Título: Bombardeo. Autor del texto y dirección: Marianela Morena. Intérpretes: Mané Pérez y Alfonso Tort. Escenografía: Johanna Bresque, Ivana Domínguez y Alfonso Barajas. Diseño audiovisual: Miguel Grompone. Vestuario Johanna Bresque. Iluminación: Ivana Domínguez. Música y arreglos: Mané Pérez. Producción: Salvador Collado y Lucía Etcheverry. Escenario: Teatro Calderón de la Barca de Valladolid.


En el teatro Calderón de Valladolid hemos tenido la ocasión de ver el estreno absoluto de Bombardeo, de la dramaturga y directora teatral uruguaya Maranela Morena, interpretada por la actriz Mané Pérez y el actor Alfonso Tort, también uruguayos.

Hay preguntas existenciales más profundas de las que puedan a parecer en una terapia clásica que trata de resolver aquello que roza los aspectos psicológicos y la salud mental o corporal. En Bombardeo surgen muchas preguntas que van más allá de los cuatro personajes que encarnan el actor y la actriz: el terapeuta y la paciente, por un lado, y dos personajes pareja en la vira real, por otro. Claro que los planos se superponen sin solución de continuidad y el texto va y viene de lo profundo a lo trivial en un bombardeo de palabras que buscan soluciones o simplemente se complementan en juego de ajedrez que nunca parece acabarse.

Diríase que la uruguaya Marianela Morena, para componer su texto, hubiera estudiado bien esa zona del barrio de Palermo, en Buenos Aires, conocida como “Villa Freud”, que es famosa por acoger a un gran número de residentes relacionados con el ejercicio del psicoanálisis. Y no es que esta terapia que se sigue en Bombardeo sea un purito psicoanálisis, pues es mucho más que una terapia, es un verdadero “brainstorming” en el que aparece el mapa de la vida, los miedos, los recuerdos, las emociones, los prejuicios, las mentiras, las verdades, el amor, el desamor, el deseo, la frustración e incluso la actitud de reírse de la propia terapia, cuando el terapeuta en vez de escuchar con atención está jugando con las redes en su móvil.

La anécdota es bien sencilla: la protagonista, Mora, recuerda que su vecino abusó de ella cuando solo tenía seis años. Evidentemente, el pasado la tortura, como ella misma dice: “el recuerdo controla mi vida”. Comienza terapia para lograr el equilibrio y que la palabra y el cuerpo puedan encontrarse. Pero esto no es cuestión de unas cuantas sesiones, pues, en esta ficción teatral, terapeuta y paciente se dan cita durante años para descubrir quiénes son en realidad o si hay otras personas que los habitan.

El bombardeo de sucesos reales dialoga con el bombardeo de la ficción. Ahí reside lo complejo del hecho teatral y la dificultad para discernir qué es una cosa y qué otra. La obra presenta retazos de situaciones, como en la novela de Cortázar “62 / Modelo para armar”, nunca narra o representa la totalidad. La conclusión que nos queda es la de que convivimos con la verdad y la mentira a la vez, con la ficción y lo real a la vez, convivimos con el pasado y con el presente, a la vez. Y cada uno de nosotros es una bomba a punto de explotar. Y esa bomba la portamos en la mochila de la persona que somos en el presente, que no es otra cosa que el fruto del pasado y de su asunción o rechazo con todas las consecuencias. Y lo que pasa es que echamos en falta en la vida un amor consistente.

Bombardeo es, en el fondo, un teatro realista, el retrato de la existencia cotidiana (a veces comedia, a veces tragedia) a través de la vida y la percepción de la realidad de una mujer joven que se va adentrando en la madurez.

El psicologismo es una cultura presente en esta obra, aún hoy, en la época en que las neurociencias están desmontando muchos principios que eran dogmas en un pasado no tan lejano. La terapia psicológica hace de catarsis y de “leifmotiv” para el desarrollo de la protagonista y también de la obra. Cierto que, en ocasiones, es más un combate de boxeo (dialéctico) que una terapia. La paciente se revuelve y reacciona, incluso con violencia, ante las demandas del terapeuta. En otras es este el que asume roles de amigo, compañero, novio, esposo o madre de la paciente. En esencia, van saliendo a colación todos los temas que afectan a una mujer, y con los que entra en conflicto, en todas las facetas de la vida: hija (adoptada), hermana, madre hipotética, amiga, esposa, etc.

Obra arriesgada, compleja, arisca y dura como la vida misma en nuestro día a día en el que bregamos con nuestros conflictos personales, familiares, existenciales y sociales. Y también obra poco cómoda, de esas que te hace revolverte en la butaca.

En un espacio escénico funcional (interior de una casa, lugar para terapias…), destacan unas proyecciones cinematográficas muy necesarias para la comprensión de la acción, que, a su vez, introducen una nota poética en medio de tanto desequilibrio emocional. Es un soplo de aire fresco en la obra que nos estabiliza y deleita como espectadores.

La música es un aliciente y un respiro y un elemento escenográfico que une a los antagonistas: el terapeuta / hombre y la paciente / mujer.

Con una dirección que propicia el movimiento, el gesto y el discurso continuado, la obra resulta un verdadero juego (o duelo) interpretativo, en el que el torrente de energía de Mané Pérez, como Mara, nos arrastra por los vericuetos oscuros de su biografía, con una sucesión de registros dramáticos muy bien trabajados, para carnalizar a la protagonista que se desenvuelve en una diversidad de situaciones y emociones. Alfonso Tort es la réplica frente a ese torrente que se desborda y mantiene muy bien el tipo, con algunos momentos de naturalismo interpretativo extremo que dicen mucho de su profesionalidad actoral.

Hay que agradecer a los productores, el español Salvador Collado y la uruguaya Lucía Etcheverry, que apuesten por este tipo de obras y por mostrar en España lo que hacen nuestros hermanos de Hispanoamérica.

Lo espectadores vallisoletanos, que casi llenaban el teatro, aplaudieron cálidamente el trabajo que vieron, en estreno absoluto, en el Calderón.

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