Querida Laura,

Me pregunto por qué razón después de tanto tiempo, a través de tu carta, me has confiado las inquietudes que te provocan la situación que atraviesa el país, y, más concretamente, las muestras de acoso que está sufriendo la escuela catalana. Se me ocurre atribuirlo al hecho que a lo largo de mi trayectoria como profesor aprendí a perder el miedo de exponerme ante mis alumnos, de ser yo mismo con una adecuada expansión, a menudo apasionada, de mis pensamientos, de las emociones, de ofreceros también una escucha atenta hacia vuestros sentimientos y opiniones. Y tú, que me pescaste ya maduro, habrías sacado algún provecho de los frutos de este arduo, lento y secreto trabajo personal mío. Creo que era así como nos íbamos entendiendo alumnos y profesor. Como si en cada clase nos encargásemos de renovar un pacto que no necesitaba ser legalmente sancionado con el fin de irnos aproximando cada vez más. Que nos predisponía a sentir, pensar y expresarnos liberados de servidumbres extrañas. ¡Y cómo disfrutaba aquel compañero de tu promoción que quería ser militar y, finalmente, se decantó por la física!…

En más de una ocasión, fruto del ambiente que dominaba en el aula, algunos alumnos me habían comentado que los docentes vivíamos muy bien, que disfrutábamos de muchas vacaciones. Eufemismos que trasladaban una opinión que muy probablemente había nacido y compartían en casa: que los profesores trabajábamos poco. Nunca pensé que se tratasen de expresiones de un ataque hacia mi profesión. Y aun menos consideraría, puestos a verlo de buena fe, que aquel loable ejercicio de sinceridad a través del cual me estaban diciendo educadamente que yo mismo formaba parte de una pandilla de vagos, fuese susceptible de ser entendido como un delito de odio. Por más que me empecinase en ampararme en el ejercicio de la autoridad que el profesor parece que tiene legalmente conferida. Hablábamos sobre ello y les comentaba que curiosamente no se acostumbran a aplicar los mismos parámetros que se utilizan para valorar el trabajo del profesorado cuando, al cabo de unos días de haber firmado cuatro papeles con textos en gran parte prefijados y haber celebrado el correspondiente acto protocolario en presencia del notario, pagamos la factura resignadamente. O cuando el dentista nos cobra un precio considerable por un trabajo que no dura ni media hora. Que no todos los trabajos se miden sólo con criterios cuantitativos. Y que esta valoración está condicionada por el prestigio social que tienen las profesiones en un lugar y en un momento determinados. Les hablaba de películas como La lengua de las mariposas, sin llegar a hacer, como dicen ahora, ningún spoiler, de su durísimo final. Toda cuestión social y ésta, por insignificante que pudiese parecer, era sometida a debate en un clima de respeto.

Me aventuro a pensar que si los juristas no se dan prisa en explicar qué significan exactamente términos como el odio con recursos pedagógicos orientados al sentido común, la vida de tantas horas que compartimos alumnos y profesores saldrá perjudicada en detrimento de un necesario y productivo clima de confianza. Y no precisamente por culpa de los alumnos. Algunos de los que he tenido, ante situaciones como las que se están produciendo últimamente, ya habrían alzado la voz para expresar que hasta aquí habríamos llegado. Con las manos alzadas, habrían gritado por plazas y calles que las aulas siempre serán suyas en defensa de la libertad de cátedra puesta también al servicio de su propia formación.

Cuando explicaba historia de la literatura, y cuando el tema lo requería, encontraba necesario reflexionar sobre los hechos del pasado poniéndolos en relación con la realidad social y política del presente. Poner sobre la mesa la dudas e inquietudes que los alumnos plantean siempre ha sido pedagógicamente rentable desde tiempos tan remotos como los de Platón. Ayuda a fomentar el sentido crítico de los alumnos como si se tratase de un organismo vivo al que hace falta alimentar para que no se muera de inanición. ¡Qué placer participar de ello! Hoy, querida Laura, si me dedicase a la docencia me vería forzado a practicar una cierta contención de estilo noucentista que no va conmigo, cuando ya tengo el carácter muy hecho. Y muy definido, eso que llaman estilo propio. Entre otras razones porque nunca he gastado aires de señorito. Una actitud, la de la contención, que a menudo me vi forzado a poner en práctica, con el riesgo que pudiese parecer impostada, en el ambiente escolar de mi adolescencia dominado por el espíritu franquista y también en el mundo cuartelero de la mili.

¿Cómo explicar la situación excepcional que vivió la literatura catalana durante los trescientos largos años que transcurren entre los siglos XVI a XVIII, sin hacer ninguna referencia al prestigio lentamente impuesto del castellano sobre el catalán como lengua de cultura? ¿Cómo tratar la literatura del siglo XIX sin explicar que la Renaixença cabe entenderla como una marca propia de la literatura catalana, como un programa de restablecimiento de la lengua y la literatura que transita a lo largo de casi cien años por movimientos estéticos homologados en las literaturas vecinas, que, por razones políticas y sociales, no se vieron obligadas a perder el tren de su normal evolución, como en el caso de la catalana? ¿Cómo comentar que cuando Àngel Guimerà hizo su discurso como presidente del Ateneu Barcelonès para abrir el curso académico en 1895, lo hacía por primera vez en catalán, y que los socios al salir de aquel acto acabaron atizándose en el centro de la plaza Catalunya de Barcelona? O ¿Cómo el mismo autor de Terra baixa (Tierra baja) ha pasado a la historia del Premio Nobel de literatura como el candidato que ha sido propuesto en más ocasiones –diecisiete en total- sin obtener el galardón? Ante constataciones como estas, que tarde o temprano acaban incorporándose a la Vikipedia, el alumnado inteligente no se está de preguntarse entre otras cuestiones como es que la literatura de un país sin estado que la ampare no pueda obtener el reconocimiento internacional que supone el Nobel. Preguntas inevitables y convenientes que el profesorado, a través de un ejercicio de responsabilidad, ha de mirar de responder como un acto de respeto hacia su alumnado. Abiertamente y con total libertad.

Pregunta a tus compañeros de trabajo con quienes convives en Madrid, que sin duda han sido tan bien formados como tú misma, Laura, qué saben de literatura catalana. Si han leído la obra de Salvador Espriu, ni que sea La pell de brau (La piel de toro) en la traducción de José Agustín Goytisolo. Y si recuerdan aquellos dos versos que dicen: “Diversos son los hombres y diversas las hablas,/ y han convenido muchos nombres a un solo amor”. ¿Cómo se explican que un modesto barbero salve el Tirant lo Blanc en el episodio de la quema de libros de El Quijote? Si conocen la apología de la obra de Joanot Martorell que escribió Mario Vargas Llosa, de quien deben saber más cosas que la circunstancia de haberse unido sentimentalmente a la bella Isabel Preysler, como les pasaba, víctimas de los medios, a mis pobres alumnos. Y en otro órden de cosas, si saben emitir alguna frase en gallego, euskera, bable o catalán, más allá de algunas fórmulas de salutación o de agradecimiento. Te animaría a preguntarles si la escuela a la que fueron les aproximó, con atención y afecto, que es como se deben tratar las cuestiones delicadas, a la diversidad que representan las hablas del Estado. Si les ofrecieron la oportunidad de sentir el orgullo de pertenecer a una realidad social y lingüística tan diversa. Si son conscientes que todas estas lenguas también forman parte de su patrimonio común. Y, consecuentemente, deberían sentirse obligados a respetarlas y exigir que sean preservadas con un cuidado sensible y efectivo. Si pueden entender que las decisiones que ha pretendido tomar el gobierno español en relación a la aplicación de más horas de castellano en las aulas catalanas se haya vivido como un puñetazo en el hígado del propio sistema educativo. Explícales, por favor, que son medidas que no se ajustan a la realidad de los institutos catalanes en los cuales existe una buena parte del profesorado que nunca ha utilizado el catalán para impartir sus clases. Ni nunca lo hará, en connivencia con los equipos directivos y la inspección educativa. Que la inmersión lingüística ha conseguido que el alumnado castellanohablante conozca el catalán, como el castellano si atendemos a los resultados, pero que estos mismos alumnos no utilizan el catalán en sus relaciones personales. Que, en definitiva, la aplicación de estas medidas, por inadecuadas, violentan a la sociedad catalana y podrían ser entendidas como parte de unas estrategias fundamentadas en el odio que últimamente se está manifestando hacia el hecho diferencial catalán. Al menos a la espera que se perfilen los contornos de la exacta significación de odio. Y si te ves con ánimo, porque les encuentres receptivos, intenta hacerles entender que una lengua es un elemento constitutivo del pueblo que la habla, y que ir en su contra es un crimen que atenta contra su propia libertad.

 

Un fuerte abrazo,

 

Joan

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