Querido Baltasar, acabo de cumplir tres años y no, este año, no he sido buena. O al menos, no todo lo buena que esta sociedad pretende que sea.

Mis actividades favoritas en la vida son gritar, saltar encima de cualquier superficie que rebote y pintar encima de todo lo blanco. Este año ya he empezado a ir al cole y lo que más me divierte es sacarle la lengua a mis nuevos amigos, especialmente a los que no me gustan. Luego pongo ojos pizpiretas y me río, me río a carcajadas. Y cuando no consigo controlar mis emociones les empujo, pero enseguida llega un adulto tedioso a decirme que “eso es de niños malos”, cuando yo lo único que pretendía era pasármelo pipa.

Tampoco me gusta compartir mis juguetes. No por nada, sino porque son míos. Y cuando después de una hora desafiando al tiempo en el parque llega papá y dice que tenemos que ir a casa, le monto una rabieta de esas de puro frenesí, con la que no hay manera de calmarme. Y mi enfado es directamente proporcional al número de miradas descaradas que recibo por parte de las mamás de otros niños a los que les va a sentar igual de mal tener que volver a casa.

Otra de mis pasiones de niña mala es comer con las manos. Pero, ¿por qué debería utilizar esos utensilios raros, con lo fácil que me manejo yo con los dedos?. Ya me habría gustado verte a tí, Baltasar, a mi edad comerte los espagueti con un tenedor. Además, papá me ha explicado que en la India comen con las manos, niños y adultos, así que no veo por qué en mi país debería complicarme yo la vida a mi edad. Tampoco consigo estar sentada quieta más de 5 minutos, porque mi cuerpo me pide vida y movimiento. Tengo demasiada energía como para quedarme sentada delante de un plato de comida, cuando puedo darle diecisiete vueltas a la mesa agarrada a cuatro macarrones con tomate en la mano. Cuando he acabado me limpio los dedos en la camiseta y se acabó. Pero algo debo de haber hecho mal, porque mi madre sube los ojos al cielo y resopla.

Otra de las cosas que a mi mamá no le gustan, y no lo acabo de entender, es cuando la llamo para enseñarle mis obras de arte hechas con pincel, o rotulador, o lápices de colores. Son grandes y con todo lujo de detalles, y la pared del salón me ofrece un espacio sin límites para la creatividad. Y lo podrás entender o no, Baltasar, pero te confirmo desde ya que toda mi imaginación no cabe en un folio A4. Intenta pintar tú un camello ahí dentro a ver si entra. Y dime tú, ¿en qué se diferencia una pared blanca y lisa de un papel? Eh, ¿en qué?

También me apasiona gritar, gritar muy fuerte, hasta que me oigan en la luna, que para mi madre es un referente para todo. Para comprobar hasta donde la quiero, para ver lo grande que me voy a hacer, para ver hasta dónde puedo saltar… Me encanta gritar cuando estoy muy feliz, cuando estoy muy enfadada, cuando es mi cumpleaños, cuando papá me da un beso. Grito al levantarme, al acostarme, en la calle, en el campo, dentro de los restaurantes, en mi cama, al salir del cole, en casa de los desconocidos, y en las colas de cualquier lugar en el que la espera se haga eterna. Y si tengo que elegir una palabra para gritar, esa palabra es “caca”. Mi favorita. Pero por lo visto, gritar también es de niños malos.

Toda una contradicción. Desde que llegué al mundo no hacen sino insistir en que ande, que me ponga de pie, que hable, que diga palabras, que actúe, y de repente llega un día en que debemos quedarnos quietos y no decir ni mú. Incluso nos pueden prohibir la entrada a hoteles, restaurantes y vagones de tren. Quizá haya adultos que nos tienen alergia. O asco.

Tampoco me gusta besar a los desconocidos, pasarme el día dando besos a señores y señoras mayores que pinchan y tienen la piel seca y cuarteada. Cuando veo que se acercan, doy un paso atrás, y luego otro, y otro, y otro, hasta esconderme detrás de las rodillas de papá. Allí detrás seguro que no se atreven a besarme. Y por eso, me llaman desobediente. Precisamente, el otro día me escondí para escuchar a papá y a mamá. Papá hablaba de la desobediencia civil, y aseguraba que lo correcto cuando no estamos de acuerdo con algo era desobedecer. Decía que si todos desobedeciéramos, el mundo luciría mucho más; que los que realmente triunfan en la vida son los desobedientes. Y a mí me pareció una idea brillante. Luego mamá explicaba que la sumisión es la lacra de esta sociedad. Que un hombre sumiso es un hombre sometido, subyugado, incapaz de decir no, y por lo tanto, muy fácil de manejar. Y a mí, la idea de crecer a modo de marioneta no me acaba de convencer. A mis tres años, me fascina poder defenderme, gritar NO muy fuerte y poner límite a las situaciones que me parecen injustas.

Una última cosa, a pesar de las habladurías, yo sé que mala no soy, porque afortunadamente la maldad no se desarrolla en el feto, ni se apodera de nosotros al salir del vientre. Son los mayores los que nos convierten en malos por un extraño efecto Pigmalión, que hace que al final acabemos creyéndonoslo.

Imagino que después de leer mi carta, se te habrán acabado las muñecas escuálidas vestidas de rosa púrpura, pero no te preocupes, porque me lo voy a pasar mucho mejor con tres sacos de carbón. Lo que sí que te pediría es que vayas dejándoles a los mayores un libro de consejos sobre la paciencia y un diccionario de la lengua española, para que aprendan a conocernos a través de las palabras. Así, cuando vayan a reducirlo todo a “niño malo”, descubrirán que lo que realmente querían decir era revoltoso, inocente, enredador, inquieto, vivaracho, audaz, juguetón, diablillo, pícaro, rebelde, pillo, inteligente, travieso, despierto, perspicaz o subversivo, entre otras muchas cualidades, y ninguna mala.

 

Feliz 2017

 

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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