Cuando un hombre asesina a una mujer está matando lo que no soporta ver en él mismo: la enorme dependencia patológica, la sumisión, la debilidad, el dolor físico y psíquico, la impotencia y la incapacidad.

Cree, erróneamente, que aniquilando a su víctima se libra de sentir todo eso, cuando en realidad lo que hace es exacerbarlo hasta intensidades insoportables.

Todo ello no sucede de la noche al día, el círculo tramposo de los malos tratos da vueltas sobre distintos grados de violencia y su función principal es el autoengaño de la víctima.

Dicho patrón de abuso se apoya y se puede resumir en tres factores: vínculo afectivo, esperanza y miedo.

Vínculo afectivo: cariño, enamorarse del amor, no todo es malo, tenemos momentos buenos.

Esperanza: volverá a ser como antes, va a cambiar, al principio no era así, aún le quiero.

 Miedo: tal vez cumpla con las amenazas y me mate o haga daño a mis hijos, me viola, es más fuerte que yo.

Este círculo se desarrolla en tres fases que, de no ser cortadas, pueden durar mucho tiempo:

1.-Aumenta la tensión: enfados, constantes críticas, prohibiciones, gritos, amenazas.

2.-Violencia: agresiones físicas, golpes, empujones, relaciones sexuales forzadas.

3.-Perdón: promesas de cambio, disculpas que culpabilizan a la víctima, aparente amabilidad, regalos.

Lo cierto es que los maltratadores y criminales no cambian y dan pistas desde el principio de la relación.

Lo que lleva a pensar que el peor enemigo de una víctima es su propio autoengaño a lo largo del tiempo.

Autoengaño que les hace idealizar, les incapacita para el análisis objetivo de los hechos, cambiando el criterio personal por una dependencia nefasta que, en ocasiones, les cuesta la vida.

Es la víctima la que debe hacerse consciente de la situación y trabajar por su maduración como persona, buscando ayuda si la necesita.

Esa es su ineludible responsabilidad.

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