“Cuando lean estas letras, querida Opinión Pública, yo ya estaré en una prisión. La decisión ha sido más fácil de lo que piensan, aunque no quiero afirmar con ello que fuera fácil. No es la primera opción que uno contempla cuando es desahuciado de su casa. Pero tras meses de espera, soñando con un guiño de la fortuna, me ha parecido la solución más razonable.

Mi pecado, quedarme sin trabajo, no creo que sea el único, pero sí el más determinante para quedarme en la calle. Culpa que me une a las decenas de miles de españoles que como yo, una vez perdida su fuente de ingreso, vieron derrumbarse poco a poco el mundo que con sudor, años y dedicación, habían construido.

Pero como les decía, no creo que fuera la única. He sido timorato en las decisiones y como costumbre social aprendida, he seguido a la mayoría. Eso explicaría la firma de la hipoteca, alocada decisión a tenor de los hechos. Por pensar, no ya que tenía derecho a una casa, sino a mantener, un poquito por encima de los mil euros, un sueldo digno y el derecho a un trabajo con el que sustentar a mi familia. Pero claro, ¡se me habían olvidado los derechos de los Bancos! Aunque lo que sí no entiendo, es cómo si ellos se arruinaron tanto como yo, porque el gobierno no les embargó y les hizo entregar sus numerosos pisos y propiedades, a cambio de la cuantiosa ayuda monetaria que ellos recibieron, y los cientos de miles de ciudadanos que como yo atraviesan dificultades, no. Si se trata de salvar el Sistema, ¿no sería lo más lógico empezar por la base social del simple ciudadano? O quizá es que no sea esa la intención, sino la excusa.

Nunca infringí una ley, y comprendo que la legalidad sea lo primero. Pero llega un momento en el que a uno, poco le importa ya nada. Me refiero a que tras el vaivén de peticiones de ayuda, ONG´s, comedores sociales, caritas, ayuntamiento, junta de distrito y asociaciones de vecinos; un día me vi literalmente viviendo en la calle. ¡Gracias doy a la providencia, de que mis hijos y mi mujer se pudieran albergar con su familia! Las discusiones venían de lejos, y yo no quise hacerme de más. Pero a pesar de los albergues para indigentes, uno no puede evitar verse tarde o temprano sin sitio.

Cuando te desahucian, no piensas que en un corto periodo puedas vivir momentos peores. Pero enfrentar la intemperie es el más duro trance, porque aniquila cualquier traza de autoestima que pensaras poseer. Luego la costumbre te difumina, y terminas aceptándolo.

Si algo debo agradecer a las autoridades, es su preocupación por ocultar y limpiar de la visión pública, los deshechos sociales. Las multas por rebuscar en la basura de los supermercados y los grandes almacenes, o las infracciones por dormir en la calle o mendigar; sólo despertaron mi indignación al recibirlas, y con ello un resto de humanidad y dignidad, que al parecer, me quedaba. Con ella comencé a pensar.

Cuando uno tiene más de cincuenta y vive en la calle, las esperanzas de volver a insertarse son casi nulas, y si además te hacen ilegal; al menos así lo afirman las doce multas que debería pagar. ¿Por qué no hacerlo real…? Al menos lo mínimo está garantizado a cuenta del Estado. No aliento a nadie. Sólo reconozco mis razones.

Además, últimamente, el perfil del recluso medio, se ha enriquecido bastante. Quién sabe si pasados los años de condena, una nueva amistad, nos permita en la vejez montar un negocito y… triunfar de una PUTA vez en la vida. Bueno, por soñar siempre hay tiempo. Eso sí, a cubierto, con cama, ropa y comida, y compañía, digamos que tan interesante, variada y peleona como para entretenerme los primeros meses. Y a la larga, me da incluso tiempo a prepararme otra carrera, como el Lute.

Muchos pensarán, con razón, que he sido un cobarde. Otros se escandalizarán de tan baja decisión. Yo sólo pude pensar en mí. Siempre me ha gustado la vida reglada, me tocó hacer la mili y me eduqué en una escuela franquista, tal vez todo tenga que ver. Pero la verdad es que ya no lo sé. Sólo sé que tomé la decisión, y que si ya están leyendo esto, es porque yo me encuentro en prisión.

Como sabrán, no maté a nadie. Nadie debe pagar la culpa ajena, bastante peso oprime la mía, como para repartirlo. Pero no me iba a pringar por una tontería, uno cuando planea esto no busca unos meses, sino la tranquilidad de unos años. Así que lamento el susto causado. El arma será real, pero descargada.

Reconozco que llevo días soñando, será porque hace una semana que entré en un albergue nocturno y el descanso ha sido más profundo. En el sueño yo ya estoy en prisión, pero por más que intentan, no hallan una celda libre para mí, la cárcel se llena y se llena de gente. Luego despierto. Sobresaltado, pero aliviado de saber que eso no pasará. Sería una revolución demoledora y original. Cada ciudadano excluido, forzando a la sociedad a encarcelarlo, hasta colapsar el país. Pero nunca ocurrirá.

Mi sitio está marcado allí. La prueba es ésta, la que ustedes leen.”

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual, RCM Fanzine, El Silencio es Miedo, también como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog. La escritura es, para él, una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda. Libros: El Nacimiento del amor y la Quemazón de su espejo: http://buff.ly/24e4tQJ (Luhu ED) EL CHAMÁN Y LOS MONSTRUOS PERFECTOS http://buff.ly/1BoMHtz (Amazon)

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