Another brick in the wall 

Es miércoles por la mañana. Teófanes y su familia se acaban de levantar. Fina ayuda a vestirse a los niños de ocho y diez años, mientras Teófanes prepara el desayuno y pone la mesa. Teófanes y Fina están cansados. Ambos se turnan en las protestas del muro que están haciendo a treinta centímetros de las puertas y ventanas de su casa. Además, la protesta tampoco les deja descansar como es debido y la situación de estrés, al ver como el hogar que tanto les costó pagar, va a quedar sin luz natural, emparedado por un enorme muro de hormigón de cuatro metros de alto, les inquieta en el sueño y les está quitando la vida.

Suenan unos golpes en la puerta de la calle. Teófanes se dispone a abrir cuando ésta cede con un enorme estruendo. Atorado, aturdido y atontado por la batahola y la situación, solo oye gritos.

-”AL SUELO. TÍRATE AL SUELO”.

Recibe un fuerte golpe en las corvas de las rodillas y acaba doblándolas y estampándose contra las baldosas del recibidor. Un cañón de un subfusil apunta directamente a su cabeza. No entiende nada.

Una semana antes, en una de las noches de protesta, todo se torció. Teófanes es un tipo pacífico. Muy pacífico. No es lo que la gente mal informada relacionaría con un antisistema. Es un buen hombre. Joven. Treinta y ocho años. Siempre viste de traje y corbata. Pelo corto peinado a raya. Licenciado en económicas, trabaja en una sucursal bancaria. Va a misa de doce con su familia todos los domingos. Y, siempre ha votado al Partido Popular. Nunca antes había estado en una protesta ciudadana. Pertenecía, a esa ciudadanía apática, asocial y egocéntrica que tanto le gusta al presidente del gobierno y a la que llaman “mayoría silenciosa”.

Siempre había creído que todo se puede negociar y que la protesta es el camino que escogen los intolerantes para imponer su voluntad contra la mayoría. Hasta ahora. Hasta que vio como los técnicos de ADIF, ignoraban sus alegaciones a una obra, que, en contra de lo prometido por los políticos, no se soterra y además divide la ciudad en dos, interponiendo un enorme muro de hormigón a ambos lados de lo que será la vía del AVE. Hasta que ha sido consciente de que no va a poder acceder a su casa, salvo de lado y que van a convertir una espléndida casa de piso y planta, soleada, en las afueras de una gran ciudad, en una cueva con ventanas opacas. Una casa que, además perderá todo su valor. El esfuerzo de toda una vida.

Quizá por eso, a pesar de ser una persona pacífica, se ha caracterizado durante los meses de la protesta por ser uno de los más beligerantes verbalmente. Noche a noche, se ha desgañitado arengando a las masas con sus consignas. Noche a noche, se ha convertido en uno de los cabecillas que se hacen notar en la protesta. Hasta se inventó una letra para la canción de Pink Floid, “Another brick in the wall” que todas las noches interpretan junto a las obras. Noche a noche, ha ido ganando enemistad con una policía que poco a poco ha puesto en él, el punto de mira. Hasta que el miércoles anterior, acabó detenido y llevado a comisaría, donde pasó la noche. Salió con una multa en el bolsillo de 4.000 euros por desobediencia, desórdenes públicos y ofensa a la autoridad.

Pero ni Teófanes ni ninguno de sus compañeros de protesta pueden permitirse el lujo de cesar en la lucha contra el muro. Se juegan el futuro de sus casas, de sus vidas, de sus hijos. Por eso, durante esta semana pasada, ha seguido yendo a la concentración todos los días que le ha tocado en el reparto con su esposa Fina. Y ha seguido cantando, megáfono en mano, “¡Hey, Murcia, No más muro, no!” con la melodía de Another brick in the wall.

Fina ha abrazado a sus hijos que lloran en la cocina. No entienden por qué ha entrado la policía en su casa. No entienden tanta violencia, tanto daño, tanto desorden. No entienden nada. Su padre es un señor normal, como todos los padres de sus compañeros de colegio. Lloran y tienen miedo.

Han acabado el registro en casa de los García. La policía se lleva un gran botín que demuestra que Teófanes es un peligroso activista: dos tirachinas y una caja de petardos encontrados en las mesillas del dormitorio de sus hijos.

Ahora toca recoger. Todo está por el suelo. Los niños siguen llorando y el miedo ha calado en Teófanes y en Fina. Se plantean seriamente dejar la protesta. Sus hijos no merecen sufrir más.

Pero sufrirán igual.

 


 

We don’t need no education

We don’t need no thought control

No dark sarcasm in the classroom

Teachers leave them kids alone

Hey! Teachers! Leave them kids alone

All in all it’s just another brick in the wall

All in all you’re just another brick in the wall

                       Pink Floid. “The Wall”

 

Macartismo, Erdoganismo y Lepenismo

 

Decía el viernes Gabriel Rufián en un tuit, lo siguiente:

 

Un tuit con ochocientos once comentarios, la mayor parte de ellos, como no entienden lo que Gabriel ha querido decir, con ofensas hacia su persona, hacia su ideario político y hacia su actividad pasajera de diputado en el Congreso de España.

Dice el refrán castellano que “No hay más ciego, que aquel que no quiere ver”. Y en España, por desgracia, hay mucha ceguera, mucha cerrazón y poca empatía. Muchos son ciegos porque su estrecha mente no atiende a nada que no sea su propia creencia. Si uno da un paseo por las redes sociales, los que más mencionan la ley, libertad y la democracia, los que más piden respeto para sí y sus ideas, suelen poner detrás de su Nick la banderita rojigualda. Curiosamente son también los que, no argumentan en sus discusiones sino que siempre aluden a alguna falta de ortografía, a algún defecto físico o al insulto ya sea personal o político. Curiosamente, son los que en la vida cotidiana menos respetan la ley (Tráfico, Hacienda,…) Que sepan lo que quiere decir Gabriel con lo de “Lepenismo”, “erdoganismo” y “macartismo”, desde luego, sería extraño.

Los que tenemos edad para haber sufrido, no tanto ya la dictadura del eunuco genocida, sino los primeros años de pos franquismo, aun recordamos la sensación de impunidad que tenían los cuerpos de seguridad en la segunda mitad de la década de los 70 y primeros tres años de los ochenta. Y lo que es peor, la impunidad de la que gozaban los para-cuerpos fascistas que, con uniforme de fuerza nueva, patrullaban las calles impartiendo su orden y su justicia por doquier, impunemente y sin razón y con el único cargo de tu vestimenta, la largura de tu pelo o una carpeta con la bandera republicana.

Quizá por eso, hoy, ese regusto amargo de la impunidad policial vuelve a regurgitar de nuevo. Cuando empiezas, otra vez, a tener miedo de la policía, sin haber cometido ningún delito, empiezas a sentir que no vives en un país libre. Cuando se silencian los muertos, cuando hay un herido en un hospital, como cuenta eldiario.es, al que la policía, ignorando la primera premisa de primeros auxilios, la de no mover a un accidentado con golpe en la cabeza, lo llevan en volandas a un portal (en lugar de llamar al SAMUR), cuando ese herido no figura en la versión oficial de lo ocurrido en Lavapiés, cuando la policía reconoce que si fue detenido, después de la publicación de los hechos y un vídeo que graba el trato recibido en el portal, y no hay ni una sola investigación al respecto (que sepamos), sabes que el estado no defiende a sus ciudadanos. Cuando vuelves a ver, como mientras el que mata a otro en un accidente de tráfico, y da positivo en alcohol, si es famoso apenas le caen dos años y medio de cárcel y una indemnización de 150.000 euros, mientras que si una revista hace un cartel con la cara de este famoso (sin más) debe pagar 40.000 euros en concepto de vulneración de imagen y del honor, eres consciente de que la justicia no es imparcial y te queda el regusto amargo y la sensación de que a los ricos no se les mide con el mismo criterio penal que a los pobres. Cuando ves como en Murcia, mientras los niños acuden al colegio, la policía patrulla con subfusiles de asalto como los americanos en Iraq, sientes que el gobierno utiliza la fuerza para acallar y no el diálogo y la racionalidad. Cuando ves cómo se castiga con la cárcel a quiénes osan poner en tela de juicio las instituciones, a quiénes cantan contra las injusticias, contra la monarquía y contra los desmanes de los políticos, a quienes hacen opinión sobre la religión, no te queda otra que acordarte de Franco o de Erdogán, un supuesto demócrata, que en Turquía encarcela a la cúpula de Amnistía Internacional por emitir informes contra las violaciones de los DDHH en ese país. Cuando ves como por ser catalán y defender el derecho a la autodeterminación te llevan a la cárcel, y sin juicio, te quitan tus derechos como ciudadano, no puedes dejar de pensar en lo que hacía el famoso senador Joseph Raymond McCarthy, con todo aquel que pareciera, se comportara u oliera a comunista. Cuando el Tribunal de Derechos Humanos tiene que revocar sentencias de los tribunales de tu país, indicando claramente que las mismas van contra las personas y su pensamiento y la libertad de expresión, cuando este mismo Tribunal tiene que advertir que se están extralimitando en las acusaciones de terrorismo, como con los Chavales de Altsasu, sientes que las instituciones del estado en el que vives han dejado atrás la esencia democrática para convertirse en instituciones nada democráticas que vulneran los derechos de las personas. Cuando tienes que leer que un policía que muere de un infarto ha sido asesinado por los ultras del fútbol, mientras que un mantero que muere de lo mismo, en una huida de la policía, ha muerto por estar en España de forma ilegal, cuando nadie en la prensa del régimen, escribe nada sobre el asesino confeso de una chica desaparecida, presunto traficante y confidente, porque es español y sin embargo se emprenden campañas xenófobas de linchamiento contra una asesina, igual de execrable, porque es extranjera y de raza negra, te das cuenta que en este país ha germinado el odio racista. Cuando ves cómo se prostituye el dolor por la muerte de un niño, y se hace negocio televisivo y se crea un Show alrededor, mostrando opiniones de vecinos y conocidos como si fueran importantes para el caso, incluso abriendo uno de los panfletos subvencionados con una foto de un patio de vecinos dónde sucedió un hecho nefasto seis años atrás, entonces sabes que has llegado a una sociedad en la que las personas son como los protagonistas de los chistes de leperos.

Cuando ves como el Jefe del Estado se va a esquiar mientras los abuelos aguantan lluvia, truenos y centellas en multitudinarias manifestaciones para que no les dejen sin pensión, reclamando que se cumpla el artículo 50 de la tan manida Constitución, entiendes que ellos viven en una España paralela y que los ciudadanos no son prioridad alguna.

Cuando tengo que revisar este texto, para evitar que algún pelafustán ciego intelectual me lleve al juzgado, cuando tienes la sensación de que por tu trayectoria, si eso sucede, acabarás condenado, entonces eres consciente de que no vives en libertad y que esto no es una democracia.

Como en el protagonista de la historia que ilustra este artículo, aquí la gente solo se mueve cuando el clavo le llega a su zapato. Creyéndose indemnes porque a ellos, eso, nunca va a sucederles porque son personas cuidadosas que no se menten en jaleos. Ignorando que el 90% de esos jaleos te buscan a ti, sin quererlo y sin premeditarlo. Ignorando que cuando tienes un vecino zapatero cabrón, que suelta los clavos según sus intereses, lo normal es que tarde o temprano acabes pisando uno que clave.

La calle sigue siendo el modo más efectivo de abrir ojos. Porque la calle, acaba llegando a los medios concertados, que no les queda otra que ser empáticos cuando hay multitud y afecta a personas vulnerables como los pensionistas o la igualdad de la mujer. La calle como el 8 de marzo y el 17 con los abuelos es el camino. Aunque algunos se dediquen a trabajar para el enemigo convocando a distinta hora (no hay que perder la subvención del estado para seguir existiendo)

La calle es la forma de acabar con este sistema de hijoputismo liberal, al que siempre hemos llamado fascismo.

 

Salud, república, concienciación y más escuelas.

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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