La aprobación por amplia mayoría en el parlamento británico de una suerte de moción que autoriza al gobierno de David Cameron a bombardear los objetivos militares del Estado Islámico (EI) entre lo que queda de Irak y lo que todavía retiene el tirano de Damasco, Bashar al Assad, abre las puertas a la todavía no declarada cuarta guerra del Golfo Pérsico. Los atentados de París, junto con el ya descarado y no ocultado apoyo de Rusia al ejecutivo de Damasco en la guerra civil que dura ya casi cinco años, han llevado a la conformación de una suerte de gran alianza contra el Estado Islámico (EI), en torno a la idea simple pero convincente del presidente ruso, Vladimir Putin, de que es mejor ir a buscar a los terroristas a su madriguera que esperar a que vengan a poner bombas a Moscú u otras capitales del mundo.

Hasta hace unos meses el principal escollo para atacar a los bárbaros militantes del EI era que todo ataque a los enemigos de Assad le ayudaba al veterano sátrapa a apuntalar a su agónico régimen y le daba oxígeno para continuar en su cruenta guerra unos años más. Desgraciadamente, el régimen parece que sobrevivirá, contra todo pronóstico, y cómo los tozudos hechos demuestran. La realidad sobre el terreno se impone, es decir, al día de hoy Assad no tiene alternativa ni recambio y no se vislumbra en el escenario más cercano una salida democrática al oscuro túnel sirio.

DE LA PRIMERA GUERA DEL GOLFO PÉRSICO A LA “CRUZADA” CONTRA EL ESTADO ISLÁMICO

La primera gran guerra de Oriente Medio fue la del Golfo Pérsico entre Irak e Irán, entre los años 1980 y 1988, un conflicto que fue atizado por las grandes potencias, pero especialmente los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, en aras de debilitar al nuevo Irán de Jomeini y evitar que el régimen fundamentalista pudiera extender su influencia más allá de sus fronteras. La guerra dejó un millón de muertos y dos países devastados. Pero, en el plano geoestratégico, Irán salió muy debilitado, su economía tardó años en recuperarse e Irak recibió luz verde para hacer lo que le diera la gana. Objetivos, hablando en términos militares, cumplidos.

Sin embargo, los occidentales no calcularon bien quien era Saddam Hussein, un tipo astuto, cruel y sagaz que era capaz de hacer cualquier cosa, incluyendo el crimen, con tal de seguir en el poder a cualquier precio. Los occidentales hacían la vista gorda cuando mataba a miles de kurdos, ejecutaba tras torturarlos salvajemente a sus oponentes políticos y cometía todo tipo de tropelías y desmanes en su país sin que nadie osase levantar la voz contra el tirano.

Saddam, no obstante, cometió un error de percepción cuando decidió ocupar el emirato de Kuwait, en 1990, y pensó que los occidentales no iban a hacer nada. No fue así: Estados Unidos comandó una gran fuerza occidental contra Irak, liberó Kuwait en 1991 y se quedó a las puertas de Bagdad cuando podía haber derribado sin apenas usar la fuerza a Hussein. Ese error capital nos llevó a la tercera guerra del Golfo Pérsico.

En el año 2001 se producen los atentados contra las Torres Gemelas y otros objetivos, en una de las acciones terroristas más audaces y espectaculares de la historia de la humanidad. Mueren asesinadas miles de personas, Estados Unidos se conmociona de una forma desconocida y el presidente de entonces, George Bush, decide iniciar su peculiar batalla contra el terrorismo. Argumentando una serie de tesis falsas y levantando unas acusaciones casi increíbles contra el régimen de Bagdad, en las que Colin Powell fue ignominiosamente utilizado frente al mundo en una intervención en las Naciones Unidas que quedará para la historia de la infamia, Bush lanza una gran operación militar con el único fin de derribar a Saddam Hussein.

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LOS ATENTADOS CONTRA LA TORRES GEMELAS Y LA OCUPACIÓN DE IRAK

En apenas una semanas, entre marzo y mayo del año 2003, Irak es ocupado, el dictador huye de Bagdad y pasaría meses escondido en un zulo y se impone una nueva administración bajo la férula de los Estados Unidos. Luego vendría uno de los grandes errores cometidos por los Estados Unidos en Oriente Medio: la destrucción del Estado iraquí, junto con sus Fuerzas Armadas, condujo a la desaparición, de facto, del Irak que conocíamos hasta ahora. Entre 2003 y 2011, hemos asistido a la división de este país en tres entidades territoriales: una kurda, otra chiíta con capital en Bagdad y un área sunita dominada por el EI y otras facciones militares.

Fruto de este de cosas anárquico y caótico, y aprovechando la debilidad de los gobiernos de Bagdad y  Damasco, nació el EI, ahora objetivo declarado por Francia, el Reino Unido, Rusia y los Estados Unidos en esta cuarta guerra del Golfo Pérsico, ya que nuevamente Irak se ha convertido en campo de batalla y es una pieza decisiva en la nueva reconfiguración de Oriente Medio que está ocurriendo ante nuestras atónitas miradas.

Estamos ad portas de una guerra larga, que requerirá grandes esfuerzos y recursos por todas las potencias, de la que emergerá un nuevo orden regional y, seguramente, saldrán unas nuevas fronteras. Para los que dicen que habrá que poner fuerzas sobre el terreno para derrotar al EI, hay que recordarles que ya están ahí y luchando, con la ayuda de la cobertura aérea occidental y rusa, contra los fundamentalistas. Se tratan de los ejércitos de Irak, Siria y las milicias kurdas que hasta ahora han resistido a todo y a todos. Bienvenidos a la cuarta guerra del Golfo Pérsico.

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