Hay direcciones que se le resisten al gremio de taxistas. Viví durante muchos años en el Paseo de la Florida de Madrid, y las pocas veces que me tocaba volver a casa en taxi no bastaba con indicar al conductor el nombre del paseo mismo. Proponer que me dejara cerca de las ermitas gemelas de San Antonio tampoco producía mayor efecto. Pero sabía que si mencionaba “Casa Mingo” los neumáticos chirriaran de repente y nos pondríamos en marcha. Solo así daba a entender claramente a donde me dirigía.

Clao que de haber dicho: “por favor, a la tumba de Goya”, me hubieran observado con un aire aún más dubitativo y enarcar de cejas a través del espejo retrovisor. Casa Mingo, fundada en 1888, se encuentra a unos treinta metros de esa tumba (situada bajo los frescos que el propio Goya pintara en la cúpula de la ermita original), y lo único que separa a ámbos lugares es una pequeña carretera de un solo sentido y en curva. Conste que nada puedo tener contra Mingo: llevo degustando su pollo toda la vida, incluso me ha sacado de algún apuro cuando no había nada de comer en casa o venían invitados: bastaba cruzar la calle para chuparse los dedos. Su sidra natural no es cualquier cosa, conozco al pollero y a los camareros de vista desde siempre y allí le organicé una fiesta sorpresa por sus ochenta cumpleaños a mi madre: voy servido respecto a ese lugar, y nunca mejor dicho. Y sin embargo sé que si mañana mismo el Museo del Prado anunciara una exposición itinerante con esas pinturas, todo el mundo haría cola para verlas. Para empezar, todo el mundo sabe dónde está el Museo del Prado. Y existe una parada de taxis justo enfrente. Y quizá habría incluso que reservar entrada vía Internet, como en la actual y exitosa exposición de El Bosco (parte de cuya obra estaba expuesta allí de antemano, sin que nadie perdiera la cabeza por verla).

Goya perdió la suya después de pintar en la Florida: si su cuerpo reposa allí es solo de cuello para abajo, pues una sociedad interesada en la frenología -es decir, en cortar cabezas de genios para examinarlas-, no supo resistirse. ¿Lo ven? Todo son sorpresas. Al igual que el hecho cotidiano de que miles de personas se congreguen ante las pinturas negras de Goya, otra vez en El Prado, y que no todos sepan que esas catorce obras murales, recubiertas de yeso, decoraron en su día las mismísimas paredes de la casa donde vivió el pintor de 1819 a 1824, y conocida como “Quinta del Sordo”. Ahora bien, prueben a preguntar dónde estuvo alguna vez ese lugar. Un día, callejeando con la bici cerca del puente de Segovia, encontré casualmente una placa sobre una fachada sin especial interés -calle Saavedra Fajardo-, que atestigua dicho emplazamiento. Aunque les aseguro que a muy pocos metros de mi barrio, justo tras la vía del tren, se halla el cementerio donde reposan los fusilados en el dos de mayo y casi nadie lo conoce tampoco. El aire desangelado de ese lugar -como el de los pobres angelitos que contemplan el milagro de San Antonio de la Florida-, me recuerda el divino celo que otros países sí guardan respecto a su patrimonio.

Resulta conmovedora la manera con que los británicos recuerdan constantemente a los suyos (una vez en Escocia, de todos modos, absténgase de entrar en el museo consagrado al Lago Ness). He podido visitar la casa museo de Monet en Francia, pasear entre sus puentes japoneses sobre estanques con nenúfares. La de Kafka en Praga. La de Diego Rivera en Guanajuato o la de Frida Kahlo en Ciudad Federal. La de Victor Hugo en París. O la de Sorolla en Madrid, es cierto (magnífica: no todo van a ser inconvenientes). Pero no puedo acercarme a la del poeta Vicente Aleixandre, en la calle del mismo nombre -antes Wellingtonia-, sin suspirar de tristeza: no solo en función de que al taxista de turno le suene o no el lugar, sino porque este continúa en el abandono más absoluto desde hace demasiados años. Las malas hierbas se apodearon de su jardín hasta tal punto que ni siquiera se distingue su fachada. Allí Aleixandre escribía y solía ser visitado con cierta asiduidad -no sabemos si en taxi o no-, por el lechero, el cartero o asimismo por Lorca o Miguel Hernández (existe una Asociación de Amigos de nuestro premio Nobel, pero ni siquiera ellos han conseguido que esas pocas placas conmemorativas que aún quedan en pie no luzcan en desganados pedazos).

Hablando de Lorca: ¿ustedes creen fácil llegar a la Residencia de Estudiantes?… Yo creo que de haber sido taxista antes de la era del GPS me hubiera vuelto loco: ni un solo cartel de las inmediaciones aclara si la Calle del Pinar se halla oculta, constreñida incluso, entre otros muchos edificios de las inmediaciones, como es el caso. Cuando en su origen era un lugar apartado de la urbe, como para señoritos. Ironías del destino urbanístico. Y de la nomenclatura. ¿Son conscientes de que la casa de Lope de Vega -que sí existe, y es de fábula-, está en la calle Cervantes? ¿Y que para visitar el lugar donde yace Cervantes – Convento de las Trinitarias-, conviene acudir a su vez a la calle Lope de Vega?

Si aún no han visto los frescos de San Antonio no lo duden más: son toda una delicia, uno puede entrar cuando le plazca y es gratis. Con un poco de suerte solo encontrarán allí a algún vecino, estudiante o japonés despistado. Todo lo que se precisa es decir al taxista la dirección que ya les he indicado y, una vez dentro, alzar la cabeza y abrir la boca de asombro.

Aunque prueben a conseguir mesa en Casa Mingo en un fin de semana: no será tan sencillo.

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