Aquel tipejo…

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Aquel tipejo de cuello escaso, pelo frondoso orientado al lado derecho con fruición y cara de personaje de Ibáñez, seguía acudiendo puntualmente cada mañana a su despacho del centro de la ciudad. Los compañeros con los que se cruzaba por los pasillos le saludaban protocolariamente, como corresponde a un superior. Aún así, aquel tipejo notaba cierta incomodidad, una suerte de condescendencia y miedo en los ojos, aderezado con excesivos parpadeos para lo simple de la situación. Su secretaria, en cambio, mujer ceñida por su octavo mes de embarazo cuya belleza parecía batirse en retirada, le miraba como si fuese el último superviviente del Titanic. La duda real era ¿qué simbolizaba aquel Titanic?

Hacía tiempo que ciertos cargos de la empresa se habían visto involucrados en delitos de malversación, blanqueo, fraude, evasión y cohecho. El rastro de aquel tipejo merodeaba por todas y cada una de las causas, pese a que, avatares de la vieja justicia, en todas había resultado ileso.

  • Recibirá una llamada a las 11,30 –enunció la secretaria-.
  • ¿Algún recado más?
  • A las 12 está prevista una rueda de prensa.
  • Muchas gracias.

Aquel tipejo entró en su despacho y, mientras colgaba su loden en el perchero, recaló en lo que le había dicho su secretaria. La mirada era la habitual, pero el tono parecía rondar la periferia del apocalipsis.

Aquel tipejo según mencionaban algunos periodistas representaba el ejemplo más claro de necrosis política, y aunque se trataba de evidenciar lo contrario delante de los medios, en el fondo él se sabía un tipo sin apenas ideales, cuyo único mérito consistía en estar rodeado de la gente apropiada. Había logrado estabilizarse en puestos de responsabilidad, daba igual cuál fuera, su salario apenas oscilaba de un cargo a otro y si surgían dudas, la puntualidad de la nómina, así como los extras, eliminaban todo ramalazo de debilidad.

Quizá el ático frente al mar con un alquiler irrisorio dado el prestigio de la zona, le seguía proporcionando cierta inmunidad ya que no solo le servía como descanso estival sino también para los múltiples escarceos de sus compañeros de correrías. Por momentos se sentía como C.C. Baxter ganando réditos por ceder el apartamento. Lo único que le diferenciaba del personaje interpretado por Jack Lemmon era que él nunca se enamoraría de una ascensorista, porque le recordaba la idea de que en la vida unos días estás arriba y otros abajo, y él sólo quería estar en lo más alto sin posibilidad de cambio, the sky is the limit.

Consultó algunos correos electrónicos, habló con su mujer sobre el puente de mayo y leyó la prensa deportiva hasta que finalmente llegaron las once y media.

  • Hola –saludó conociendo quien había al otro lado-.
  • Ya no podemos contenerlo más. Ha llegado tu turno. No digas nada. La vieja se encargará de distraer la atención. Sé fuerte. –colgó-.

Aquel tipejo se quedó con el auricular en la mano mirando hacia la puerta. No tardaría en abrirse, mejor que vengan a buscarme a casa pensó. Recogió unas pocas cosas, las suficientes para no levantar sospechas, se puso su Loden y salió de su despacho. Ahora tendría que explicarle a su mujer que seguramente no podrían realizar esa escapadita a Estepona durante el puente.

Al despedirse, su ayudante le tendió algunas hojas para firmar. Mientras lo hacía pudo notar la mirada de ella clavándose en su flequillo, casi de despedida.

  • Tengo que salir –apuntó-.
  • Que pase un buen día –contestó-.

Mientras bajaba sólo en el ascensor pensó en la edad que tendría el hijo de su secretaria cuando él saliese de la cárcel, y cómo le miraría.

Aquel tipejo emprendió el camino hacia su casa, hoy podría tomarse el día libre.

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