En los dimes y diretes del pueblo llano no hay recurso más apreciado que la rima. Una versificación, por chusca que sea, sirve a la vez de ayuda mnemotécnica y ornamento del mensaje. En lengua castellana, las perlas de sabiduría popular, las divisas heráldicas y toda suerte de chanzas más o menos ocurrentes se han expresado de preferencia en versos octosilábicos de rima aa: el pareado de arte menor, no por manido menos resultón. Es la forma más típica de los refranes (“Quien a buen árbol se arrima / buena sombra le cobija”), de las canciones infantiles (“Tengo una vaca lechera, / no es una vaca cualquiera”), de los eslóganes publicitarios de antaño (“Sidra champán El gaitero, / famosa en el mundo entero”) y de tantas otras consignas de la cultura popular. Era natural que también fuera adoptada por un medio tan vocacionalmente orientado a las masas como son los tebeos, que además en España fueron continuadores y herederos de la secular tradición de las aleluyas y los romances de ciego. Así, entre las clásicas historietas de la revista Pulgarcito tenemos a El repórter Tribulete, que en todas partes se mete o a Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte. Uno de los más asiduos explotadores del pareado es nuestro incombustible Francisco Ibáñez, cuyos personajes más famosos siempre tienen rima en impecables octosílabos: La familia Trapisonda, un grupito que es la monda; Mortadelo y Filemón, agencia de información; Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio; o Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo. Cuando autores considerados en principio más serios o elevados han querido hacer el gamberro, han recurrido sin complejos a los títulos rimados en este mismo formato: así, Lorca hace alusión al imaginario de las aleluyas en Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín (1933) y Almodóvar al de los tebeos en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980).

A principios de los años ochenta, ya plenamente consumado el proceso del destape, la industria cinematográfica patria se vio madura para producir películas aún más subidas de tono, apenas a un paso del porno puro y duro. Entre ellas nos encontramos con El fontanero, su mujer… y otras cosas de meter (Carlos Aured, 1981), un largometraje softcore cuyos productores aspiraban a facturar una fortuna conquistando al público masculino de clase obrera. Para ello, escogieron como personaje protagonista a un fontanero cazurro, ejemplar arquetípico de macho ibérico, cuyas hazañas sexuales no podían ilustrar mejor los sueños húmedos del lumpen nacional: entrar en las casas de la “gente bien” con la excusa de reparar el fregadero y, aprovechando la ausencia del señor, beneficiarse a la señora. Un patrón argumental en línea con el landismo y con los infames subproductos de Pajares y Esteso y de los Ozores. Pero lo que ahora nos interesa es el formato que escogieron para el título de esta epopeya erótico-proletaria: la clásica rima de las aleluyas. Puesto que, con la apertura, el porno aspiraba a convertirse en fenómeno de masas, los productores quisieron atraer al público valiéndose del lenguaje, desenfadado y familiar, que entendía la generación Mortadelo. En efecto, El fontanero, su mujer, etc. fue un éxito rotundo de taquilla. Puesto que la fórmula funcionaba, le siguieron más largometrajes softcore (la clasificación S de entonces) presentados en clave de pareado: Sueca bisexual necesita semental (1982) y No me toques el pito que me irrito (1983) son dos engendros de la época dirigidos por un tal Richard Vogue, seudónimo del hoy respetable realizador Ricard Reguant.

El cóctel de rima y porno adoptado por las producciones nacionales se contagió a la traducción de títulos de largometrajes extranjeros. Cierto es que la traducción de títulos de películas en su versión española no ha brillado nunca precisamente por su fidelidad al original; baste mencionar, casi a voleo, Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959), ¡Jo, qué noche! (After Hours, Martin Scorsese, 1985) o Teléfono rojo: volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Stanley Kubrick, 1964). Pero en las películas hardcore que se importaron a mediados de los ochenta para su distribución en el recién inaugurado circuito de salas X, los traductores hicieron de su tarea todo un arte de invención, trasladando títulos originales muy directos y funcionales a un registro lingüístico más propio de los tebeos de Ibáñez que de la industria del sexo.

Así, la producción francesa Couple cherche esclaves sexuels (literalmente “Pareja busca esclavos sexuales”, Patrick Aubin, 1978) se convirtió aquí, por arte de birlibirloque, en ¡Caray con el mayordomo! Qué largo tiene el maromo. La alemana Immer Wieder (“Una y otra vez”, Wolfgang Jarschke, 1980) se traduce como El indecente ladrón y su rabo juguetón. La estadounidense Anna Obsessed (“Anna obsesionada”, Martin & Martin, 1978) se transforma en La pornográfica Ana y su putísima hermana. Y sigo: Summer School Girls (“Chicas de la escuela de verano”, Godfrey Daniels, 1984) se estrena en España como Curso de verano con el pepino en la mano; L’Amour au pensionnat (“El amor en el internado”, John Oven, 1980) pasa a llamarse Jovencitas en celo aprenden inglés a pelo; Stiff Competition (“Rígida competición”, Paul G. Vatelli, 1984) apareció en nuestras salas X como Vamos a la carga con la cosa que se alarga.

Los aficionados a la poesía habréis observado que los últimos títulos, aun sin dejar de rimar en consonante, descuidan la métrica del verso. Un síntoma más de la decadencia en el uso del lenguaje de la que tanto se quejan los capitostes de la RAE. Así, a finales de los ochenta nos encontramos con pareados técnicamente tan poco conseguidos como los dos que siguen, correspondientes a sendos largometrajes de Louis Lewis: Brief Affair (“Breve aventura”) se convierte en Ensalada en el colegio femenino, que no falte pepino (redundando en la metáfora de la hortaliza), o la de Night Life (“Vida nocturna”), que tradujeron como Las noches desenfrenadas con las bragas quitadas.

La nostalgia de aquel porno casposo (o vintage, como se dice ahora) aflora en los títulos de algunas producciones nacionales más recientes: Cuando llega el sargento me pone el culo contento (2005) o En el parque madrileño se le pone como un leño. Y así, de ripio en ripio y como quien no quiere la cosa, se perpetúa el vínculo que une al porno más pedestre de hoy en día con el legado centenario de los pliegos de cordel y de las tradiciones orales de la recia meseta castellana.

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