Soy ciudadano de un lugar llamado mundo. Por tanto, tengo una cuenta corriente en un banco que expulsa a gente de sus casas, y especula con mi presente. Pago la luz a una empresa que corta el suministro a los más débiles mientras cobra comisiones de dudosa procedencia, mientras sus juntas directivas están plagadas de ex presidentes y ex ministros, demasiados “ex” para tanto vínculo. Estoy convencido que si tengo una idea o se me ilumina la bombilla, me la cobrarían. Visto ropa fabricada en países débiles por manos infantiles o agrietadas, muy bien hecha dicho sea de paso.

Reposto gasolina de empresas que explotan el medioambiente y revuelven precios en función de nuestras vacaciones.

Consumo alimentos cuyos animales fueron forzados a una vida hipervitaminada y que me miran con ojos de cordero degollado. Voto a algún partido político que tiene cacos y bailarines de impuestos entre sus filas.

Soy consciente de todo ello, pero éstas son las reglas, y éste es el mundo del cual soy ciudadano. Sucede la paradoja que aquellos que nos ayudan a cubrir nuestras necesidades básicas, secundarias, terciarias, redundantes, y prescindibles, son también los que cometen las mayores fechorías. Todo está organizado de tal manera que podemos ser delantero y aficionado, flor y máquina cortacésped, juez y parte. Cuando se descubrió que Volkswagen fabricaba cortinas de humo falseando sus emisiones contaminantes, yo conducía en su coche hacia el trabajo, por lo que hay una pequeña partícula contaminante de responsabilidad que me corresponde. Y cuando la responsabilidad se reparte tanto, resulta difícil solucionar el problema. Cuando mis tres hermanos y yo rompíamos algo, tocábamos a un cuarto de hostia cada uno; en cambio cuando me pillaron robando al quiosquero, pasé un mes sin salir de casa.

Parecemos algo responsables, pero nosotros llegamos a jugar cuando el partido ya estaba empezado, no sé si es culpa mía que nos metan un gol en el área pequeña, yo no elegí a la defensa, ni el sistema táctico. Siempre hemos vivido con las posibilidades que nos ofrecen nunca por encima de ellas.

Aunque si te quieres sentir culpable puedes hacerlo cuando desees, entre las enormes ventajas de este sistema, existe la barra libre de culpabilidad disponible las veinticuatro horas. Cuando no soportes el peso de la culpa sólo tendrás que comprarte algo, incluso si quieres el recopilatorio de Lola Flores, que también defraudó hacienda, todavía se encuentra disponible.

Las opciones parecen escasas, pero yo creo que se puede intentar abandonar este partido y organizar tu propio campeonato. Este sistema privatiza ganancias, socializa pérdidas y reparte responsabilidades. Tenemos derecho a exigir que cambien las reglas del juego: Slavoj Zizek propone la agresividad pasiva, empezar por no hacer lo que tenemos que hacer. Aunque si uno sale a empatar, lo más probable es que pierda el partido, lo mejor es ir por la victoria. Recuperar las utopías, hoy día es fácil, muy fácil, demasiado fácil despreciar lo que nos ilusiona. Paulo Freire nos invita a la indignación para salir de la inercia en que vivimos, por lo menos activar la voluntad de cambiar. Cambiar para conseguir nuestros sueños, nuestros sueños suelen ser sencillos, no cuestan más de tres mil euros. Y Javier Clemente propone esperar el mejor momento para contraatacar.

Mientras tanto siempre estará la cultura para asistirnos en nuestros momentos de desasosiego, sí lo reconozco me gusta la música de Michael Jackson, algún chiste de Bill Cosby, y echo de menos la cocaína en las letras de Sabina, casi más que él. Incluso confieso que disfruté mucho con el espectáculo de Farruquito, aunque no tanto como con la novela de Ana Rosa Quintana. Alguna vez he tirado los restos de una paella por la taza del wáter, y lo que es aún peor, alguna toallita húmeda. Soy un ciudadano de un lugar llamado mundo.

 

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