Llevaban catorce años compartiendo el mismo lugar de trabajo, la misma oficina de paredes que en un principio fueron blancos, luego crema y finalmente habían logrado la triste magia de alcanzar un color indefinible, situada en el número siete, cuarta planta, de la calle Leganitos. Catorce años en los que el jefe, el Señor García, con mayúsculas por favor, había ejercido su poder sobre su único subordinado, Sánchez, con libertad absoluta. Y en esos catorce años, más dos meses, tres semanas, cuatro días, jamás se había rebelado Sánchez contra la autoridad del Señor García. Había aguantado sin pestañear sus malos humores, sus órdenes absurdas, la halitosis tremebunda que le emponzoñaba el aliento, y hasta el sonido, descarado y estruendoso, de sus ventosidades, sí, una mala y grosera costumbre del jefe supremo; hasta que esa mañana el Señor García, tras calificarle de torpe e inútil, no era la primera vez, se permitió la libertad extrema de asestarle un golpe en la parte trasera del cuello.

-Toma colleja.

A la velocidad de un rayo, Sánchez se giró hacia  el Señor García, agitó el dedo índice ante la nariz, algo torcida pero de rasgos delicados, de su superior, y sentenció:

-Esto no se lo consiento, García, hasta ahí podríamos llegar. Queda usted despedido, me entiende, despedido. ¿Me comprende?

Pero el Señor García no comprendió, estupefacto, boqueando como un pez sacado del agua bruscamente y por sorpresa, no comprendía nada, al menos al principio, eran ya catorce años y estaba tan hecho a su papel que le costó un esfuerzo supremo recordar la realidad, el hecho de que -memoria, miserable traidora- aquel hombre, Sánchez, que ahora agitaba un dedo implacable ante él, le había contratado catorce años atrás para que realizarse un trabajo para él, un trabajo muy concreto:  que fingiese ser su jefe, porque el señor Antonio Sánchez-Andrade, millonario por familia y por carácter,  detestaba tomar decisiones, y como nunca había conseguido trabajar para otros y le parecía una vulgaridad dejar en manos de un siquiatra la dirección de su vida, como habían hecho muchos de sus amigos, había contratado, para su uso exclusivo y personal, un jefe, montado un despacho en el número 7 de la calle Leganitos, y gastado catorce años de su vida obedeciendo órdenes de un actor, de un farsante, al que en aquel momento, ya estaba bien, una colleja, hasta ahí podíamos llegar, había despedido.

-Pero Sánchez…

-¿Cómo se atreve a llamarme así?, para usted Señor Sánchez-Damasco de Pontedeume y Guajuato. Váyase, puede pasar  mañana a cobrar el finiquito.

-¿Por aquí?

-No, por aquí no, este despacho también está despedido, como usted, apesta, como su aliento putrefacto. Mañana vendrán a llevarse los muebles, pasado llamaré a un arquitecto y lo convertiré en un apartamento de alquiler. Pásese por mi casa, le recuerdo, por si la ha olvidado, la dirección: el número 63 de la calle de Serrano.

García se abrazó a su empleado y empleador.

– Espero que se acuerde de mí, de los largos años de servicio cuando necesite un actor para alguna de sus películas.

Ambos acabaron tomando cañas y llorando. En el fondo ninguno servía para ese invento llamado economía de libre mercado.

(Artilato, aunque más relato que artículo, dictado por Javier Puebla, y mecanografiado por Ángel Arteaga Balaguer).

 

 

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