España es la vacuidad del alma: el único pueblo del mundo que está continuamente peleándose con su propia sombra, esa raza hipócrita y tarada que escupe al cielo mientras se caga en Dios. Y es que lo evidente -como lo esencial- hay que recordarlo porque si no se vuelve invisible a los ojos.

La enseñanza pública y universal -esa que nos van quitando poquito a poco- resolvió el problema del analfabetismo pero se mantiene el fundamental: seguimos siendo un país profundamente inculto. Si no se lo creen, fíjense en Belén Esteban o el youtube de turno, esos escritores bestseller gracias a los españoles, en ‘Sálvame’, el programa estrella de la tarde gracias a los españoles, en los políticos que trincan y siguen siendo votados por los españoles, los asesinatos y los abusos a los animales, a los inmigrantes, a las mujeres; esa homofobia que es norma, esa dejadez absoluta y ese saber vivir que, mediterráneamente, nos lleva a decir “que trabaje Rita”, sin olvidar jamás, el “vuelva usted mañana”. Y sí, todo gracias a los españoles -“a la sociedad”, que queda más fino y descarga conciencias. Es más fácil ser acrítico y decir a las bravas “si no te gusta, te vas”.

El problema de nuestra democracia es que vale lo mismo su voto que el de su prima, lo mismo el del eminente doctor, ávido lector de periódicos, que el de la señora entrada en carnes y en años que se pasa la mañana viendo a Mariló Montero y comiendo pollo frito. A la vez que Rato, Chaves y Griñán se lo llevan crudo, Susanita prepara el susanato, Pablo, el del ceño, el pablicidio, Albert, ese huevos tibios, la vuelta a casa, y Puigdemont, el del seny, baila sardanas flamencas sobre la tumba de Francesc Macià. Y mientras tanto usted mira, mira, y ve a los Jordis y medio gobierno catalán en prisión y a Puigdemont simulando otro simulacro, esta vez en photoshop, hasta el punto que no distingue realidad de ficción. Baudrillard estaría orgulloso. El problema, decía, es que uno más uno no suman dos: imagínense la suma de votos de una masa profundamente inculta, retrasada y vacía, luego vístanlos de las banderas que quieran ¿y qué es lo que tienen? ¡Un chiki-chiki político!

Mi lucha no es con la incultura sino con lo atrevida que es: no me da igual lo que fulanito o menganito voten porque sus votos suman por igual y nos arrastran a todos a la miseria económica y, lo que es más serio, la miseria del alma. Por favor, busquen en San Google “Sapere aude” y empiecen por ahí. Lo demás viene solo. Lo importante es dar los primeros pasitos de a poquito, de a poquito, hasta que a un paso le sigue otro y vamos derecho y ya estamos caminando.

Y es que resulta que si no caminamos a este paso España no será nada, ni la nada silenciosa, que de tan silenciosa hasta le sobra el adjetivo, será la nada, un vago más allá entre Cataluña y Portugal, que sí son por obra y gracia de Dios y su santa voluntad. Sin embargo, además, no se olviden que resolviendo todos los problemas queda el principal y fundamental: los españoles.

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