Esta frase, tan española, parece aplicar al accionar político del madurismo en Venezuela. Una vez más, y al igual que el año pasado, el Consejo Nacional Electoral postergó la celebración de elecciones tal como lo anunciara su titular, Tania D’ Amelio, quien señaló que pese a haberse anunciado que las elecciones se realizarían en el primer semestre del 2017, esto no sería así.

Lo mismo ocurrió en diciembre pasado, que es cuando debieron haberse organizado originalmente, pero fue la primera vez que se pospusieron, y así, los gobernadores que debían concluir su mandato en enero aún ocupan sus cargos.

El motivo esgrimido en esta oportunidad es la conclusión del proceso de renovación de partidos que se desarrollará entre el 18 de febrero y el 23 de abril, y en el que 59 partidos políticos, tanto oficialistas como opositores, deberán recoger firmas por un mínimo de 0,5% del padrón electoral en 12 estados para reinscribirse.

Este proceso no incluye al Partido Socialista Unido de Venezuela, que gobierna el país desde 1998, ni a la Mesa de la Unidad Democrática, el principal frente opositor, aunque algunos de los partidos que lo integran sí deben hacerlo.

Más allá de los formalismos que esgrimen las autoridades electorales caribeñas, lo que se esconde detrás es la renuencia del oficialismo a presentarse a elecciones puesto que ni en los mejores augurios ven posibilidades de triunfar. Esta situación difiere notoriamente de los orígenes del proceso, dado que si algo caracterizó a la autodenominada Revolución Bolivariana mientras estuvo conducida por el Comandante Hugo Chávez, fue presentarse sistemáticamente a elecciones, habiéndose presentado a 14 comicios en los 15 años en que estuvo al frente del Gobierno, y habiendo triunfado en 13 de ellos.

Claramente el madurismo no es el chavismo, y su respeto a la voluntad popular es un ejemplo de ello. Más allá de estar de acuerdo o no con las políticas que implementó, el apego a las normas del Comandante Chávez fue mucho mayor que el del Presidente Maduro.

Hoy en día la situación en Venezuela es compleja. A la difícil crisis socioeconómica que enfrenta se suma una crisis política que desde larga data mantiene al país en un bloqueo institucional en el que el Ejecutivo impone sus políticas y aunque la oposición controle el Poder Legislativo, su accionar tiene nula efectividad porque la Justicia sistemáticamente bloquea sus resoluciones.

No hay dudas que Maduro tiene todo atado y bien atado, y apelando a la memoria de Chávez, quien según él se le aparece encarnado en un pajarito, ha avanzado mucho más que lo que avanzó su antecesor.

Cuando todo el mundo creía que se había llegado al límite, el gobierno corre la línea un poco más allá, ante la pasividad de la comunidad internacional que por mucho menos ha actuado de diversas formas en otras oportunidades y en diversos países. Incluso la Iglesia Católica que tiempo atrás se involucró como mediadora entre el Gobierno y la oposición poco a poco fue perdiendo notoriedad en sus acciones y ya nadie la reconoce en el rol que pretendía ocupar.

El devenir venezolano es complejo, y notoriamente distante del que imaginara e ideara Chávez. El tiempo dirá si la crisis puede comenzar a desatarse retomando la vía de la legalidad y los venezolanos comienzan a recuperar el tiempo perdido y a encontrar soluciones a muchos de los problemas que enfrentan. Ese será, sin dudas, el mejor homenaje que le podrán rendir a quien pensó un país para todos, incluso para quienes creyéndose herederos de su ideario, actúan en contrario a sus políticas y su ejemplo.

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