El pasado día 3 de agosto el senador Bernie Sanders tuiteó lo siguiente: “La libertad real debe abarcar la seguridad económica. La gente no es verdaderamente libre cuando no puede alimentar a su familia, cuando no puede jubilarse con dignidad, cuando no tiene cobertura sanitaria. Ésta es una visión que no hemos logrado todavía. Es hora de que lo hagamos.”

Es muy recomendable seguir de cerca la incesante lucha que Bernie Sanders y una parte de la izquierda estadounidense están llevando a cabo para implantar en su país cuestiones tan elementales desde nuestra perspectiva como una sanidad pública homologable con nuestro sistema de Seguridad Social, o un mínimo desarrollo social de un Estado empeñado al parecer en incrementar el gasto militar mientras mantiene en estándares irrisorios todas las prestaciones correspondientes al Estado de Bienestar. Mientras esto ocurre, en Europa y en nuestro país cada vez son más plurales y notorias las voces que reclaman recorrer el camino contrario o, lo que es lo mismo, desandar todo lo avanzado durante décadas de transformación social y consolidación de un sistema de bienestar que, con todas sus deficiencias, resulta modélico en comparación a ciertas alternativas escalofriantes, como las que nos prescriben los impugnadores del Estado social.

Volviendo a la cita de Bernie Sanders, y en relación a la ambivalencia de las luchas por el progreso y por la regresión, respectivamente, según las latitudes y el modelo en el que nos hallemos inmersos, resulta perentorio señalar que, en efecto, la libertad es una palabra hermosa, frecuentemente maltratada por quienes cultivan una acepción especialmente empobrecedora de la misma.

Los liberales, en la estela de la clásica diferenciación efectuado por Berlin entre libertad negativa y libertad positiva, abogan por entender que la verdadera libertad es aquella que puede formularse con una negación, proscribiendo por ejemplo cualquier intervención ajena, también de los poderes públicos y del Estado. Así, de acuerdo a la libertad genuinamente liberal, tendré derecho a la vida porque “no puedes matarme”, y tendré derecho a opinar libremente, “porque no puedes prohibirme que opine libremente”. También, claro, existirá el derecho a la propiedad privada porque “no podrás vulnerar mi dominio, sobre el que sólo dispongo yo”.

Sin embargo, el concepto negativo de libertad, sacralizado casi de forma canónica por los liberales, nos conduce a no pocas antinomias o contradicciones. Los propios derechos que se generan a partir de la formulación negativa de determinados comportamientos requieren un marco normativo que los garantice. Y ese marco normativo, sin duda, exige la existencia del Estado y, por tanto, precisa una injerencia pública que rebosa la acepción negativa de libertad. La verdadera libertad no puede limitarse a ser una garantía para que los individuos vivan aparte de la sociedad. Para ejercitar sus derechos, necesitarán, por ejemplo, tribunales de justicia públicos, leyes de igual aplicación para ellos y sus conciudadanos, y un sistema de garantías y controles que les permita disfrutar de su libertad sin violencia o menoscabo.

La izquierda siempre ha defendido por tanto que la verdadera libertad no puede limitar su significado a la ausencia de interferencias entre individuos. No sólo es que los derechos civiles y las libertades que el liberalismo reconoce exijan de marcos normativos emparentados con la intervención pública, sino que, además, todos los derechos de participación política requieren necesariamente intervención y garantía pública. No es casualidad que reconocidos liberales, empezando por Hayek, miraran con recelo los propios fundamentos de la democracia, por su naturaleza intrínsecamente tendente a la participación política, forma genuina de intervención pública, y por ende reñida con el espíritu abstencionista del liberalismo. Qué decir, por su parte, de todos los derechos de carácter social, económico, cultural o medioambiental, imposibles de entender sin la tradición transformadora de la izquierda ni, por supuesto, sin una injerencia proactiva de los poderes públicos.

Una sociedad en la que la libertad se entiende como exclusiva ausencia de interferencias entre unos y otros es, necesariamente, una sociedad profundamente injusta. Si no queremos refugiarnos en un matrix neoliberal que nos haga invisible la realidad de los hechos, convendremos que las vidas de cada individuo parten de unos orígenes profundamente desiguales. Si el liberalismo esgrime en el papel (mojado) el principio de igualdad de oportunidades pero pretende alcanzarlo a través de la libertad negativa – esa que excluye toda injerencia pública para su ejercicio y garantía – la ecuación resultará necesariamente irresoluble.

La libertad real, como bien nos recuerda Bernie Sanders, no puede limitarse a ser entendida como la garantía formal de que nadie nos siegue las piernas o tienda una trampa cuando cruzamos por debajo de un puente. La verdadera libertad, en verdad, es aquella que sólo está garantizada cuando ningún ser humano tiene que vivir debajo de ese puente. Para eso es necesario un sistema de Seguridad Social, que permita a los más necesitados una asistencia sanitaria digna, eficiente y suficiente. La seguridad económica de saber que los que caen estrepitosamente en las sombras del fracaso o la pobreza no sean abandonados a su suerte, como prescriben los entusiastas de las tinieblas. La verdadera libertad es la que permite a nuestros mayores tener una vejez digna, y a nuestros jóvenes poder estudiar sin endeudarse con infames créditos bancarios que tengan que pagar toda la vida. La verdadera libertad, sin lugar a dudas, es aquella que se construye sobre un sistema impositivo justo y progresivo, a través del cual los que más tienen más contribuyen a la solidaridad del conjunto de ciudadanos, y, en especial, de los más necesitados.

La libertad negativa en ocasiones deviene, conviene recordarlo, en una negación de la libertad real. Ésa que puede predicarse en condiciones de igualdad para todos los seres humanos. Preconizar la igual libertad de todos los ciudadanos no consiste en creer, puerilmente, que al final de nuestras vidas no existirá ninguna desigualdad, sino que, las únicas desigualdades aceptables serán aquellas que deriven de nuestra responsabilidad personal. El conocido e imprescriptible lema refleja la idea a la perfección: “ninguna desigualdad sin responsabilidad”.

La reflexión de Bernie Sanders constituye el inestimable testimonio de una lucha ejemplar, aquélla que la izquierda democrática, vacunada de cualquier populismo regresivo, debe acompañar activamente desde cualquier rincón del planeta. La lucha por sociedades más justas e igualitarias, donde la libertad no sea una caricatura formal que permita absolver cualquier atropello.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

2 Comentarios

  1. Una pena que la gran mayoría de políticos de este país no razone como usted, afortunadamente se nutre de opiniones y razonamientos de políticos de fuera de españa. Ojalá pueda usted llegar muy lejos manteniendo sus ideales actuales e influir en este estercolero de poderosos corruptores aparecidos en la lista falciani. Suerte.

  2. Nos lo quitan todo salvo el orgullo drogas narcisismo hipersexualizacion porno futbol=regionalismo para manipularnos . Nos lo quitan desde hace siglos con mentiras y violencia ,
    para revendernoslo, despues de explotarnos y cada vez mas caro y de paso prostituir a las mujeres pobres
    Nos hacen enfrentarnos con los mas pobres para que no veamos que ellos son los culpables
    Nos educan en el sadomaso mental en vez de empatia logica asertividad escucha amabilidad etc para que establezcamos relaciones competitivas y luchas de poder .
    Viven de crearnos desgracias y enfermedades, deliberada y masivamente
    En España por culpa del capitalismo hay menores que no comen, tener casa tajo la calefaccion etc etc es ya un lujo,
    Es mentira que el capitalismo elimina pobreza, eso lo hace el marxismo en su fase productiva-distributiva-socialdemocrata, pero el capitalismo regala los benefios de producir a unos pocos. Hoy para sacar una familia dlte deben trabajar los dos…y el capitalismo-machista le permitea ella el tajo de puta . El capitalismo crea pobreza por que pobres son los obreros que explota y las mujeres que se meten a putas que necesita para el “mercado”
    Cuando las cosas van mal para las empresas piden ajustes -rebajas salariales, contratos basuras, etc. para los trabajadores y el Gobierno de turno se los impone (a los trabajadores) mientras baja los impuestos (a los empresaurios). Cuando las cosas van bien para las empresas, piden moderación salarial. Éllos (el consejo de administración) se gastan fortunas en caprichos y vicios caros .

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