Escribir para los niños tiene tanta o más dificultad que hacerlo para los adultos. Solo hay que recordar las palabras de Julio Cortazar cuando le propusieron escribir un libro infantil: “Con mucho gusto lo haría, pero es demasiado difícil para mi, porque a los niños no se les puede engañar”. Y en efecto, los niños son unos lectores muy exigentes que rechazarán de inmediato una obra si no creen, entienden o les divierte la historia, los personajes, la trama o el lenguaje.

Por eso si estás pensando en escribir un libro infantil, y no quieres fracasar en el intento, deberías seguir las siguientes pautas de la literatura para niños. Atención:

Márcate los objetivos. Pregúntate qué pretendes conseguir con tu historia y cómo la quieres contar. Por ejemplo, deseas dar respuesta a las eternas preguntas de los niños (¿por qué a los gatos no les gusta el agua?, ¿siguen viviendo los personajes de la PlayStation dentro de la consola cuando la apagas?), o bien innovar las fábulas tradicionales (el Patito feo despierta con un beso a la Bella Durmiente, Blancanieves y los siete cabritillos), o escribir lo imposible como posible (el niño que hablaba del revés, la cama voladora)… ¿Y por qué no incorporándole a tu relato la poesía, las adivinanzas, los refranes o el absurdo?

Elige el género. Puedes escribir para todas las edades poesía, cuento, teatro y formas breves como fábulas y leyendas. Así que piensa en el género que mejor cumplirá con tus objetivos. La poesía supone conocer las retahílas, los juegos lingüísticos, las canciones y las nanas. En los cuentos todo es posible, aunque son valores seguros los elementos fantásticos con su toque de humor. Si te diriges a un público muy pequeño, tu cuento debe ser más breve y tener más ilustraciones. En cambio, la novela solo admite a lectores mayores de 10 años. La temática que más funciona aquí es la de la amistad, el amor primerizo, el suspense, las aventuras intrépidas o la ciencia-ficción.

Acércalo al lector. Ya has escogido el género que mejor se amolda a tu historia. Ahora debes aproximar esa historia al niño para que el niño lea esa historia. Dicho con otras palabras, tienes que escribir el libro que tus lectores quieren leer y no el impuesto por los padres o la escuela. Consejos: busca entretener y no sermonear (no enseñes ni moralices), sé más subversivo y divertido, sumérgete en el imaginario infantil y documéntate si tu historia tiene como protagonistas a los animales o discurre en un país exótico.

Elabora un esquema. Si no sabes por donde empezar a escribir tu cuento, prueba con este sistema. Elabora un esquema narrativo formado por cuatro puntos: los personajes (descríbelos a partir de sus acciones. Evita el retrato), la escena (cuenta la historia en movimiento: el niño se identifica con la acción), las descripciones (claras y concisas) y los diálogos (deben ser frecuentes y breves). Ahora organiza los hechos principales en función de su intensidad. Por ejemplo: Un personaje está preso y quiere escaparse / No puede hacerlo solo / Pide ayuda / Alguien lo ayuda / Tienen que superar una serie de obstáculos / Libertad. Los obstáculos son necesarios para mantener la tensión del cuento y la atención del niño.

Hazte entender. Usa un lenguaje que el niño entienda y se emocione. Sencillo, agradable, preciso, necesario y sugerente. Puedes recurrir a palabras raras o inventadas para describir objetos, sucesos extraordinarios o caracterizar a un personaje. También, a las figuras retóricas: metáforas, comparaciones, imágenes, greguerías (metáforas humorísticas, por ejemplo, “las pirámides son las jorobas del desierto”). Evita el lenguaje abstracto y la construcción compleja.

Para terminar, dos apuntes: primero, que la literatura infantil tiene los mismos retos que la del adulto (acción, buenos diálogos, personajes creíbles, trama interesante, magia…), con el inconveniente de que, al ser menor la atención del niño, tendrás que llegar antes al asunto. Y segundo, un buen cuento debe emocionar tanto al peque como a sus padres y, por supuesto, a ti como escritor. Si tú no eres el primero en sorprenderte de la historia que cuentas, difícilmente se sorprenderá tu lector.

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