Más allá de destacar esta o aquella canción determinada, más allá de volver a insistir con sus siempre atronadores inicios de concierto con un sonido más que mejorable, más allá de constatar el definitivo pacto con el demonio que este angelito de 66 primaveras ha firmado para deleite de varias generaciones de amantes de las esencias del rock and roll más puro, más allá de resaltar que es capaz de engarzar canción tras canción sin desmayo durante casi cuatro horas… Mucho más allá de todo ello, la experiencia de sentir en nuestras entrañas la descarga de música sin aditamentos que el de New Jersey es capaz de inocular desde que aparece por el escenario no es comparable ni de lejos con los efectos perniciosos que cualquier droga pueda producir en el organismo.

Bruce inocula rock porque él es ‘el’ rock. Y no es una sentencia vacua de cara a la galería para congraciarnos con su capacidad inagotable de entrega y simbiosis con su público. No. Es sencillamente ‘el’ rock porque Bruce es una verdadera máquina de amor. Es el que se respira entre las parejas, padres e hijos y lobos solitarios que comulgan con su credo cada vez que él los convoca a su vereda. Es pasión, pero sobre todo amor por un estilo de vida condenado a la huida y la nostalgia de un tiempo que ya no es.

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Por ello estremece tanto la indescriptible emoción de una veinteañera tarareando sus canciones junto a su padre sesentón compuestas cuando ni ella era tan siquiera un proyecto en la mente de sus padres como un cuarentón pintando canas en sus sienes mientras baila como un poseso sobre la pista con su hija de apenas siete u ocho años, o esa abuela que mira con suma delicadeza a su nieta mientras esta le devuelve agradecida la mirada empañada en lágrimas. Y qué decir de ese lobo solitario que se zampa cientos de kilómetros de carretera o incluso miles de vuelo para echar un ratito y unas lágrimas cómplices con su único dios.
En definitiva, Bruce algún día dará su último concierto en directo. Claro. La edad no perdona. Pero los que ya han tenido la oportunidad de vivirlo en sus carnes saben que siempre será el penúltimo, porque el último lo llevan ya para siempre grabado a fuego en sus entrañas. Por algo Bruce es ‘el’ rock. Y punto. Amén.

 

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