Inicialmente, la música estaba considerada como un arte menor, sin la importancia que hoy día se le quiere dar, como el cine. No es hasta muy recientemente que se la ha considerado un arte independiente del teatro y la danza. Era sólo el vehículo para hacer “tragable” el mensaje; bueno, como lo son los spots publicitarios.

Tampoco se puede medir a la música, como a la pintura o la arquitectura por sus cambios de tendencias perfectamente encajonables, los diversos estilos conviven y se mezclan, posiblemente porque filosóficamente el arte de la lira lleva unos cientos de años de adelanto y a la vez retraso con la pintura, la arquitectura o la escultura.

Es en el Romanticismo (Siglo XIX) que por vez primera el compositor se ve a sí mismo como un artista independiente, que sirve sólo a su inspiración. En este sentido de independencia, como en otros, Beethoven fue el primer modelo de autor romántico, aunque sus procedimientos compositivos estén anclados en el clasicismo o puedan de hecho adscribirse a aquel periodo. Nada que ver con un Vivaldi atosigado por tener algo escrito para el domingo y así poder dar de comer durante una semana más a los huérfanos ejecutantes del hospicio donde trabajaba.

Por primera vez, la música se populariza, gracias a la existencia de una gran masa burguesa que la saca de su tradicional ámbito aristocrático o religioso a base de pagar más de lo que pagaban los ahora empobrecidos aristócratas y los pobres de siempre, del oficio del domingo en la catedral.

Los autores se amoldaron a esa nueva situación -como ahora se amoldan a poner su música en los programas de las madrugadas televisivas-. y la ópera llegó a ser uno de los pilares del “divertimento burgués” donde, además, se combinaban voyeurismo, lujo y negocios mientras se disfrutaba del espectáculo del último fichaje de turno en las lonjas y palcos

Nace también en ese momento un concepto que en el siglo XX se haría tremendamente popular, el aficionado, “el ser fan de”.

Justamente, es a partir de ese momento, en el que, con más descaro y cara dura, acuden los compositores a la música popular, a lo que se cantaba en tabernas y esquinas, para conquistar los escenarios y exigir reconocimiento personal. Todo sea por la fama y el dinero. Esa situación aún pervive hoy, Centenares de autores, cobran derechos por “inspiraciones” y “arreglos” de canciones populares o clásicas, como si fueran obras paridas propias. Nadie ha devuelto a tan legítimo autor popular un Euro por ello, todo lo contrario. Consolémonos, el mismo canibalismo pasa con los propios compañeros de profesión. Pero ahora los grandes caníbales se llaman Universal, Sony, EMI o Warner y sus lacayos, SGAE, EGEDA, AISGE, AIE, o VEGAP.

La diferencia es que ahora llega desde los periódicos el famoso “CANON DEL LINK”. Y éstos imponen su Ley de propiedad Intelectual…. sin importarles, de nuevo, tan siquiera que mercadean con obras que no son efectivamente suyas. Maldita obsesión de poner peajes en cuanto te descuidas. (nota del autor).

Paradigmático caso es el de la burguesa Barcelona que llegó a tener hasta siete teatros de Opera. Ciudad con una ancestral división de los aficionados entre los wagnerianos (germanófilos) y los “italianos” defensores a ultranza de Verdi, Puccini y sobre todo Rossini (el que se hacía rellenar los macarrones de foie y trufa) siguiendo viejas tradiciones italianas.

En honor a este autor, el maestro (y fan) cocinero barcelonés Domènech creó los legendarios “canelones Rossini”. En su relleno encontramos hígados de pollo o gallina, tocino, lomo de cerdo, sesos de cordero o de ternera, cien gramos de queso rallado, salsa de tomate, algo de trufa, miga de pan, vino de Jerez y yemas de huevo. Los canelones no son pues un invento italiano, tienen más barretina que Jacint Verdaguer.

De ahí, de esta receta madre, nacen, desde los extraordinarios canelones de Navidad hasta las imitaciones que podemos encontrar en la sección de congelados del super.

Así les cuento la historia, como nos la describe el extinto compañero abogado, catalán y mejor gastrónomo Néstor Luján, en “Pequeña historia de los canelones”, del libro “100 recetas de canelones”, editado por Flo.

Reclamo pues, canon e indemnizaciones inmediatas para los herederos industriales de tan exquisito maestro cocinero, y que piolines uniformados y magistrados togados revuelvan entre las cestas de la compra de las amas de casa de todo el país, para detectar quienes infringen la propiedad intelectual del autor Domènech; pero en segundo lugar, se cierren asimismo cualquier página web que haga apología de tan execrable producto por su falta de patriotismo, como si un vulgar Casado lo pidiera por el terrorismo de usar un producto eminentemente nacionalista catalán con forma de cañón para que los españoles de bien no se sientan amenazados.

Estoy seguro que PP y C’s acordarán en sede parlamentaria, al igual que la “ensaladilla rusa” se llamaba en los cuarteles donde hacíamos la mili “ensaladilla nacional”, ambos promoverán un cambio para desnacionalizar tan independentista receta; eso sí, salvando las perrillas del negocio autoral.

Por cierto, Wagnerianos y Rossinianos se acusaron repetidamente durante el siglo XIX y parte del XX de incendiar los teatros de la competencia… hasta que sólo quedó el “subvencionado por todos” Liceo.

¿Aprenderemos de la historia?

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