Sabemos recientemente que España ha obtenido un total de 684 banderas azules (579 playas, 100 puertos deportivos y cinco embarcaciones turísticas) que ondearán a partir de junio de 2017. Toda una fiesta para el turismo y las agencias de viajes que venderán nuestro pequeño trozo de planeta, sobre todo a los guiris, como el ganador de la clasificación mundial de los sitios más apetecibles para tostarse al sol y pasar un verano de ensueño. Y es que una de cada seis banderas azules que ondee en el mundo lo hará en el litoral español. ¡Bienvenidos al paraíso!…

La Comunidad Valenciana con 129, seguida de Galicia (113), Cataluña (95) y Andalucía (90) son los lugares idílicos que cual “locus amoenus” cantarán los “tour operadores” para vender nuestro país como la panacea del verano… El problema es que siempre pasa lo mismo: nadie se fija en la otra acara de la moneda.

Yo soy del sur. Andalucía es una tierra que cada verano se llena de turistas que vienen buscando sol y playa, esas playas que siempre vemos en los panfletos publicitarios de las agencias de viajes y que nos muestran imágenes maravillosas de paraísos idílicos, puestas de sol despampanantes y mareas de gente disfrutando en sus tumbonas mientras broncean sus cuerpos al sol.

Os juro que no trato de joder la marrana a nadie. El negocio del sol y el ocio deja muchos cuartos por aquí. Pero frente a tanta playa paradisíaca también nos tenemos que acordar que mi tierra es la que más inmigrantes recibe en esos meses de verano, una tierra que las agencias venden como la tierra de los dioses y muchas veces es la tierra de los parias.

Desgraciadamente esta imagen de fantasía de las agencias de viaje, contrasta con la de esas otras playas que no salen mucho en la prensa y menos en los reclamos publicitarios, ni en las promociones de la Junta de Andalucía, pero que son playas que también existen y que en vez de estar llenas de tumbonas, se convierten en las tumbas de cientos de personas inocentes que decidieron subirse a una patera, esas barcas de Caronte llenas de desesperación, donde a lo largo del año mucha gente se embarca buscando una vida mejor, pero en las que desgraciadamente encuentran la muerte.

Debemos mirarnos el ombligo y reconocer también que somos el país que presume de civilizado y de ser defensor de los derechos humanos, pero donde esos mismos derechos son fusilados en esos muros de la vergüenza construidos por los poderes fácticos y la Troika, esos muros de la vergüenza que sonrojan al mundo y cuya única razón de existir es impedir que los pobres, los refugiados, los machacados por la guerra y el hambre puedan llegar a un mundo mejor.

Nuestro silencio con el drama de la inmigración y los refugiados es cómplice de la misma desgracia. No podemos callar por más tiempo. No debemos permitir que las playas, que el mar, esos muros de agua que tratan de cruzar cada año cientos de personas desesperadas por acariciar un futuro mejor, sean el cementerio silencioso de más gente.

Las playas deberían ser lugares donde los niños jueguen y no donde pierdan su vida. Queremos playas llenas de tumbonas, pero que no se conviertan en tumba de nadie.

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dos × 1 =