Las rotundas y contundentes victorias de Hillary Clinton, en el bando demócrata, y de Donal Trump, en el republicano, en las emblemáticas primarias celebradas en Nueva York dejan claro que el pulso político hacia la Casa Blanca queda en manos de estos dos candidatos. Clinton ya se acerca a casi la mitad de los delegados que necesita para ser nominada a la presidencia y saca casi ochocientos delegados a su más inmediato competidor, el senador Bernie Sanders. Clinton está ya muy cerca de los 2383 delegados necesarios para la definitiva “coronación”. Mientras que Trump, como el mismo ha dicho tras conocer su victoria, se considera ya casi designado como candidato presidencial porque Ted Cruz está “matemáticamente fuera de la carrera”.

Pese a todo, si Trump no resultase con los 1236 que necesita para ser elegido podría llegarse a una convención abierta en la que el peso de las maquinarías, los candidatos minoritarios y los asesores de todos los aspirantes pueden tener un peso determinante para designar un candidato que no necesariamente tiene que ser el que más delegados tiene. El Establecimiento norteamericano, los más importantes barones republicanos y numerosos medios de comunicación son los más destacados enemigos de Trump, al que consideran un peligro y un candidato que llevara a una segura derrota al bando conservador.

Existe el temor en el bando republicano a que Hillary Clinton, una candidata con buenos anclajes entre los jóvenes, los latinos, la clase media y los afronorteamericanos, por no hablar de los sectores urbanos más formados, propicie un serio castigo electoral al candidato más radical y extremista de los republicanos en los últimos treinta años.

Ni siquiera Ronald Reagan exhibió en sus campañas un discurso tan racista, extremista, poco dado a la búsqueda de consensos e insultante hacia sus adversarios, sino que supo concitar una suerte de gran coalición que en las elecciones de 1984 arrebató incluso a los demócratas numerosos de sus electores en casi todo el país. Reagan, en esas elecciones, obtuvo 525 delegados presidencials y casi 55 millones de votos frente a los exiguos 13 delegados y 34 millones de su contrincante demócrata, Walter Mondale. Un escenario así podría repetirse ahora, de confirmarse la candidatura de Trump, pero invirtiéndose el color ideológico de los candidatos.

EL FANTASMA DE ROSS PEROT GRAVITA

Este temor en el bando republicano ha llevado a algunos analistas políticos y gente bien informada de lo que ocurre en el interior del bando republicano, que es un hervidero de malestar y preocupación a tenor de lo que está ocurriendo, a que se adelante la posibilidad de una alternativa a Trump. Si eso ocurriera, es decir, si saliera un candidato a Trump distinto en esa convención, podría consumarse la ruptura del Partido Republicano y la posibilidad de que el candidato destronado se aventurase a lanzarse como candidato independiente.

Ese escenario ya se vivió en la campaña electoral norteamericana de 1992, en que el presidente republicano George W.Bush perdió frente al demócrata Bill Clinton por goleada tras la irrupción en escena del candidato independiente y conservador Ross Perot, que se llevó casi el 19% de los electores y la friolera de veinte millones de votos emitidos. ¿Se podría repetir la misma historia con Trump para así dividirse el voto republicano entre dos candidatos derechistas? No olvidemos que la alternativa a Trump es Cruz, un candidato ultrarreligioso de ideas ultramontanas y conservadoras muy cercanas a las de la francesa Le Pen.

CLINTON, CANDIDATA DE LA DERECHA DEMÓCRATA

Hilary Clinton, la candidata de la derecha demócrata, se vería claramente beneficiada si Trump fuera finalmente el designado en la convención republicana. Las elecciones se ganan por el centro en todos los países y la marea radical toca un techo desde donde no se puede ya subir más y conseguir más votos. Las últimas elecciones en Francia, en las que el Frente Nacional arrasó en numerosas regiones, mostró a las claras que la extrema derecha se mostraba incapaz de superar el 40% en casi todo el país; ganaban en la primera vuelta para, a renglón seguido, ser superados  en la segunda por la tácita alianza que iba desde la extrema izquierda hasta el centro y una buena parte de la derecha. El carácter “anti” de estos movimientos, incluyendo aquí a Trump, tiene la capacidad de movilizar por la vía electoral  a numerosos sectores que por lo general aparecen como apáticos en otras citas donde no se movilizan ni toman partido hasta cuando un elemento radical aparece en escena.

Hillary tiene muchas posibilidades de arrasar y conseguir un resultado récord para los demócratas, coronando así un ciclo histórico de doce años en la Casa Blanca para su partido y generando, con toda seguridad, una grave crisis en el bando republicano, que no encuentra su punto de mesura y arraigo en una sociedad cada vez más escéptica ante una alternativa que no ofrece respuestas creíbles a los innumerables retos y desafíos que tienen ante sí los Estados Unidos. No solo del populismo del Tea Party vive el hombre.

Y es que Trump, es cierto, ha barrido entre un electorado claramente identificado con los republicanos, muy conservador y que representa el segmento más derechista de la sociedad norteamericana, pero, sin embargo, el país es mucho más plural, diverso y liberal que esa franja del electorado. Una reciente encuesta del Washington Post y ABC News puso de relieve lo difícil que sería para Donald Trump ganar una elección general, en caso que pudiera asegurarse la candidatura republicana en Cleveland. Mientras que sólo 3 de cada 10 estadounidenses tienen buenas referencias sobre Trump, el 67 por ciento tiene una opinión desfavorable. Y el 53 por ciento del país ve a Trump bajo una óptica “muy desfavorable”.

Este escenario, que revela a las claras la imposibilidad de Trump de ganar más votos hacia los “caladeros” del centro y la izquierda, favorece claramente a Clinton, que podría aunar al electorado que va desde la extrema izquierda que apoya a Sanders hasta los republicanos moderados de derecha que recelan de Trump, y darle una apabullante victoria el próximo noviembre. Por ahora, sin embargo, las espadas siguen en alto.

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