrante aventura muchas veces. ¿Es fundado ese tópico de que a los españoles no se nos dan bien los idiomas?… Tal vez, pero sin duda existe algo más. Un bonito complejo de inferioridad, por ejemplo.

Al sinvivir de no poder pasar del nivel básico se une un convivir inmersos en la cultura anglosajona -con su música, películas y demás-, lo que todavía descorazona más a muchos, convirtiendo este idioma en una auténtica obsesión, una verdadera asignatura pendiente. Rodeados como estamos de palabras ajenas -de “sus” palabras: hasta las señales de tráfico nos dicen “Stop“, y cuando adoptamos “footing”, “zapping” o “selfie” es casi sin darnos cuenta-, nada puede tener ello de extraño, y hay un largo etcétera (pero este último término es en latín: ¿lo ven? se nos pega cada cosa a la lengua). Ah, y si al menos nadie nos machacara diariamente con eso de que el inglés garantiza nuestra subsistencia, sea verdad o no. Si toda una legión de academias -siempre que el Brexit lo permita-, no hicieran su agosto a lo largo y ancho del mundo entero -ofreciendo diversos exámenes oficiales con los que hacer currículum-, ese eterno propósito de aprender, impregnado de un acusado pesimismo muchas veces, casi como una batalla perdida de antemano, no sería tal. Solo creo haber visto un padecimiento semejante entre los aspirantes al carnet de conducir, a oposiciones a notarías, a cursillos de astronauta.

Aún cuando miles de padres continúen enviando a sus hijos a Inglaterra a pasar el verano, y pocos esperen verles regresar hechos unos gentlemen, bombín y todo, los resultados no siempre son muy halagüeños en lo que al aspecto idiomático se refiere. Yo mismo acudí a un bonito pueblo de Gran Bretaña por un mes -Buxton, se llamaba-, con el fin de practicar en casa de unos nativos, palabra que induce a imaginar a una cuadrilla de tipos lanza en ristre y algún hueso adornando sus cabezas. No obstante quienes me tocaron en suerte eran de lo más civilizados y fue una gratísima experiencia que nunca olvidaré, lástima que fueran algo lacónicos. El padre de familia, por ejemplo, fue hecho prisionero por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y no había vuelto a pronunciar una sola palabra desde entonces. Los chavales acudíamos a clases diarias, nos examinábamos de Pitman, determinados pubs organizaron amigables reuniones en nuestro honor y cuando volví hace unos años de visita, la familia Shylock volvió a acogerme con su cariño habitual, pero cuando los españoles hablábamos de algo -lo precario de la comida, las rarezas de esos ingleses y demás-, era naturalmente con los demás españoles, y al agarrarnos nuestras primeras borracheras no cantábamos “Greensleaves” tanto como “Asturias patria querida“. Ni siquiera pensábamos en inglés para hablar en inglés: invariablemente en español, y adaptando a nuestro equívoco terreno todo término que nos viniera al paso.

Conocí a un chico que comenzó a convivir con una de esas familias y cuyo nivel de inglés, como el de tantos otros de su edad, dejaba bastante que desear. La primera noche de su estancia en dicho país recibió una llamada teléfónica de la empresa española que le había traído allí, informándole de que al día siguiente saldrían de acampada junto a otros compañeros. “Pero no tengo ni saco de dormir ni nada…”, replicó el chaval. “Pregunta a alguien en tu casa de acogida, quizá ellos puedan ayudarte”, le dijeron, y ni corto ni perezoso decidió aproximarse a la señora de la casa, a quien acababa de conocer apenas una hora atrás y que ahora fregaba distraídamente los cacharros en la cocina. Tras sonreír tímidamente, él emitió un introductorio y esperanzador “Hello…”. La mujer apagó el grifo para atenderle mejor: “Hello”, respondió, amable y expectante. Y antes de intentar explicar nada, él se acogió a lo del saco de dormir y yendo directamente al grano le dijo con voz débil:

“A sack for me, please”.

Ella le contempló un tanto asombrada. “What?…”, contestó.

Él, que ya se había temido que aquello iba a costarle un poco, repitió: “A sack for me, please”.

La señora retrocedió instintivamente unos pasos, pero él, en su esfuerzo por darse a entender -y ajeno a la acepción “suck” inglesa, cuyo significado es “sorber”, “aspirar”, aunque asimismo y desgraciadamente para él: “chupar”, inevitables connotaciones sexuales incluidas-, representó con ámbas manos, y ligera oscilación de las caderas, la acción de introducirse en efecto en cualquier saco de dormir, detalle que apenas ayudaría a serenar las cosas, y menos aún al añadir: “For sleeping well…”, logrando que ella retrocediera del todo, ojos como platos, quizá pensando, good heavens, el españolito de este año nos ha salido un tanto depravado, mientras él le iba repitiendo implorante: “A suck for me, please… A suck for me. For sleeping well…”.

“¿Qué pasó después?”, le pregunté. “Pues que al día siguiente me fuí sin saco de dormir ni nada, y hasta que no se aclaró el malentendido la pobre me siguió huyendo varios días por la casa…”.

Bien, al menos mi amigo se atrevió a decir algo: una gran mayoría apenas se atreve a conjugar un solo verbo a causa del pudor muchas veces, miedo escénico a equivocarse que le llaman, y a nosotros en cambio nos hace una gracia imponente que los anglosajones -y germanos, francófonos, islandeses-, cometan incontables errores gramaticales, conviertan nuestra lengua en una suerte de dialecto Tarzanesco, arrastrándola literalmente por el fango y despertándonos una ternura y empatía inexplicables, al subrayar muchos de los defectos propios de nuestra habla, no tanto la de ellos como hablantes, y consolando nuestra inseguridad. Rasgo que nos distingue de los propios británicos, o de la menos permisiva Francia, cuya lengua parece formar parte de su patrimonio nacional. No pretendo generalizar en esto, con la globalización todo cambia y hay gente encantadora por allí, pero pregunta por una dirección en París por medio de un francés chapucero y es probable que el paisano en cuestión te dedique una cordial sonrisa de entrada, se disculpe y pase discretamente de largo. Nosotros, menos exigentes con nosotros mismos y por ende con ellos, proporcionamos una popularidad tremenda a Michael Robinson, campechano locutor de deportes y dueño de un acento sumamente acusado. Tanto es así, que cuando él mismo expresó su intención de mejorar su español, sus jefes de Canal + se apresuraron a aconsejarle que permaneciera tal y como estaba, no fuera a desprenderse del afecto y simpatía de los españoles. Por lo que continuó exagerando ese estrafalario acento durante años y años.

Un inglés visita una aldea española y pregunta por Pacorro -pronunciado “Pacorrou”, claro está-, y todos y cada uno de los habitantes del lugar se arremolinan a su alrededor, tratando de ayudarle: por muchas vueltas que le dan, nadie parece conocer al tal Pacorro, hasta que el británico señala a un señor vestido de negro y alzacuellos que pasea por la plaza y el alcalde exclama: “¡Ah, el párroco!

Ah, pero don´t be afraid: siempre nos quedará el “guachi-guachi“, esa pública admisión de ignorancia que, presa de una impúdica alegría, estimula la creatividad. Todos hemos tarareado canciones sin saber lo que decíamos, como ese “Never gonna give you up” de Rick Astley, cuyo estribillo reza: “never gonna say goodbye, never gonna tell a lie“, y un entusiasta: “…and hurt you!…”, y que mi amigo Marcos solía transformar, gustoso, en un: “nevergonasaigudbai, nevergonatelalai…”, seguido de un no menos triunfal: “…¡Insectos!…”. En cuanto a “Georgia on my mind“, mi amigo supo convertir el preceptivo y evocador “Georgia, Georgia, no peace I find” en: “Georgia, Georgia… no pises el flan” (desde entonces ya no pude volver a tararear esa canción de ninguna otra manera, lo confieso). Claro que hubo quienes se desentendieron del “Can´t touch this” de M.C. Hammer para exclamar: “¡Pinchastes!”, o transformar el célebre “what I need… oh yes indeeeeed…”-, de Olivia Newton-John y John Travolta de “Grease” en: “Guaraní, soy guaraniiiii…”. Si bien todavía me estoy carcajeando de que Bowie no cantara realmente: “but I never wave bye-bye, but I try I try, never gonna fall for…“, sino: “Barrionuevo fue papá, por atrás… dénle con el bombo…“. O de que el propio Lennon en su “Imagine” no pretendiera comunicarnos: “you might say I´m a dreamer” tanto como: “Yo besé a mi prima“… Sin olvidar que “yo fuí a Jamaica sin jabón, la playstation sin el CD-Rom“, tal y como nos confirmó el sensual hit “Suicide blonde” de Inxs. Claro que lo que realmente pretendía cantar Bob Marley era”Agua en el hoyo“, y qué tanta tontería con “I wanna love you“…

En cambio la vocalización de Frank Sinatra apenas presenta excusa: suele ponerse como ejemplo para enterarse word by word (alguno habrá que convierta “My way” en “mi buey“, de todos modos). Pero sin duda hay artistas más generosos que otros, no así a Bonnie M: pasé mi infancia preguntándome qué demonios querían decir con tan meloso estribillo, que decía “eluder…”, o algo así. Hasta que leí el título y casi me caí de espaldas: era… ¡”El Lute”! (que es como imaginar a los Bee Gees cantando a El Vaquilla en lugar de los Chichos -o Bee Cheechous, en su caso; y aparte, ¿quién podía imaginar que Abba homenajearía a un tal “Fernandooouu…“?).

Cierta tarde propuse a mi amigo Jaime -quien mide casi dos metros y a quien los lugareños de Irlanda, al oírle decir su propio nombre, gustaban de llamar invariablemente no “Jaime” sino “High Man“-, que viéramos una película de guerra británica de los años cuarenta y sin subtítulos. Al cabo de media hora admitimos no entender casi nada de aquel batiburrillo fonético con el el que unos soldados muy estirados charloteaban sin parar (algo que en una pronunciación, imitada en broma, del idioma inglés -en el guachi-guachítico común, para entendernos-, vendría a sonar como “Rabo de burrou, Sir…” ). Y bien, al día siguiente le propuse ver otra película, pero High Man quiso saber, impostando al máximo el acento de la película del día anterior, cuántos “Rabos de burrou, Sir” iba a tener que aguantar esta vez (desde ese día clasificamos las películas no dobladas en virtud de esa escala: si alcanza los diez burros, no hay cristiano que la entienda).

Uno, al fin y al cabo, cree saber algo de inglés hasta que pisa Trafalgar Square, pregunta algo a un guardia y le oye pronunciar cualquiera de esos “rabo de burro, Sir“. Proceso a la inversa en la zona de la Puerta del Sol: sus camareros entienden al instante el término fonético “tayopipi” que los turistas anglosajones les dirigen. ¿Y cómo podrían servirles, si no, un… “Tío Pepe”?… Y en fin, eso en cuanto al sector servicios se refiere, aunque no olvidemos que apenas hemos disfrutado de un solo presidente del gobierno español que, en democracia, haya sido capaz de hablar medianamente bien el inglés -y del caudillo Franky Frank ni hablamos, don´t we?-, cuando no habría mejor servicio para tu propio pueblo que el de dejar de hacer el ridículo en los pasillos del Parlamento Europeo, poniendo cara de entender algo y sin enterarte siquiera de “my taylor is rich“, y practicar un poco (y de las inefables incursiones de Jose María Aznar en el campo del dialecto tejano, del “relaxing café con leche” de Anne Bottle, my god, let´s just forget about it).

Think, people: recibimos clases obligatorias de inglés en el colegio desde que tenemos uso de razón, si bien ello no tenga tanto que ver con la calidad educacional como con la falta de hábito natural en el día a día, sin tantos sufrimientos ni presiones, sin gente capaz de odiar idioma alguno. En Lisboa -un empleado de hotel me dijo “Obrigado” y entendí, esa primera vez, que yo estaba obligado a algo-, puse la tele y me topé con los dibujos animados de Tintín hablados en francés y subtitulados al portugués (como subtitulada volvió a estar, del inglés, el siguiente drama con Montgomery Clift). Ahora bien, salvo quienes visitan los cines Renoir y todo eso, aquí la gran mayoría vive doblegada al doblaje. La única versión original del inglés sirve para que los dueños de los chiringuitos de playa redacten sus menús, mucho más pendientes de la gastronomía que de la gramática: ese oscuro enemigo, repleto de antipáticos términos técnicos.

Tuve que enfrentarme a ella hace años, tras desplazarme a la isla de Ibiza para tratar de ganarme la vida como profesor de inglés, algo que nunca había hecho in my life, obligado a transmitir la seguridad suficiente como para dar el pego y que no se me viera demasiado el plumero. Y eso que tuve la suerte de asistir a un colegio inglés desde los cinco años y en el que me rodeaban compañeros acostumbrados a viajar, cuyos padres eran extranjeros y demás, así que apenas supe distinguir un auxiliar “Do” de un “Did” desde mi más tierna infancia, era espantoso. Un día, mientras caminaba por el recreo ya a mis diecisiete años, me dí cuenta de que sí sabía inglés, y ello debido a una mezcla de oído y de costumbre, pese a no haber dominado jamás esa dramática gramática. Al contrario. Sabía lo que era un infinitivo y para de contar. Tras colocar anuncios en todas las farolas de la isla, que ya son farolas, a los dos días ya tenía tres alumnas, pero la primera lección que recibí, aún antes de abrir la boca, fue que no hay nada más tranquilizador para la mayoria que eso de apuntarse a una clase de english: es como un placebo, un deber subconsciente, aunque en cuanto pides que efectúen algún esfuerzo adicional, se rajan.

Mi simple condición de profesor despertaba respeto en algunos, y esa fue mi segunda lección. Como ese sofisticado empresario de éxito que, solo porque yo había colgado un vulgar papelote anunciando clases en un idioma que él se sentía incapaz de asimilar, se veía intimidado al carecer del menor oído, retentiva o capacidad para adecuarse a lo que yo creía sencillos consejos prácticos, aburriéndose como una ostra en aquella isla, sin más interés que el de hablar con alguien, con quien fuera y en el idioma que fuera, preferentemente en español. Me cansé de recordarle que si me pagaba era por ejercitarse, no por contarme su vida, pero él siempre había dado aquel asunto por perdido y al menos nos hicimos friends.

Otro señor de avanzada edad trabajaba en una oficina de alquiler de coches y solo le interesaba la mera fonética: necesitaba decir: “This car is very cheap” a los extranjeros, sentirse entendido. Nada de “Rabos de burrou, Sir“. Para su enorme asombro, todos precisamos modular la boca de un modo distinto al hablar inglés (o francés, o alemán…). Para el mío, ello jamás se le había pasado por la cabeza, de ahí sus enternecedores esfuerzos por conseguirlo: era como un niño pequeño aprendiendo a hablar, ojos cerrados, sudando como un pollo en la cocina, como un chicken en la kitchen, tartamudeando sin cesar. Aunque lo consiguió.

Solo más tarde trabajé en una academia en Madrid, mis alumnos eran adolescentes y estaba aterrorizado. Comencé confesándoles que a lo mejor parecía saber más inglés que ellos, pero que a su misma edad aún no diferenciaba ni entre ese “Do” y ese “Did“, y que comprendía que les horrorizara la gramática. Y añadí que, al pasar lista, la profesora británica de turno pronunciaba mi apellido, “Bahillo“, haciéndolo sonar como “Bajillou” y despertando la hilaridad de aquella clase (y de esta, ahora). Dado que yo era el más canijo de todos -mi estatura, era evidente, no había aumentado especialmente desde entonces-, aquello no resultaba especialmente agradable.

Eso les distendió un poco. Toda vez que alguno me decía “No sé” -acostumbrado a no saber nada y a que no le importara-, yo le contestaba que eso significaba “nariz” en inglés y que podía esforzarse más. En los siguientes días pude percibir cuando y cómo me mentían al preguntarles si realmente habían entendido algo: yo mismo, al fin y al cabo, había hecho lo mismo durante buena parte de mi infancia, diciendo que sí a todo y dejándolo pasar. De hecho me volví de un machacón insoportable, cosa que les llamó particularmente la atención. Animándoles a equivocarse, les rogué que formaran anagramas -es decir, que cambiaran el orden de las palabras pero sin añadir o quitar nada-, con sus propios nombres en inglés, sin duda se iban a sorprender. Palabras de un idioma distinto -no raro-, y además tan mágicas. No en vano “mother-in-law” (“suegra“), conforma: “woman hitler” y eso es extraordinario. “The eyes“: “they see“, y “Alec Guinness” -ese actor tan educado y elegante, el Obi Wan Kenobi de “Star Wars“-, “genuine class“.

Al menos lo intentaron (“Sean Connery“/”on any screen”: “en cualquier pantalla“, era demasiado difícil sin duda), pero yo mismo había descubierto, desde la más supina ignorancia y con tal de aconsejar a otros, que los idiomas no tienen por qué constituir calcos precisos unos de otros, detalle que muchos aprovechan para frustrarse. “No es un idioma raro, es distinto”, les repetía, autoconvenciéndome por el camino de que su gramática es sencilla, y su nomenclatura, un impedimento para esa sencilles: “infinitivo”, “participio”… Es normal que no sintieran interesados. Que odien esa obligación de que aprenderse esa odiadísima tabla de verbos irregulares sin que nadie les explique la razón. Que exista una menor variedad de palabras en español. Uf, eso es un lío muchas veces (pero los ingleses no lo hicieron a propósito). O un sempiterno sujeto “it” que nuestra expresión “llueve“, por ejemplo, no tiene. Todo el mundo sabe decir, aún sin saber inglés, eso de “What time is it?”, pero casi nadie recae en la cuenta de estar diciendo: “¿Qué hora es ello?”. O lo que es lo mismo: de estar accediendo al maravilloso mundo del pensamiento ajeno, de cómo suelen ver el mundo los otros y de cómo ese mundo suele reflejarse, inequívocamente, en el lenguaje (pero acostúmbrate a decir “It rains” poniendo esa “s” en cada presente simple de los sujetos “he”, she” o “it” –detalle que los españoles olvidamos una y otra vez, por falta de identificación-, y vencerás cualquier crónica incapacidad al respecto). Y en fin, si ellos colocan ristras de adjetivos delante del nombre, muchos llevamos camisetas que rezan cosas como: “Boston Polytechnic University“: no hay excusa para no adiestrarse incluso en una tienda de ropa.

No se desanimen y oigan mucho a Frank Sinatra. Sintonicen todas las emisoras de radio y televisión en inglés a su alcance, que algo quedará. Lean libros en inglés. Aprendan frases hechas con el objetivo de aplicarlas y de no pensar. Para aprender se necesita no pensar. Y aprender, en resumidas cuentas, que apenas pensamos cuando hablamos. Y que conseguir no pensar, al hablar otro idioma, representa el triunfo final. Y equivóquense sin cesar. Ah, y no se dejen impresionar: Elisabeth Taylor no significa más que Isabel Sastre. Mike Oldfield, Miguelito Campoviejo. Y W.C. viene de “water closet“. Y Luke Skywalker de un tal Lucas Caminacielos, Chewbacca de “Masca-tabaco” y R2-D2 suena fonéticamente como: “Arturito“.

Aprovechen el tiempo -si ya lo decía Les Luthiers: “Time is money: el tiempo es un maní“-, y lo verán chupado. Y dormirán mejor.

Uuups, en realidad quería decir que a suck for me. For sleeping well.

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