“Las y los andaluces necesitamos sentirnos representadas, lo que ocurre es que a fecha de hoy probablemente ese espacio está invisible, pero no está huérfano. El reto está en hacerlo visible, porque en el momento en que lo sea no me cabe la menor duda de que la gente en Andalucía se identifica emocionalmente con él.” –Antonio Manuel Rodriguez, en twitter @antoniomanuel__

Estamos en la recta final de las elecciones andaluzas y me alegra ver que la identidad andaluza parece volver a cotizar al alza. En un contienda política alegra ver que la identidad cultural ocupa su lugar aunque para muchas fuerzas políticas parece que nunca sea un buen momento para hablar de andalucía, para reconocerse andaluza o andaluz.

Hablar de identidad andaluza despierta un revoltijo de sensaciones, pensamientos y anhelos mezclados con un potente imaginario que nos lleva desde la razón poética de María Zambrano a la poesía de Federico García Lorca, pasando por la Mezquita de Córdoba a la Virgen del Rocío; sin dejarnos atras Tartessos, Italica o Baelo Claudia. Pero también nos traslada geográficamente desde el Albaicín al barrio de La Candelaria en Bogotá o la mezquita de los Andaluces en Chaouen en Marruecos. El arte y la cultura mestiza de una tierra donde los cantes son de ida y vuelta y hace que el Flamenco pueda reconocerse a si mismo desde el Punjab en la India a Cuba en Latinoamérica.

Ser andaluz es para mí, como para mucha gente de la generación de la EGB, más que una nacionalidad es una forma de ser. Andalucía significaba democracia y justicia social en los años setenta. Sus colores –blanco y verde omeya– eran una forma de sentirnos parte del progreso constitucional, que avanzaba en nuestro país desde el fin de la dictadura. El sentir andaluz nos acompañó pero sin saber muy bien cómo, y a diferencia de las otras nacionalidades históricas en España, nuestra generación entró en el postmodernismo y la significación de ser andaluz de pronto se olvidó.

Ahora la identidad andaluza cotiza al alza, y no sólo por pasión, convicción y reflexión, sino por filosofía, cultura y política, es un buen momento para visibilizar, y para reivindicar, nuestra identidad andaluza.

Es cierto que hasta a las andaluzas y andaluces se nos ha puesto demasiado fácil olvidar Andalucía, y no necesariamente por vivir fuera de ella, sino, y sobre todo, por vivir fuera de nosotras y nosotros mismos. Sin embargo, en esta semana con la que se cierran las elecciones andaluzas, necesitamos recuperar la memoria de Andalucía, hablar alto de Andalucía, y de su posición necesaria en plano de igualdad, libertad y solidaridad con todas las otras nacionalidades de nuestro país. Hablemos de nacionalidad desde una perspectiva constitucional siempre, histórica por necesidad, filosófica y, sobre todo, poética por vocación, y para ello tenemos al menos siete razones:

  1. Porque lo dice el diccionario: La diversidad de nacionalidades en España se reconoce a nivel social en el DRAE , acepción 3ª: “Comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural”. Andalucía lo es.
  2. Porque Andalucía representa el paradigma universalista de convivencia: Entre una España centrípeta que nos empuja hacia el centro geográfico, y una España centrífuga que nos aleja de él, existe un espacio muy amplio en el que la diversidad nacional tienen cabida y merecen reconocimiento. Una diversidad reconocida internacionalmente, que es consustancial a ser andaluz y que así se entiende también a nivel histórico al hablar de Andalucía.
  3. Porque Andalucía y el concepto mismo de Senado van de la mano: El antifederalismo del artículo 145.1 de la Constitución de 1978 no implica una consagración que ha de permanecer tallada en piedra in saecula saeculorum, y ahora más que nunca, se impone la configuración de un Estado federal y participativo donde el Senado recupere su protagonismo político, actualmente copado por el Gobierno y el Congreso de los Diputados. Andalucía tiene una tradición de senadores que representan el poder territorial que se remonta a principios de nuestra era, aportando tres emperadores a la Roma imperial: Adriano, Trajano y Teodosio.
  4. Porque es precisa una pedagogía de lo andaluz en este país: Tanto para los nacionalistas del culto catalán o vasco que no aceptan otros nacionalismos históricos, como para los que se definen como españoles y se rasgan la vestiduras con la sola mención de una posible nacionalidad andaluza.
  5. Porque Andalucía lidera con arte, ciencia y cultura: Por más que se insista en los estereotipos folklóricos y se ignore nuestro acento.
  6. Porque Andalucía tiene la cabeza en los cielos pero está muy pegada a la tierra.Para el progreso económico de Andalucía, es fundamental una reforma agraria profunda, a la vez que potenciar la industria y tecnología agrícola andaluzas. Por extensión territorial, potencial económico y capital intelectual, Andalucía tiene mucho que decir.
  7. Porque Andalucía es el interlocutor natural entre el Mediterráneo y el Atlántico, el Oriente y las Américas: No sólo por historia y memoria, sino por posición geopolítica, Andalucía ha jugado, juega y jugará un papel importante en el diálogo de civilizaciones, fundamental para el progreso del resto de comunidades autónomas y Europa.

Por todo lo anterior, y porque ser andaluz vuelve a cotizar al alza, hablemos de Andalucía y hablemos en andaluz.

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Preside Del Canto Chambers, bufete de abogados con sede en Londres y Madrid. Colegiado en el Bar Council de Inglaterra y el ICAM en España, fué el primer español en ostentar la doble titulación como Barrister en Inglaterra y Abogado en España. Trabajó para KPMG, Deloitte y Grant Thornton entre otras Firmas y ha vivido en Madrid, Londres, Nueva York, Ciudad de México y Doha. León Fernando es un experto en medios digitales internacionales y ha sido asesor para la Dirección General de Grupo PRISA, Unidad Editorial, Huffington Post, Al Jazeera Networks, Arabi Post y News Deeply. Autor de artículos de opinión en El País, Expansión, Cinco Días, Huffington Post o The Times, para León Fernando los Derechos Humanos marcan la línea roja que separan lo bueno de lo malo.

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