No hay frase, o tópico, que menos me guste que eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero me temo que en este caso nos viene al pelo. Nuestro ciclismo está atravesando uno de sus peores momentos.

Uno echa de menos esas tardes de fin de semana, sobre todo,  en pleno mes de julio cuando millones de españoles se saltaban la siesta para seguir las andanzas de Perico, Indurain o el mismísimo Contador en el Tour de Francia.

Ahora no creo que lleguen a cientos de miles los que se sienten a ver la mejor carrera por etapas del mundo. Para qué. Tan solo trece españoles,  con una media de edad de treinta y tres años, en la línea de salida de la ronda francesa y el primer día ya nos quedamos en once, tras las desgraciadas caídas de Valverde e Izaguirre.

Por mucho que nos cueste decirlo apenas teníamos la lejana ilusión de que Contador o el mismo Valverde lograsen situarse en el cajón de los Campos Elíseos. Porque el ciclista de Pinto parece ya muy lejos del que ganó en Francia.

Los años no pasan en balde y tampoco ha encontrado el equipo ideal para apoyarle. Y eso, equipos, es lo que necesitaría nuestro ciclismo para reverdecer laureles. Pero los patrocinadores no aparecen por parte alguna, como tampoco lo hacen corredores, quizás Soler sea la excepción, que animen a las empresas a poner dinero.

Hubo un momento que éramos importantes en el panorama mundial. Pero esos tiempos han pasado y lo peor es que el futuro no se presenta muy halagüeño. El ciclismo español se hace viejo y la afición languidece ante la ausencia de perspectivas de triunfo.

 

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