Melancolía

En la cuna, un niño ojeroso, triste, amodorrado y tez nívea, dormita febril entre una decena de muñecos y un móvil de cuna que mueve, en un carrusel, unas graciosas abejas de tela. Una casi inaudible melodía del “Duérmete niño” cuyas notas difunde el grupo central del carrusel, tampoco llama la atención del mocoso.

La gran cuna, forrada con faldones de seda, todos de color rosa pálido, más propia de un bebé recién nacido que de un muchacho de cinco años, no desentona en una habitación cargada de juguetes infantiles. Amueblada con cientos de detalles caros, denotan que no es una casa humilde, sino un hogar con poderío económico. Del techo de la habitación pintado de un azul cielo, destellan unos leds cuya posición asemeja a un cielo estrellado de una noche de verano.

Una nodriza de pómulos sonrosados y grandes pechos permanece sin moverse junto a la cuna. Está preocupada. Hace un par de días que el niño rechaza la comida y que se pasa las horas adormilado, como embobado, en la cuna. Tiene unas décimas de fiebre, algo no preocupante si no fuera porque también hace ascos al bidón del agua o porque lleva en ese estado atolondrado más de dos meses.

Si fuera su hijo, le habría puesto todas sus vacunas y no se separaría de él ni un instante. Sin embargo, sus padres no tienen tiempo para él. Son personas muy ocupadas laboralmente que no dedican tiempo a los juegos, a los afectos paternos o a sentarse en la mesa a verle comer. Además creen que las vacunas son la puerta por la que entran las enfermedades y se han negado a que su hijo lleve al día el calendario de vacunación.

No escatiman gastos a la hora de que esté todo el tiempo acompañado de personal de servicio. Tiene dos nodrizas y una institutriz, además de una enfermera a su disposición. También tienen un cocinero especializado en comida vegetariana que prepara sus alimentos.

Sin embargo, el niño está triste y enfermizo. Sufrió mucho cuando hace unos días tuvo que separarse de la muchacha que le había cuidado mañana y tarde desde que su madre le trajo del hospital. Pero no hubo más remedio. Ahora dos personas de reputada experiencia cuidan de él. Una por la mañana y otra por la tarde. Por la noche, una enfermera vela por sus despertares nocturnos.

Como lleva un par de días más pachucho de lo habitual, cada vez que vienen del trabajo le traen un juguete. Un juguete que despierta el interés del muchacho mientras su padre o su madre permanecen con él, pero que deja de lado en cuanto abandonan la habitación, en un par de minutos, para dedicarle más tiempo a sus quehaceres.

Le han llevado al médico y le han hecho analítica. No le han encontrado nada raro. Las décimas de fiebre dice el pediatra que pueden deberse a un constipado o a un virus. Pero que no son preocupantes.

La antigua nodriza, hace tiempo que venía advirtiendo de la tristeza del niño. Ella que le había visto crecer, se había dado cuenta que cada vez que su padre o su madre entraban en la habitación del pequeño para decirle hola o para despedirse con un beso, se le iluminaban los ojos. En cuanto abandonaban la habitación, la tristeza se apoderaba de él. Estrella, que así se llamaba la tata, había diagnosticado con mucho tino la enfermedad del niño: melancolía por falta de cariño. Por eso, fue despedida.

  


  

Caridad insolidaria 

Este fin de semana pasado, se ha realizado la quinta edición de la campaña de recogida de alimentos impulsada por el Banco de Alimentos. Todas las cadenas de televisión se han volcado en publicitar dicha campaña, instándonos a que fuéramos conscientes de la importancia que tiene esta acción para las personas sin recursos. Personas que, sin este tipo de ayudas, posiblemente no podrían comer. Aun no siendo muy partidario, he participado en alguna ocasión en la donación de alimentos a esta causa y participo habitualmente en la del banco de alimentos que la Asociación de Vecinos AFAO lleva en la zona de la Alameda de Osuna de Madrid.

Sin embargo, aun entendiendo las buenas intenciones, tanto de los que dedican su tiempo a la recogida y distribución entre los más necesitados de estos alimentos, como de los que, llegan al Centro Comercial y se encuentran con la campaña y acaban comprando un kilo de arroz o de garbanzos para donarlos, no me gustan este tipo de campañas. Y no me gustan porque la caridad está sustituyendo a la solidaridad. La caridad está sustituyendo al estado social. La caridad intenta compensar las carencias sociales de un gobierno casposo que sólo mira por sus ciudadanos ricos.

Caridad es darle unas monedas a quién pide en la calle, o meter un paquete de lentejas en una caja, y seguir tu camino sin más preocupaciones. Solidaridad es luchar para que las personas no tengan que pedir. Solidaridad es acompañar a quién va a ser desahuciado e intentar que no lo sea. Solidaridad es luchar porque desaparezcan los abusos patronales y los salarios de seiscientos euros.

Caridad es hacer campaña en los noticiarios de tu cadena para informar sobre la recogida puntual de alimentos. Solidaridad es dar voz a las reivindicaciones de los trabajadores y no ser la correa de transmisión de este hijoputismo liberal que ha llevado a la situación de miseria a más de siete millones de conciudadanos. Solidaridad es hacerse eco de la ineptitud de un gobierno como el de la Comunidad de Madrid que ha aumentado las listas de Espera de Consultas Externas en 124.430 pacientes en un año (de 273.058 en octubre de 2016 a 385.488 en octubre del 17). Solidaridad es comunicar a la población que, a pesar de las derivaciones a la sanidad privada (con el consiguiente aumento del gasto) hay 81.741 personas en listas de espera para ser operadas y otras 118.552 pacientes que siguen esperando que les hagan la prueba diagnóstica que pueda salvarles la vida.

Caridad es contarnos el cuento feliz de quién, gracias a un reportaje televisivo, ha conseguido que cientos de personas donen lo suficiente para intentar curar a un enfermo en Estados Unidos. Solidaridad es luchar para que tu hospital de referencia no cierre camas, para que, como ocurre en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, hoy no hubiera 40 puestos de trabajo menos que hace 10 años o para que, se infrautilicen los recursos porque se ha privatizado la citación y se derivan los pacientes a clínicas privadas.

Caridad es donar tu ropa vieja a un vecino que lleva seis meses sin cobrar porque en la empresa hay un expediente de regulación. Solidaridad es luchar para que el gobierno no apruebe leyes que limitan los derechos laborales hasta su exterminación. Solidaridad es pagar tus impuestos y hacer que el gobierno no pueda regalar amnistías fiscales a quiénes, además de camuflar sus recursos en sociedades of-shore que radican en paraísos fiscales para no pagar impuestos, les hacen menos costoso económicamente blanquear su patrimonio.

A este sistema de hijoputismo desilustrado le interesa más la caridad que la solidaridad. La caridad produce pingües beneficios en los grandes centros de consumo que en días como el sábado y el domingo pasado, atraídos por la campaña del banco de alimentos, aumentan sus ventas considerablemente. Mientras, hacen trabajar a su personal sábados y domingos sin ningún tipo de contraprestación y en condiciones laborales, que como mínimo, dejan mucho que desear.

La caridad es inconsciente. No crea problemas de compromiso. No establece lazos. La solidaridad lleva su coste en tiempo y dedicación. Por eso es más fácil ser caritativo que solidario. Por eso en esta sociedad ególatra y deshumanizada hemos perdido la capacidad de lucha y de mejora y vemos como nuestros hijos se han convertido en la primera generación que vive peor que sus padres y también la primera que no tiene futuro.

 

Menos caridad y más solidaridad y compromiso.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre.
En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación.
Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración.
Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo.
Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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