Probablemente la del director de orquesta sea la labor menos entendida por el público de toda la disciplina artístico-musical. El compositor se presenta como la sabia mente capaz de ordenar los sonidos produciendo belleza y el intérprete como la figura que consigue, mediante el frotamiento de las cuerdas, el aire a través de los tubos o el percutir de las membranas, llegar al corazón de los oyentes. Avalan su función toda una serie de relaciones causa-efecto más fáciles de asumir y más tangibles que el hecho de “mover el palito” en el aire. ¿Qué es lo que hace exactamente un director y para qué sirve? Perdí la cuenta de las veces que me hicieron esta pregunta allá por la tricentésima y me aburrí, infinitamente antes, del conglomerado de topicazos asociados a nuestra figura. Detrás de la apariencia prototípica del director de traje o vestido ostentoso que ondea la melena al viento y de esa coreografía de brazos y cuerpo más aplaudida cuanto más escandalosa, reside una muy difícil profesión y un duro trabajo cuyo aprendizaje continúa de por vida.

Desde el momento en que el director se alza en la tarima, su misión principal radica en unificar los propios criterios de tempo, dinámica, carácter… que poseen de manera particular cada uno de los instrumentistas que van a hacer música juntos, en aunar en una sola visión, la suya propia, las distintas intenciones comunicativas de los músicos que tiene delante, convirtiendo la interpretación de una obra que han podido tocar cientos de veces en un momento único e irrepetible. Para ello, el director estudia, trabaja y perfecciona el movimiento de sus brazos, en lo que se conoce como las diferentes técnicas de dirección orquestal que nos han dejado los grandes maestros y que pasan por profundizar en el tamaño, la velocidad, la continuidad y otros atributos del gesto, adelantando siempre la música que va a acontecer en su anacrusa, es decir, una unidad de pulso antes, y convirtiendo su acción en una anticipación continua. Y así, “anacruseando”, el maestro se manifiesta como un experto comunicador a través de su cuerpo de la versión musical que tiene en mente, a la vez que representa el papel de intermediario entre orquesta y público, ayudando a los oyentes con sus movimientos al entendimiento de la música que está sonando.

Una cantidad considerable de horas preceden al momento del concierto, punta del iceberg de una complicada tarea de estudio y análisis en profundidad de las obras que van a interpretarse en cuanto a estilo, forma, tensiones armónicas o estructurales, posibles dificultades técnicas, pasajes complicados grupal o individualmente, y en la que un director se plantea cómo va a dirigir cada sección de la pieza y qué técnicas de ensayo pueden surtir efecto a priori para conseguir el resultado musical que desea. Seguirán a estas horas de preparación otras tantas de ensayos con la orquesta donde el director, como guía del trabajo, realizará las indicaciones y correcciones necesarias, destacando los motivos que han de resaltarse, coloreando con el abanico tímbrico de la orquesta el resultado sonoro y enriqueciendo a cada paso la interpretación de la obra. El cometido es muy similar al que un instrumentista solista realiza consigo mismo, con el difícil añadido de que el director posee un instrumento compuesto por muchas personas o individualidades y sus correspondientes diferentes formas de ser, hacer, tocar e interpretar.   

El director es además por lo general un gran observador y se muestra alerta a las distintas maneras de comportarse de los músicos, su carácter, su motivación, sus aptitudes como intérpretes, sus carencias y virtudes, debiendo ser habilidoso en la resolución de conflictos surgidos y ejerciendo un dominio de la psicología en el comportamiento personal y grupal necesario para potenciar lo positivo de cada músico y para controlar la dinámica del ensayo o las posibles dificultades de convivencia. Ocupar la función de dirigir implica saber ejercer un liderazgo desde el conocimiento, el control, el ejemplo y el respeto, nunca desde el despotismo, la soberbia o el insulto que practicaron algunos de los antiguos grandes maestros. Se dice que los directores pecamos de un exceso de ego, pero en muchos casos tal apariencia es tan solo reflejo de una firmeza en nuestras convicciones imprescindible, sin desligarse de la capacidad de autocrítica, cuando cientos de personas han ocupado sus butacas para escuchar tu trabajo. Un director debe sentir la seguridad suficiente sobre lo que está haciendo como para garantizar un compromiso artístico con quienes hacen y escuchan la música.

Este necesario camino del entendimiento social de la profesión del director se ve claramente perjudicado por el intrusismo que nuestra labor sufre de continuo. Resulta difícil hacer entender al público general la profundidad de nuestro trabajo cuando pianistas, violinistas, cantantes o pedagogos, cogen la batuta sin conocimiento (y sin remordimiento) para ponerse al frente de coros, orquestas y bandas de música. La dirección musical es una disciplina ampliamente estudiada y probada y, como tal, debería ser adecuadamente comprendida y respetada, fuera y dentro del ámbito musical profesional.

La música se expande mucho más allá de las notas, los silencios y otros signos escritos en una partitura y, en el caso de la orquesta, el coro o la banda, es el director el encargado de dar una vida concreta a esos pentagramas, transmitiendo mediante el gesto a los intérpretes su visión y sentimientos propios sobre la obra y produciéndose así el milagro de la frase que tantas veces describió y pronunció mi maestro de dirección y discípulo de Celibidache, Enrique García Asensio, con la que quise rendirle homenaje al poner título a mi sección en diario16: señoras y señores, “la batuta suena”.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorPatxi López destierra el término “traidor”
Artículo siguienteReserva de 1945
Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

1 + 8 =