La Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid ha activado la Alerta de Alto Riesgo o Nivel 2 ante una nueva ola de calor …

 

Ricardo escucha las noticias en una de las pantallas de televisión que amueblan el suburbano madrileño. Sonríe irónicamente ante el calificativo de “nueva”, para él es la misma que desde el mes de junio forma parte de su piel.

Olas. Con eso sí sueña, con volver a ese mar Cantábrico cuyas aguas le vieron crecer como profesional del surf.

Ricardo suspira y vuelve a la tierra. El tren hace su entrada mientras sus compañeros de anden caminan hacia los vagones por fototexia, como polillas a la luz. Él hace lo mismo.

Dentro, el habitáculo está semivacío, incluso puede elegir donde sentarse, un privilegio sólo posible a las siete y media de la mañana del octavo mes. Mira a su alrededor y observa. La mayoría dormita y los que permanecen despiertos, fijan sus ojos enrojecidos en los móviles, ansiosos por pasar la pantalla del Candy Crush que la noche anterior el sueño no les permitió superar.

Ricardo piensa en su velada nocturna junto a la rubia y vuelve a sonreír. Su paladar no es capaz de reproducir el sabor de su cuerpo pero sí evocar la sensación placentera de sentirla dentro.

Comienza a sudar y acude a su fiel amigo del verano, un abanico azul marino que lleva en el bolsillo de su americana. El traje de chaqueta y la corbata, a más de cuarenta grados se hace insoportable. Se afloja un poco el nudo de la soga que le rodea el cuello y rememora la etapa en la que su uniforme laboral consistía en bermudas, camiseta y chanclas. Otros tiempos. Otra época.

Los pocos que abren un ojo para averiguar si la estación en la que se está parando el metro es la suya, le miran extrañado. Clavan sus pupilas en él por si el sueño les está jugando una mala pasada y el objeto en cuestión es un librillo o un pequeño cuaderno, pero no, es un abanico. Se sorprenden sí, pero el cansancio es más fuerte que la curiosidad. Hacen un gesto de desaprobación y continúan en su duermevela, aunque no lo olvidan, lo retienen en la memoria, un hecho como aquel es una gran anécdota para contar a la hora del desayuno.

Ricardo ignora las miradas, al principio le cohibían, pero ahora incluso las busca.

Llega a la oficina tan sólo dos minutos más tarde de las nueve y su escritorio está lleno de notas, parece que lo hubieran pintado de amarillo:

Richi cuando llegues pasa por mi despacho. Esther.

“ Ricky, ¿dónde te metes? Llámame en cuanto leas esto. Yolanda”

“Richard, ¡¡¡el informe!!! Es urgente. Miguel”  

Ricardo esta vez ríe. Ante aquel panorama es lo mejor que puede hacer. Vacía sus bolsillos sobre el escritorio y mientras se dirige hacia la máquina del café, se pregunta por qué a la gente le gusta tanto bautizarle con diferentes versiones de su nombre. Ricardo, simplemente Ricardo, ¡tan difícil resulta!

La jornada transcurre lenta a pesar del volumen de trabajo, las ganas de que lleguen las seis hacen que las agujas del reloj tarden una eternidad en recorrer la esfera. Lo único que le ayuda con la desidia, es ella. Hoy volverá a verla, a acariciarla, a deleitarse con su frescor. No olvidará su primer encuentro tras una dura etapa del Camino en aquel albergue perdido entre los montes gallegos, con olor a eucalipto y a tierra mojada. Fue un oasis en medio del desierto, un regalo del apóstol para un peregrino que, como tantos otros, buscaba una señal que le guiara en una vida sin sentido; una luz; una estrella.

Y así, envuelto en su estela, sale del trabajo y recorre con paso ligero las manzanas que les separan. El corazón se le acelera y el deseo se incrementa. Con la chaqueta en la mano y la corbata en bolsillo entra en el bar, da las buenas tardes y se sitúa al fondo de la barra, quiere estar tranquilo para disfrutar más del encuentro.

El camarero mira a Ricardo sin mediar palabra, no hace falta preguntar, sabe lo que busca.

Ella hace acto de presencia. Ya la tiene frente a sus ojos. La mira y acaricia lentamente la copa helada que contiene el elixir burbujeante. Contiene por unos segundos las ganas de llevársela a la boca, de fundirse en ella, de ser poseído por su espuma, por su amargor. Ricardo suspira, quiere alargar el embrujo, pero ha llegado el momento. La toma suavemente con su mano derecha, se llena con su perfume y acercándosela a los labios le susurra: “ Buen Camino”

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