Mientras la alegría embarga los corazones de los amantes de la paz y la decepción es notoria entre los que no ven las cosas tan claras, el mundo recibe, a bombo y platillo, la noticia de un acuerdo global entre el ejecutivo de Colombia que lidera su presidente, Juan Manuel Santos, y la organización terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).  Es la décima vez que lo anuncian, qué horror. Si no fuera porque sobre la mesa de negociaciones han quedado más dudas que incertidumbres y porque confiar en las FARC es como confiar en la providencia divina -con el debido de los respetos a las alturas-, también estaríamos celebrando la dichosa rubrica de estos acuerdos y la llegada de la anhelada paz esperada por millones de colombianos desde hace medio siglo.

Pero, en primer lugar, las armas han dejado de sonar, pero siguen en manos de los mismos y hay serias dudas de que vayan a ser entregadas (todas) en los próximos meses a las autoridades. El desarme de todos los frentes de las FARC, una organización fragmentada, atomizada y con mucha autonomía por parte de sus bloques, es casi una demanda metafísica escasamente creíble excepto para los escribidores a sueldo del gobierno Santos. ¿Entregarán todas las armas? ¿Cesarán de repente todas las actividades criminales perpetradas durante años por este grupo considerado terrorista por la Unión Europea (UE) y los Estados Unidos?

Tampoco queda claro que va a pasar con el negocio del narcotráfico  y los beneficios obtenidos por el mismo durante años, seguramente  blanqueados en el exterior y en paraísos fiscales de imposible acceso. Las FARC son un cartel de la droga, quizá el más importante de toda América Latina, y nada induce a pensar que la firma del acuerdo vaya a significar el fin de esta actividad ilícita por parte de los terroristas.

¿TRIUNFARÁ LA IMPUNIDAD?

Sin embargo, hay algunas cosas que sí están claras en este acuerdo. Una de ellas es el precio del mal acuerdo alcanzado, es decir, que Colombia tendrá que aceptar la impunidad de este puñado de criminales a cambio de que dejen de matar por algún tiempo. ¿Merecerá la pena tan alto precio por un acuerdo cogido entre alfileres? Está muy claro, a estas alturas de la película, que los negociadores del acuerdo, urdidores en los últimos años de los más abyectos crímenes ocurridos en Colombia, nunca pagarán por sus delitos y que si han firmado con las autoridades legítimas es porque se aceptó el precio en el acuerdo.

Otro aspecto llamativo del acuerdo, si es que se puede llamarle de esta forma a una concesión casi sin límites a los terroristas, es la representación política otorgada a las FARC sin necesidad de pasar por las urnas, dándoles unos escaños en las instituciones que seguramente los votos de los colombianos nunca les hubieran otorgado. Parece una concesión hecha por la necesidad de las circunstancias, de quien es débil ante el que negocia y tiene que conseguir un acuerdo al coste que sea, más que un compromiso político ceñido a una resolución del conflicto colombiano de una forma justa, acorde al derecho colombiano e internacional y respetuoso con las más de ocho millones de víctimas de esta larga guerra.

Santos, al que apoya toda la oligarquía colombiana, la jauría mediática y el establecimiento, sabía que tenía todo a su favor a la hora de firmar lo que firmase con sus adversarios y que nadie le iba a discutir lo que hiciera. En una sociedad tan dócil, vendida al mejor postor, sin apenas disidencia al poder y postrada ante el becerro del oro, el poder elegido tenía las manos libres para venderse a las FARC, tal como ha ocurrido, y que incluso, por ignorancia sobre todo y también por sumisión ideológica, tuviera el apoyo de la comunidad internacional. Hasta Obama, las Naciones Unidas y Felipe González apoyan la opera bufa de los acuerdos de paz, ¡qué más se podía esperar! ¡Solo faltaba Maduro y también se sumó al esperpento!

EL FUTURO DE COLOMBIA

Está claro que las FARC tenían que cambiar de estrategia, dejar las armas y dar paso a la política, pero el caso de esta organización terrorista es mucho más complejo y arduo que otros grupos. Hablamos de un auténtico complejo del crimen, con ramificaciones en la industria de secuestros, el narcotráfico, el blanqueo de dinero y la extorsión sistemática a los empresarios y comerciantes; una  estructura política, militar y criminal al servicio de una causa y con miles de hombres a su servicio.

¿Cómo reconvertir a sus más de 10.000 hombres en los campos y en las ciudades en ciudadanos de una sociedad civilizada y democrática tras decenas de años de fechorías? Podemos entender la buena voluntad, incluso el optimismo, del actual ejecutivo, pero no su perversa candidez e ingenuidad al hacernos creer que a partir de ahora todo será de color de rosa y comenzó el nuevo amanecer para este país cansado de cuentos.

Las FARC, que saben de la debilidad y de la impopularidad de Santos, actúan como ganadores de esta guerra nunca aceptada por  un Estado que fue incapaz de ganarla, a pesar de los notable avances y de la exitosa labor llevada a cabo por el expresidente Alvaro Uribe. Santos, cuya gestión en todos los órdenes se caracteriza por su absoluto fracaso pese al maquillaje empleado para presentarnos todo lo contrario, necesitaba este acuerdo como anillo el dedo, pues no tiene nada que ofrecer al país y quería una verdadera puesta en escena de talla mundial con vistas a algún puesto en el futuro en alguna organización internacional siguiendo la estela de dos de los peores presidentes de la historia de Colombia: Cesar Gaviria y Ernesto Samper.

Para los que no se han enterado todavía, el acuerdo firmado recientemente es tan solo un armisticio, una suspensión de hostilidades entre dos partes en conflicto pero que no implica la paz definitiva y la entrega de las armas por parte de los terroristas. Incluso, a veces, la historia demuestra que un armisticio entre dos  enemigos irreconciliables puede dar lugar a una gran victoria por parte de uno de los firmantes y una derrota humillante para la otra parte. Así ocurrió con el armisticio firmado por Alemania en 1918, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, y en que finalmente los aliados impusieron sus condiciones y la gran potencia salió humillada, trasquilada y con grandes pérdidas territoriales. ¿Será ese el destino de Colombia tras haber firmado un acuerdo con un grupo terrorista que el escritor Fernando Vallejo define como una cuadrilla de hampones?

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