Foto de Xavier Cervera.

Sus dos abuelos fueron taxistas, su padre fue taxista y Carlos Zanón, uno de los escritores españoles con mayor proyección literaria, se aleja con su nueva novela del género negro y presenta en Taxi (Salamandra) la historia de un Ulises desnortado y melancólico que atraviesa día y noche las calles de una Barcelona espectral que a muchos ni les sonará. Y mientras todo va ocurriendo, la música de un disco de The Clash pone el contrapunto.


 

Con su nueva novela parece haber querido, de entrada, homenajear a sus dos abuelos y también a su padre y, de paso, a toda una profesión que atraviesa momentos de zozobra laboral. ¿Es así?

No era mi objetivo. Me interesaba el mundo del taxi casi como símbolo de ir a la deriva, que al protagonista le diera igual ir a un sitio que a otro, ser libre y prisionero al mismo tiempo. Lo único que al haberlo vivido en casa, sabía cosas del oficio, lo duro que es, lo neurótico.

 

Y por supuesto, también a Barcelona, esa ciudad universal epicentro del mayor seísmo político de la historia reciente de este país.

Barcelona es la ciudad en la que nacieron mis padres y yo mismo. Es escenario y protagonista pero no un homenaje. Barcelona y yo nos soportamos.

“Sandino, el protagonista, busca dejar de ser Nadie”

 

¿Sabía dónde se metía al querer escribir sobre un Ulises urbano del siglo XXI en su odisea por las calles de la Barcelona más desconocida?

Entiendo la creación como un ir más lejos siempre, probarte hasta dónde puedes llegar, tratar de no saberte tú mismo la jugada.

 

Sandino, el protagonista de su novela, vaga durante siete días con sus siete noches por una ciudad alejada de las postales como un zombi sin norte prefijado. ¿Qué busca?

Algo que le fije en un sitio. Una oportunidad de elegir algo y dejar todo lo demás. Que algo le duela o le gusta de tal manera que deje de ser muchos y sólo sea uno. Dejar de ser Nadie.

 

¿Quién es realmente Sandino?

Una creación literaria, un trozo de quién soy, quién creo que soy, quién odio ser y quién deseo ser.

 

Ayuda a su falta de rumbo una ciudad digna de almas que lleva el diablo y la música de fondo de un disco de The Clash. ¿Por qué esta ambientación tan específica?

Las novelas me han de sonar. La literatura es música, tiene un ritmo, un caminar. Me gustaron The Clash y me gustan: eran una gran banda. Ambiciosa. Desmesurada, entusiasta, atolondrada. Como mi novela, espero.

 

¿Qué relación guarda su Sandino con Travis Bickle, y su Taxi con aquella mítica película, Taxi Driver, si es que mantiene algún paralelismo?

Fue un referente. Una de mis películas favoritas. Además me enseñó que para compactar la novela el protagonista debía aparecer en todas las escenas —en Taxi Driver sale en todas menos en una y Scorsese lo lamenta—.

Foto de Xavier Cervera.

 

¿Es la Barcelona de hoy una ciudad de iluminados en busca de redención en una tierra prometida?

No, Barcelona es una ciudad compleja con un problema político de dos millones de personas con muchos responsables y pirómanos en Barcelona y en el resto de España.

 

Para escribir sobre un taxista y su entorno, ¿mejor imaginar situaciones verosímiles pero cien por cien ficticias o acudir a la increíble realidad del mundo del taxi?

Mejor todo: inventar los recuerdos, recordar las mentiras, fabular y ser sinceros.

“Barcelona y yo nos soportamos”

 

El amor, su búsqueda ansiosa a través del sexo, marca la huida a ninguna parte del protagonista. ¿Fiel reflejo metafórico de la sociedad que vivimos en pleno 2017?

No lo sé. El amor y la muerte son lo único que no puedes comprar para tener o evitar. También te suceden por accidente, cuando el destino quiere. Por eso son los temas. El sexo no me interesa per se. Ni tan siquiera en un libro.

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