Los valores que representa el feminismo son absolutamente contrarios a los modelos sociales sobre los que se sostienen los representantes de la dictadura del capital. Las grandes multinacionales, bancos, fondos de inversión, gestores de carteras, etc. manejan unos estándares que suponen la antítesis de los elementos fundamentales que centran la lucha y las reivindicaciones de la igualdad real y legal.

Para empezar, el feminismo tiene como base el respeto a los derechos humanos, algo que los representantes del capital y de los sectores de la población que son sostenidos por éstos, desde luego, no tienen en cuenta a la hora de plantear sus estrategias económicas. Lo vemos en proyectos que abocan a la muerte a comunidades de indígenas; en fábricas que sirven a multinacionales donde se explota a los trabajadores de países del tercer mundo o en vías de desarrollo para que las cuentas de explotación tengan un beneficio mayor; en operaciones especulativas que arruinan a los ciudadanos y las ciudadanas; en los movimientos de los mercados que no tienen en cuenta si provocarán hambrunas o millones de muertes.

El feminismo es, entre otras muchas cosas, la lucha por la igualdad legal y real. Precisamente, son las élites las que, en base a sus intereses, la priorización de la desigualdad. Lo estamos viendo con lo ocurrido en la última crisis global: los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Las brechas son rentables para el capital. No sólo las salariales sino las sociales también. Eliminar a las clases medias para transformar la sociedad del siglo XXI en la del XIX es un fin que sólo se puede conseguir a través de la exaltación de la desigualdad y eso es todo lo contrario a lo que defiende el feminismo.

Para alcanzar la igualdad real no sirven los planes basados en cifras sin ponderar. No puede haber cuotas de mujeres si los órganos de dirección están copados por hombres y los números se cuadran a través de la presencia de la mujer en los escalones más bajos. Todo ello deriva en la generación de un techo de cristal que, con los valores defendidos por el capital, se convierte en hormigón armado. Para las élites financieras es rentable el mantenimiento de la desigualdad, en general, y la de género en particular impidiendo el acceso de la mujer a espacios que están destinados a los hombres.

El capital no puede ser jamás feminista. Por eso sorprende que haya altos cargos de estas élites que se autodenominen feministas cuando, en realidad, representan absolutamente lo contrario. Nadie puede ser feminista si no hay escrúpulos en propiciar la desigualdad, en penalizar las políticas de conciliación, en despedir a mujeres embarazadas o con reducción de jornada, en desahuciar a familias enteras o en propiciar la pobreza crónica con la priorización de la rentabilidad a la vida de las personas. Por tanto, igual que la democracia es la antítesis del fascismo, el capital es lo opuesto al feminismo.

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