Foto de Agustín Millán.

En los últimos años, algo ha cambiado en el sindicalismo español. Hay una idea bastante extendida de que la lucha por los derechos de los trabajadores vive sus horas más bajas. Y si atendemos al proceso generalizado de destrucción de derechos conquistados y devaluación de la calidad del empleo, parece razonable culpar a las agrupaciones sindicales de no haber sabido ser fuente de resistencia real, parte significativa (e influyente) del conflicto. Este relato se ha generalizado y ha calado en muchas personas, macerado por la aplastante realidad: millones de personas sufren la precarización, hasta límites inimaginables en los años en que “vivíamos por encima de nuestras posibilidades”.

Me niego a aceptar tal cual esta versión, que tendrá su parte de cierta, y me molesta más si cabe que ciertos sectores de la izquierda acepten conclusiones simplistas sin entrar en un análisis crítico y objetivo de lo que ha pasado. Igual que con la nueva política, el sindicalismo ya es casta. O caspa. Del viejo régimen. Yo, que tengo clara la necesidad del papel de los sindicatos de clase -siendo evidente que su actuación en las últimas dos décadas merece una lectura muy crítica-, defiendo su necesidad en el panorama actual. Es más, son actores fundamentales para que volvamos a avanzar en democracia.

¿Cuáles son los verdaderos problemas que sufre nuestro sistema sindical? Y por ende, ¿cómo pueden volver a estar los sindicatos en disposición de ofrecer soluciones que resuelvan los problemas de las mayorías sociales trabajadoras? La huelga no parece haber sido un instrumento de presión suficiente contra los gobiernos de Mariano Rajoy. Han desaparecido las grandes movilizaciones, trasladadas estos años atrás a las mareas ciudadanas sectoriales, que tuvieron mucho más impacto que las propias acciones sindicales.

No estoy en disposición de responder a estas cuestiones. Sí pido tanto a la izquierda como a los sindicatos que reformulen una agenda compatible que pueda volver a presumir de logros dignos, de mejorar las condiciones de vida y trabajo. No podemos permitirnos que las clases trabajadoras sigan maniatadas, empobrecidas y muy mal organizadas. Lo peor y más importante, es que el conjunto de las personas que viven de su trabajo se está resignando al precariado. No digamos quienes llevan años sin encontrar un empleo. Hay desesperación y desconfianza en que la representación sindical pueda hacer nada por mejorar la situación. Esto no podemos permitírnoslo ni desde la izquierda (nueva, vieja, la que sea), ni desde el sindicalismo.

Hace no mucho dejé el mundo sindical. Quería dormir bien por las noches y poder seguir mirándome con respeto al espejo cuando me levantaba por las mañanas. Me eligieron para representar a mis compañeras en los grandes almacenes donde entonces trabajaba. No porque fuera la más reivindicativa, sino porque era la más simpática. Era importante para ganar el voto y, por tanto, para ganar las elecciones. Lo primordial era ser mayoría en el comité de empresa. Ese leitmotiv orientaba el 90% de los esfuerzos: ganar procesos electorales para aumentar la financiación y el poder del sindicato. Además, si eras un sindicato conciliador y no confrontabas demasiado con la empresa, ella te ayudaba al objetivo de crecer en representación. Fallaba algo en la ecuación, “el factor mejora” de los derechos de los trabajadores, la razón de ser de una formación sindical.

Dejando para otras mentes preclaras cómo fortalecer la movilización y la efectividad del diálogo social, sí plantearé aquí el dilema de la representatividad. ¿Cómo representar en grandes reuniones los derechos de un colectivo del que hace 30 años que no formas parte? En mi sector se llegaban a dar situaciones surrealistas en cuestiones tan básicas como el uniforme de trabajo, eligiendo ropa que no facilitaba en absoluto la comodidad del trabajador en el desempeño de sus labores dentro de la empresa. Alguien alejado de la cotidianeidad de las tareas tomaba aquellas decisiones. Aprendí así que hay personas que hacen de su labor de representantes sindicales una carrera profesional, algo demasiado habitual y tremendamente contraproducente.

El sindicalismo solo debe entenderse como el espacio colectivo donde resolver los problemas de los trabajadores, no un lugar para medrar y aspirar a permanecer “ad infinitum”. El sindicalismo no puede ser un propósito de vida personal si no mejora la vida de aquellas personas a las que se representa. Para mi, este es uno de los problemas clave, la desvirtuación del objetivo, algo que solo puede evitarse con el control de los tiempos y el balance de resultados.

Otro gran punto de inflexión está en la financiación. Si el premio se traduce en aumentar el número de delegados mediante los procesos electorales, es lógico que la mayor parte de los esfuerzos se dediquen a esto y queden en un segundo plano la resolución de pequeños y grandes conflictos que se plantean en los centros de trabajo. La financiación determina los objetivos de los actores y las reglas del juego. Pensemos que la financiación se pudiese obtener a través de cada conflicto resuelto a favor de las y los trabajadores, cada mejora realizada, cada derecho alcanzado, por cada trabajador satisfecho con sus condiciones laborales. Hay que darle una vuelta al sistema vigente.

Si se modifican ciertas variables, es posible volver a cosechar buenos resultados. Es absolutamente necesaria una profunda revisión de los fallos que manifiesta nuestro sistema sindical y una urgente corrección de los mismos. Es más importante que nunca un movimiento sindical fuerte, solvente, capaz de aglutinar a todas las fuerzas del trabajo. Porque si la política es necesaria, la acción sindical es fundamental, complementaria si lo que buscamos es devolver a nuestra sociedad el bienestar perdido en las últimas décadas e ir más allá en la consecución de derechos sociales y laborales.

O hacemos algo, o le dejamos a la derecha que siga empobreciéndonos y despojándonos de derechos y libertades.

 

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Nací en 1988, el año de la primera Gran Huelga General que paralizó España, y eso marca. Me gradué en Ciencias Políticas y de la Administración Pública y cursé un Máster en Comunicación Política mientras transitaba la precariedad laboral, que me resisto a abandonar. Lucho contra ella y contra otras injusticias porque mis padres me educaron en la sensibilidad social. Sindicalista y militante en Izquierda Abierta, vivo enamorada de la vida, aunque a veces duela.

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