La gran confluencia de fuerzas democráticas capitaneadas por el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) no logró derrotar a Bolsonaro respaldado por la derecha y extrema derecha de ese país.

No se trata de una sorpresa, sino de una opción del sistema en crisis que logró un fuerte repunte en el marco de la descomposición política que afecta esa gran Nación Suramericana.

Es un deber analizar las causas de ese fenómeno. Pero pienso que de entrada hay que descartar que solo se trate de un boon electoral de un político poseído de un disturbio mental impactante promovido por un espectacular manejo de las redes sociales.

Bolsonaro no es un loco.

Es un engendro político-ideológico propio de la crisis de decadencia del capitalismo de estos tiempos, del deterioro de un sistema aferrado a la idea de sobrevivir potenciando y condensando todas las aberraciones históricas de la civilización burguesa por él creada.

Tampoco estamos frente a un engendro monstruoso exclusivo de la política brasileña, sino de un sub-producto local de una tendencia global, generada por el resurgimiento de algo inspirado en el fascismo europeo del pasado siglo y específicamente a sus expresiones alemana e italiana.

Es una apelación a los odios, discriminaciones y opresiones cooptados o generados del capitalismo histórico y a la readecuación aberrante que exigen las características y efectos de su actual crisis de decadencia y su ya sensible grado de ilegitimidad y desestabilización: racismo, xenofobia, homofobia, misoginia, machismo, chauvinismo, adulto-centrismo, coloniaje…

Es un derrame de la pus que anida en sus entrañas en una etapa de indignaciones populares, de insumisión de los sujetos empobrecidos y oprimidos, movilizaciones multitudinarias, avalanchas migratorias, rebeldías diversas, crisis recurrentes de gobernabilidad, cambios adversos al control imperial (que no logran las profundidades necesarias), quiebras de sus partidocracias y sus modelos políticos tradicionales inspirado en el liberalismo.

NEOFASCISMO, EN FIN DE CUENTAS

Es neofascismo a tono con las características de cada país, revestido de variados trajes típicos.

Tal fenómeno presenta diferente dimensiones en su resurgimiento y no es difícil detectarlo en EEUU (ahora con la impronta de Trump y sus bases de sustentación). Pero igual prolifera en la Argentina de Macri, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Venezuela, Francia, Austria, Alemania, en Europa Oriental, Grecia, Turquía y más allá.

-Amagar, sin romperle el espinazo al capitalismo o a su modelo neoliberal, provoca su resurrección sin contrapeso consistente.

-Hacer reformas y cambios a medias, genera situaciones parecidas.

-Emprender niveles de autodeterminación y soberanía, amenazar con el socialismo sin asumir la vía anticapitalista, conduce a fortalecer la alianza ultraderechista con tutela imperialista y alimento neofascismo.

-Empantanarse en la vieja institucionalidad y en los esquemas liberales a nombre de un “progresismo” impregnado de cierta retórica izquierdista y franca coexistencia con el gran capital, termina erosionando el respaldo de masas inicialmente conquistado.

-Y peor aun si se reproducen modalidades de corrupción y sistemas de privilegios similares a las practicadas por las derechas, o si se recurre a traficar influencias y establecer asociaciones delictivas con corporaciones mafiosas como la ODEBRECHT.

INSUFICIENCIAS DE LOS “PROGRESISMOS” Y REFORMISMOS

En verdad, ni el denominado “progresismo” latino-caribeño, ni el reformismo tradicional, ni los procesos reformadores auto-determinados, tienen poder e impacto para derrotar la voracidad del capitalismo local y transnacional; menos aun cuando los acompañan el resurgimiento de la corrupción impune y variantes de la burocratización de lo estatal.

Entonces, el pulpo del gran capital privado entrampa y desgasta los procesos de cambios mediatizados… por la vía de la guerra económica, el sabotaje y el bloqueo financiero y comercial; acompañado de la enorme capacidad de desinformación y confusión que emana de sus aparatos y mecanismos de comunicación y alienación ideológica.

El neoliberalismo no se desmonta coexistiendo con la herencia de sus privatizaciones y la mercantilización de todas las actividades y relaciones sociales.

El socialismo no se construye sin superar el mercado capitalista, la gran propiedad privada y la cultura burguesa.

Incluso en ese contexto una redistribución más justa de los ingresos a través del paternalismo estatal y el asistencialismo masivo -sin crear conciencia revolucionaria ni cambiar sustancialmente las relaciones de propiedad, producción y distribución, potencia el consumismo y la expansión del capital.

Y la degradación de los cambios a nombre de las izquierdas, del progresismo y de la revolución que no desmonta las bases de sustentación de las derechas, erosiona el respaldo original que concitan esos procesos, restaura la fuerza de las derechas inicialmente mermadas y facilita el auge neofascista.

En Brasil el viraje esperanzador a cargo de un PT que obvió los cambios estructurales, que se montó sobre el Estado liberal-burgués sin optar por cambios constitucionales favorables a las transformación del sistema imperante, que enfrentó el tema de la pobreza extrema con un asistencialismo audaz, pero vulnerable a factores económicos cambiante de factura internacional; que se asoció a una parte de las corporaciones locales y transnacionales brasileña generadoras de corrupción interna y exportadoras de corrupción, que cayó en la tentación de competir con las derechas imitando sus métodos…no resulta extraño –pese al carácter súper-mafioso de sus adversarios internos y externos los revese sufridos.

Primero la destitución de Dilma, luego el procesamiento judicial de Lula y ahora la victoria y el acenso a la Presidencia de Bolsonaro.

Sin dudas la perversa contraofensiva de EEUU y las derechas se aprovechó de sus vulnerabilidades, hiperbolizando sus culpas reales y colocando al PT y aliados a la defensiva.

La derecha, mutada a la ultraderecha y al fascismo de nuevo tipo, no perdona a los infieles que osan pellizcarla y restarle poder. La venganza tardó peo llegó.

Y no es que tenga todo a su favor.

Su carácter ominoso posibilitó y posibilita una amplia resistencia democrática.

El nefasto viraje a su cargo, como pasa en Argentina, no tiene posibilidad de estabilizar su dominación e impedir la tendencia a la ingobernabilidad del neofascismo, sobre todo cuando aplique a fondo sus garras.

Ese engendro y su proyección militarista a nivel Continental, en estrecho maridaje con su colega Donald Trump y el nazi-fascismo gringo, está llamado a generar una indignación popular y una confrontación muy superior a todas las anteriores.

El neo-fascismo, en el marco y como reacción autodefensiva del capitalismo en crisis de decadencia equivale al caos y no al orden de antaño, equivale a una barbarie que no se derrota ni con la ambigüedad y ambivalencia de los llamados progresismo, ni con las pretensiones de una vuelta a modelos socialdemócratas vetados por los dueños del sistema.

La radicalidad neofascista-burguesa requiere de una radicalidad proletaria-popular- ambientalista-feministas-multicultural… profundamente anticapitalista.

El neofascismo no se vence con nuevo reformismos.

La disyuntiva de estos tiempos, más que nunca antes es socialismo o barbarie; o, mejor comunismo o caos.

La revolución se ha tornado cada vez más pertinente, solo que precisa darle direccionalidad política a la insumisión popular en gestación a escala nacional, regional y global. Misión gigantesca pero imprescindible para la auto-liberación de los pueblos y de la humanidad en riesgo de sucumbir frente al carácter altamente destructivo del reino senil del gran capital.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

  1. una vez Bolsonaro implante sus reglas del juego, nos llenaremos en Europa de brasileros buscando arrancar del Brasil

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

20 + 7 =