He de confesar que han sido pocas las veces que he asistido a lo que muchos llaman “la fiesta nacional” pero si las suficientes para conocer algunas terminologias del espectáculo.

Los acontecimientos políticos de esta última semana me han traído a la memoria lo ocurrido la primera vez que asistí, como espectador, a una corrida de toros. El amigo que me invitó, gran aficionado, ante la actuación del torero, se levantó del asiento y dijo en voz en grito: ¡arrima la taleguilla y déjate de posturitas!

Lo dicho viene a cuento al observar la actitud que han tomado nuestros representantes políticos ante los recientes acontecimientos. Nuestro Presidente del Gobierno, cual impasible Don Tancredo, se muestra aparentemente inmutable a las acometidas de la oposición cuyo único afán es hacer patente la soledad en la que se encuentra en el funcionamiento ordinario del Congreso sabiendo que; en caso de que los distintos partidos que integran la oposición, continúen condicionando la acción de gobierno, tendrían sobre sí la amenaza implícita que supone la facultad última de Rajoy de disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones generales que, según todas las encuestas, no serían favorables al conjunto de los partidos de la oposición, salvo el respetable ascenso de Ciudadanos.

Por lo que respecta al PSOE, hay algo que sobrevuela por encima de los tres candidatos a la Secretaría General y sobre el quehacer diario de la actual Gestora; pues nadie quiere que los adversarios puedan lanzarle la acusación de “colaboracionista”. La misma que en Francia se tuvo contra el Mariscal Petain y sus seguidores hasta su total arrinconamiento y olvido. Esta es la razón por la que el PSOE se obstina en votar negativamente a las propuestas del PP, tanto en lo que afecta a los presupuestos generales del Estado, a pesar de haber aprobado conjuntamente el techo de gasto, como la derogación de alguna de las Leyes promulgadas al amparo de la anterior mayoría absoluta del PP,. Hablamos de tales como la Ley de Seguridad Ciudadana, la de Educación, o la Reforma Laboral, sin tener en cuenta que, alguna de ellas es Ley orgánica, por lo que para derogarla, no basta la simple mayoría parlamentaria, sino que es preciso la mayoría cualificada. Mayoría, que, en ningún caso tienen, aún sumando todos los votos de los partidos de la oposición, amén de la dificultad, por no decir la imposibilidad de que entre todos se pongan de acuerdo en un texto alternativo que las sustituyera.

En cuanto a la actitud tomada por Podemos, resulta difícil encontrar algo en su actuación política que vaya más allá del simple “postureo”. Su posición ante cualquiera de los problemas que indudablemente existen en nuestro país, no es otra que la de adoptar, ante los mismos, la figura de los “malos toreros”. Como buenos demagogos, formulan el diagnóstico que ante cualquier dificultad, pueda agradar más al colectivo afectado, tal como ha ocurrido en el caso de los estibadores portuarios, en el que haciendo caso omiso a la sentencia del máximo Tribunal Europeo, no sólo se oponen a un decreto que no hace otra cosa que trascribir la sentencia acabando con el actual monopolio, pero sin aportar solución práctica alguna que no sea la que supone la mera “necesidad de diálogo”. Al igual que hacen con respecto al problema territorial catalán, olvidándose de que para que exista posibilidad de entendimiento, ambas partes deben estar dispuestas a hacer dejación de alguno de sus planteamientos previos.

¿Qué decir de los independentistas catalanes? A parte del hecho de que, por fín, la lenta y mastodóntica Justicia, está desmontando el manido slogan de “España nos roba”, poniendo de manifiesto que la deriva independentista no tiene otro objeto que la creación de una Justicia propia en Cataluña que pudiera servir para proteger a la clase política catalana, en general, de sus propios actos fraudulentos, hurtándolos a los Tribunales españoles y asegurando su impunidad como el mejor de los burladeros.

Todo esto me lleva a considerar que ha llegado el momento de que nuestras “Figuras el toreo político” dejen de escudarse en meras posturas de cara a la galería y “arrimen la taleguilla al toro”. Única forma de que nuestros políticos entiendan que el interés general de los ciudadanos ha de prevalecer sobre los intereses personales o partidistas.

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