Precisamente hace unos pocos días terminé de leer los Diarios de a bordo de Cristóbal Colón, documento de un valor incalculable cuyo original se perdió en algún lugar del tiempo pero que llega a nuestras librerías gracias a la transcripción de Bartolomé de las Casas.

Colón, un hombre casi medieval, demostró que la tierra no era plana, sino redonda – aunque luego la ciencia nos aclaró que, en realidad, nuestro planeta es más bien ovalado. De todos modos, no era la superficie plana que los expertos isabelinos describían al burlarse del marinero.
El fin de este capítulo es harto conocido por todos: empíricamente, Colón demostró algo.

El siglo que vamos inaugurando, mirándonos entre nosotros de una manera un poco extraña, nos presenta nuevas cuestiones. Además de los regionalismos, autonomismos, secesiones que al final no, surgen en diferentes lugares de Europa movimientos contra las vacunas: padres que, de tan responsables que son, no quieren que sus hijos reciban la vacuna que impedirá que esos mismos hijos se contagien determinadas enfermedades.
Líderes políticos, medios de comunicación, tuiteros profesionales y otras figuras despreciables disparan vagones llenos de mentiras que conjugan sin esfuerzo con un público repetidor, que no se molesta en verificar si eso es así, si realmente aquello es de aquella manera, porque el público repetidor tiene terror de que le crezca un criterio, por más chiquitito que sea, y entonces deba pensar por sí mismo. Hasta que eso pase, si es que pasa, el público repetidor podrá agitar en tertulias, físicas o cibernéticas, donde elegirá un bando y se acomodará a replicar, a repetir lo que venga.

Hay algunos rincones, ínfimos, donde la ciencia aún no ha llegado. A la vez, hace cercanos cien años, la ciencia no había cubierto una buena parte de las áreas que explica ahora: el campo médico (exempli gratia no teníamos anestesia), científico (E=mc2), etcétera, por lo que nada me impide pensar que esas respuestas que la ciencia aún no nos dio, nos las dará en cien o doscientos o quinientos años.
Si en el año 1600 un creyente le preguntaba a un no creyente (pongamos que había no creyentes) cómo explicaba la Tierra, el no creyente no podía hablar del Big Bang. Ahora puede, y dentro de algunos años podrá agregar alguna otra cosa (aprovecho que me están leyendo para decir que la fábula del paraíso, de Eva y Adán y demás me resulta bastante menos convincente que cualquier otra cuento que se les hubiera podido ocurrir. Eva y Adán no son una explicación.)

Don Cristóbal: hay algunos a los que no nos hace falta creer que tenías razón, porque ante la evidencia yo no creo nada, la cosa es así. No puedo creer lo contrario luego de tus viajes, no puedo cerrarme en el verso (manera suave que tenemos en el Río de la Plata para decir mentira) cuando los aviones todos los días lo reconfirman, cuando los astronautas nos mandan sus siderales postales y nosotros, en nuestras pantallas, identificamos claramente la forma del planeta que, inclusive hoy, algunos contestan.

Yo creo en lo que en realidad no puedo demostrar.
Yo creo, calculo, imagino, supongo, hipotetizo, en algunos casos espero. Pero yo no creo que la Tierra sea redonda, no lo imagino, no lo supongo.

Don Cristóbal: yo no hipotetizo que una vacuna pueda evitar que una persona se contagie y que, quizás, una enfermedad vuelva a instalarse entre nosotros.

El problema de que haya un creciente número de personas que acepta la mitología a lo empírico, producto de la era de las llamadas fake news, es que la verdad valga lo mismo que la mentira.

Y la verdad no vale lo mismo que la mentira.

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Nicolás Fuster nació un martes en Buenos Aires. Se buscó en Argentina, el Reino Unido, Bélgica y Luxemburgo.
Estudió música y trabajó en una librería. Tiene una relación extramatrimonial con la Literatura y es un lector desordenado.
Actualmente estudia Relaciones Internacionales en Sapienza (Roma).

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