-Ya verás papá, te va a encantar esta película.

El hombre ve revolotear a alguien a su alrededor con simpatía e interés, no sabe exactamente quién es…, a veces sí  pero hoy no, y mañana, ¿quién podría asegurarlo?, tal vez.

El alguien se agacha, estira, sonríe… sonríe en general y también le sonríe a él. Es una sonrisa deliciosa, simpatiquísima y contagiosa: el hombre sentado en el confortable sillón de orejas sonríe a su vez. No piensa mucho en ello, pero se siente vivo y entiende que está en uno de esos momentos en los que se lo va a pasar bien.

También sonríen los personajes que desfilan, disfrutan, cantan y hasta bailan en el interior de la pantalla rectangular del televisor. El hombre sentado en el sillón de orejas se bebe la película, hechizado por el ritmo, los diálogos, las piernas interminables de Cyd Charisse.

¡Dios mío, qué mujer!

-Es guapa, ¿eh papa?

Asiente el hombre. Sí que lo es, por supuesto que lo es.

Y entonces sucede,  en realidad sucede todos los días, aunque el hijo tiene miedo, un miedo pequeño, de que algún día no llegue a suceder. Pero ahí está, otra vez: su padre feliz, sin edad, y también sin memoria desde hace muchos meses, años, ya. Moviendo la cabeza, siguiendo el ritmo, tarareando la música y hasta la letra de la canción, que le resulta infinitamente familiar, como si su hijo se la pusiera todos los días, pero que en verdad, nada recuerda, es nueva, completamente nueva hoy para él.

El hijo sonríe, se sienta sobre el brazo derecho del sillón de orejas y pasa su propio brazo sobre los hombros de su padre para comenzar a cantar junto a él:

I’m singing in the rain
Just singin’ in the rain
What a glorious feeling
I’m happy again…

Happy again… exactamente igual que la primera vez.

(Este artículo, también relato, artilato, está dedicado a los hijos de Antonio Mercero, pues hasta donde sé la historia que cuento es real, solo el punto de vista es responsabilidad del autor. Y también quiero dedicárselo a mi padre, qué hace poco se fue, y a mi hermano que en los últimos días del hospital le ponía canciones con el móvil para que él las tarareara. Y aún quiero añadir una mención especial a Lorenzo Rodríguez Garrido, Lorenzo el Joven, que fue el primero que me contó esta historia. Con todo mi afecto para todos los padres y todos los hijos del mundo.)

(Mecanografía:MDF)

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