No lo supe sortear. Venía hacia mi disfrazado de ángel y mi máquina no estaba preparada para esquivarlo. Estábamos en el aeropuerto, yo montada en una mono bici voladora y él en un mini helicóptero de radio control.

El golpe fue morrocotudo, salí disparada por los aires y aterricé a los pies de su cama con una raja en la mano que se esmeró en curar. Pasé la noche temblando.

A los dos días estaba en el hospital, con un diagnóstico de tres costillas fracturadas, magulladuras y conmoción cerebral. Me operaron, superé el trance y la vida continuó.

Ahora resulta que compartimos asistenta y le ayudo a buscar secretaria para su empresa de preservativos. A él le gustaría hacer juntos algunas otras cosas. Pero no puedo. He cogido fobia a los aeropuertos y me parece que todo aquello fue una señal para ver si tomaba tierra de una vez.

Nadie lo sabe, pero sigo volando sin control y estoy empezando a practicar submarinismo entre las nubes.

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