Hace poco terminó mi contrato en la empresa en la que estaba trabajando. Una semana antes de eso, mis jefes me reunieron en una sala, antes de comenzar mi jornada. Me dijeron que estaba trabajando bien. Muy bien, recalcaron. Estaban contentos conmigo. Muy contentos, insistieron. Pero no te podemos renovar, afirmaron. Como puedes imaginar, en ese momento me cambió la cara. Asistí impertérrito a las razones que argumentaron para mi no renovación, deseando que aquello terminase cuanto antes. Me dieron las gracias por mi trabajo -eres un currante magnífico, repitieron-, me extendieron un papel para que lo firmara, y… firmé, les di a ellos las gracias, un apretón de manos, y me incorporé, por penúltima vez -sí, después de aquello aún me quedaba otro día- a mi puesto de trabajo.

En ese momento no lo hice, pero me entraron unas ganas tremendas de llorar. De llorar de rabia, de pena, de impotencia… Aguanté el tipo, y me puse a trabajar. Haciendo bien mi trabajo, igual que cualquier día de los seis meses que allí llevaba. Durante la tarde, varias veces las lágrimas quisieron asomarse a mis ojos. Lo impedí. Aguanté, de nuevo, el tipo. Hasta que me quedé solo, en mi coche, camino a casa. Entonces sí. Entonces me desahogué, lloré, berreé, me lamenté. Como un niño. Como un hombre. Sí, porque los hombres también lloran. También lloramos. Si te han dicho lo contrario, te han engañado.

Han pasado dos semanas, justo dos semanas, de aquello. Y hoy me he ido al monte a celebrarlo. ¡¿A celebraro?! Sí, a celebrarlo. A celebrar mis seis meses en la empresa, dando cada día mi cien por cien. A celebrar todo lo que aprendí allí. A celebrar las maravillosas personas, a nivel profesional pero sobre todo a nivel humano, que allí conocí. A celebrar ese camino tan bonito que durante seis meses tuve la oportunidad de recorrer. A celebrar la que ha sido la mejor experiencia laboral de toda mi vida. A celebrar que ahora soy más sabio, más humano, más humilde, más grande. A celebrar mi fracaso.

Aunque… mirándolo bien, no ha sido mi fracaso. Repito que allí lo he dado todo, y he aprendido mucho. Han reconocido mi labor. El motivo de mi no renovación no es achacable a mí. Sus razones tendrán. Si alguien, en este caso, ha fracasado, ha sido la empresa. Por prescindir de un profesional y de una persona como yo.

En cualquier caso, vale, llamémosle fracaso. ¿Por qué no celebrar los fracasos? Dos párrafos más arriba he enumerado algunas de las razones por las que es bueno celebrarlos. En realidad, cuando fracasas, o cuando las cosas no salen como tú querías, como tú esperabas, tienes dos opciones. Puedes quedarte ahí parado, lamentándote de tu mala suerte, o puedes… celebrarlo, coger fuerzas, aprender de la experiencia, y seguir adelante. ¿Cuántos genios han fracasado antes de llegar a ser quienes fueron?

Los profesores de Albert Einstein dudaban de sus capacidades académicas. Empezó a hablar a los cuatro años y a leer a los siete. Abandonó la escuela -hoy lo llaman fracaso escolar- a los quince. Más tarde se supo que era disléxico.

Charles Chaplin fue rechazado por estudios de cine y productores porque no entendían su forma de actuar.

Steve Jobs fue despedido por sus socios de la empresa que él mismo creó. Después, uno de sus proyectos, Next, se convirtió en un pozo sin fondo para sus inversores.

Stephen King se deshizo de su primera novela, Carrie, ante el rechazo, una y otra vez, de los editores. Fue su mujer la que la recuperó de la papelera.

Steven Spielberg fue rechazado hasta tres veces por la University of Southern California. Finalmente, prefirió dejar los estudios.

Walt Disney fue despedido del periódico en el que trabajaba, por falta de imaginación y de buenas ideas.

Son sólo algunos casos. ¿Necesitas más? Si buscas en Internet puedes encontrarlos. Numerosos escritores, pintores, músicos, nunca vieron triunfar sus obras en vida.

Son ejemplos de que a veces, antes de llegar al éxito, hay que fracasar, una o muchas veces. El problema está en cuando no sabemos extraer el aprendizaje de esos fracasos. Cuando, como decía más arriba, nos quedamos lamentando nuestra mala suerte, cuando nos convertimos en víctimas en lugar de en responsables de nuestras vidas. Decía Nietzsche que lo que no te mata te hace más fuerte. Pero eres tú el que decide si tus fracasos te hacen más fuerte, o te hunden en tu propia miseria. Eres tú quien decide si te resignas o si te levantas y luchas de nuevo. Las veces que haga falta. Hasta que salga bien. Cada vez que fracases, celébralo. Llora si quieres. Es bueno. Pero después, celébralo.

Por desgracia, nos han enseñado, en este mundo competitivo, a enfocarnos en el resultado. Si el resultado no es el esperado se considera que hemos fracasado, que lo hemos hecho mal, y sentimos el rechazo de los demás, de la sociedad. Esa actitud hace que nos olvidemos del proceso, del camino a recorrer. Puede que no logremos lo que queríamos obtener, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? ¿Qué has aprendido? ¿Qué te has llevado? ¿Qué te impide enfocarte en eso, en lugar de en el resultado? La diferencia entre los que triunfan y los que nunca lo hacen está ahí. En dónde pones el foco. ¿Lo pones en el resultado, o lo pones en el proceso?

Soy aficionado a la montaña, la cual es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo. Un día sales de casa, con la intención de coronar un pico de dos mil metros. O de tres mil. O de quinientos. Y resulta que cuando estás llegando… cae la niebla y no puedes alcanzar la cima. ¿Has fracasado? ¡¡¡No!!! Ese pico va a seguir ahí, nadie se lo va a llevar. Puedes volver las veces que quieras e intentarlo de nuevo. Esta vez no ha podido ser, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? Has podido disfrutar de la compañía de la gente que iba contigo, o de otros montañeros con los que te has cruzado; de la brisa que ha acariciado tu rostro; del sol que ha iluminado y dado calor a tus pasos; de las aves que, con sus cantos, han amenizado tu marcha; de la nieve, tan pura, tan blanca, tan fría; ¡de las mismas montañas, que nunca defraudan! Si eres montañero lo sabes: las montañas hablan. Hablan, y siempre dicen algo bueno. Siempre nos animan si hemos tenido una decepción, o refuerzan nuestra alegría si estamos celebrando algún éxito. Si no lo has probado, te animo a ello. Busca un buen guía, alguien que te acompañe -yo puedo hacerlo- y pruébalo. Descubre la sabiduría que las montañas te pueden ofrecer. ¡Eso sí es un antidepresivo, y no el Prozac!

Estoy alargando demasiado el artículo y no quiero aburrirte más. Quédate con esto: los fracasos son parte del aprendizaje de la vida. Si un fracaso te tumba, nunca aprenderás nada. Sigue intentándolo. Hazlo mal si es necesario, pero hazlo. Hasta que te salga bien. Si no lo haces por miedo a hacerlo mal, por miedo al qué dirán, por miedo al fracaso, nunca aprenderás. ¿Quizá estás pensando que para que te quieran, o para que te valoren, tienes que hacerlo bien? ¿Tienes que triunfar a la primera? ¡Olvida eso! Si por no hacerlo bien te  rechazan, el problema es de ellos, no es tuyo. Y si demuestras que no te importa, les darás una lección. Te acabarán admirando. Aprovecha tus oportunidades, porque quizá no vuelvas a tenerlas. Si no las aprovechas, si te rindes antes de tiempo, quizá un día te lamentes. Porque el tiempo pasa y no vuelve. Hazlo, inténtalo, fracasa. Una vez, dos, tres, ochocientas. Y celébralo. Así, hasta que salga. Por supuesto, cuando salga, ¡¡vuelve a celebrarlo!! Pero esto será motivo de otro artículo: la celebración de los éxitos. Hoy brindo contigo porque inicio una nueva etapa.

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2 Comentarios

  1. Lo importante es caminar, el camino en sí, no donde te lleva. Lo explica maravillosamente Kavafis en Ítaca. Magnífico tu artículo, Alejandro. Me ha gustado mucho.

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