Después de las primarias del PSOE, en las que Pedro Sánchez ganó contra todo pronóstico a una Susana Díaz apoyada por el conjunto de los establishments con mando en plaza, desde los económicos-financieros hasta los orgánicos, parecía abrirse un tiempo nuevo, lejos del happy pandi y la estética Vogue, que no era sino una forma de darle colorido cool a un vacío argumental sustanciado en una permanente renuncia al sujeto histórico natural del socialismo y a la diachronie de los procesos históricos con relación al conflicto social  como elemento determinante de la propia estructura de la sociedad. Esta renuncia ideológica conllevaba la incapacidad para enfrentarse con una mirada propia a los acontecimientos y en su lugar construir un proceso antidialéctico de adaptación a ellos para dar la sensación de que se dominaban. En esa tesitura se acaba creyendo mucho más en la naturaleza de las cosas que en la historia. En último término se cree que la historia es la forma en que se desarrolla la naturaleza, que es invencible. La naturaleza es de derechas, podríamos decir, la naturaleza es la que dice que las cosas son como son. Pero Adorno nos advierte que también la naturaleza es estiércol.

Las plataformas de militantes, nacidas espontáneamente con motivo de las primarias y ante la derechización del Partido Socialista que representaba el sector susanista dispuesto, no solamente a facilitar la continuidad en el gobierno al Partido Popular, sino de asumir la cosmovisión conservadora en aspectos sensibles de la realidad política, supusieron un movimiento de base, inédito en la reciente historia partidaria y cuya propuesta esencial era redefinir y resituar al PSOE en los parámetros ideológicos que lo hicieran legible para las abandonadas mayorías sociales y para unas bases trabajadoras e intelectuales ajenas y críticas con el apparátchik y su estructura clientelar. Movimiento de la militancia a cuyo frente se puso Pedro Sánchez asumiendo las propuestas que habían propiciado su origen. El canto de la internacional al final de los actos, las propuestas de nuevas formas de participación, la redefinición de la economía desde una perspectiva progresista, el acercamiento a la idea de una conjunción de izquierdas, la reforma constitucional y la del Estado que conjurasen los déficits democráticos de índole estructural del sistema, parecían inaugurar un espacio político de refundación partidaria para tener los instrumentos ideológicos convenientes para asumir la refundación de un régimen político sumido en una profunda crisis existencial.

El triunfo en las primarias de Sánchez y la derrota de Susana Díaz -las bases contra el aparato conservador-, dio ocasión para que muchos ciudadanos pensasen que era el final del PSOE como una organización burocrática modelo en la cual los objetivos se van amoldando a las condiciones impuestas por el sistema y a lo que se podía alcanzar en cada caso. Sin embargo, no se puede avanzar cuando se considera que el PSOE es un partido ad hoc al régimen del 78 y, como consecuencia, que su suerte está irremediablemente unida a la del sistema inmerso en una bunkerización derechista ante su incapacidad de mantener la cualidad democrática en las poliédricas tensiones que le afectan por la falta de universalidad de los intereses de las mayorías sociales y el bien común ante los privilegios y sinecuras de las minorías influyentes.

La inesperada llegada al gobierno del Partido Socialista era una buena ocasión para comprobar hasta qué punto de madurez había alcanzado el espíritu de las plataformas en el imaginario práctico de la organización nacida de las primarias o si, por el contrario, seguía la cúpula del PSOE considerando el poder como un proceso de adaptaciones, no de resistencias, en esa paradoja que desde la Transición ha venido planeando sobre el partido de que lo que parece que realmente estorba al proyecto socialista es el socialismo. La política de nombramientos con el beautiful government parecía un remarke de la estrategia de imagen donde el efecto liberaba de profundidad a la oportunidad política. La recluta de asesores áulicos en magazines televisivos o la cesión de importantes instrumentos de la cultura a extramuros de la intelectualidad socialista, producen la impresión de que la política de la imagen es una tendencia indisoluble en el PSOE. Ante la aguda crisis del régimen en todos los ámbitos de la vida pública, no es difícil barruntar una intencionada, por parte de la influencia fáctica, reordenación de la vida pública para reinstalar el bipartidismo de la alternancia, donde la Faes procura agrandar las suturas restrictivas del régimen con el convencimiento de que las quiebras del sistema se deben a un exceso en cualquier parámetro democrático, con el efecto coadyuvante de Ciudadanos y su textura de reinvención del lerrouxismo, mientras la izquierda pretende deslumbrar con efectos de prestidigitación.            En este contexto, los problemas reales son cada vez menos sustitutivos, puesto que cualquier digresión no es más que un cambio de pendiente, no de caída; la caída siempre es la misma. Por ello, se acaba convirtiendo la vida pública en el drama de El príncipe idiota de Dostoievski, en el sentido de que si la teoría no se corrompe jamás, la praxis sí se corrompe con sus frecuentes contradicciones, dejaciones y desviaciones. Veremos.

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