La reciprocidad es el eco que nos devuelve aquello que es posible, incardinado en un principio de realidad.

Siempre condición de posibilidad para crear y construir.

El binomio constituido por lo recíproco y lo real, tiene como consecuencia todo lo que puede ser entre el yo y el otro.

Al fin, parece que la vida no es sino un transcurso donde despejar incógnitas que, después, convertimos en realidades.

Por ello, la creencia más inteligente que se puede abrazar, es la que nos encamina hacia lo posible.

Lo recíproco está vivo, nutre en su movimiento a la esperanza, proyecta un haz de voluntades en dos sentidos.

De lo contrario, caminamos a ciegas sobre un suelo estéril.

En nuestras interrelaciones personales, estas premisas nos trasladan a la misma constante: ecuanimidad o abuso.

Es decir, sin la necesaria correspondencia y por mucho que nos la inventemos, es imposible que exista ningún tipo de relación cierta.

Al discurrir a través del tiempo, encontramos atracciones, deseos, caprichos, enamoramientos y demás contingencias de nuestras hambres pulsionales.

Mas nunca así encontraremos el amor, ya que el amor es un proyecto mutuo que se construye a partir de la decisión y la voluntad, del conocimiento y la pasión.

Serà otra cosa, pero no amor.

Espejismos de lo aparentemente razonable, guaridas donde se pudren miedos no resueltos, infiernos compartidos de renuncias a la plenitud.

Por semejantes motivos, existen múltiples representaciones del amor, engaños y autoengaños, puestas en escena de lo que, aun sin serlo, pretendemos.

Tanto sentimos que lo necesitamos que, en su ausencia, preferimos inventarlo moldeándolo conforme a nuestras más pueriles expectativas.

Falaz narcisismo que se confunde con la autoestima.

Cualquier cosa antes que enfrentarnos a la temible soledad existencial.

Pero esas fábulas tienen una duración escrita.

El tiempo todo lo desdice.

El deseo no se sustenta sólo con el propio deseo, aunque en la etapa de enamoramiento así lo parezca.

Esa es su trampa.

La curiosidad por lo desconocido es como el frescor de una fuente que se agota.

Son las emociones auténticas, esas que nos tocan el alma, las que tienen el inmenso poder de mantener desnudo un candor de ida y vuelta.

“Amor” a cualquier precio significa huir hacia delante en una compulsión fría y dependiente, interesada.

Después, todo ello se convierte en un gran vacío sordo y doloroso, donde se pierde el amor propio.

Y de nuevo desembocamos en la necesidad de no matar al pensamiento libre y crítico, no permitir que nos aplasten sobre moldes creados ad hoc que nos condenan a invisibles cárceles de oro, donde los reos son nuestros verdaderos deseos y la capacidad de ser nosotros mismos.

Solamente la lucidez alcanza lo profundo.

 

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Escritora, poeta, crítica literaria. Formación académica en Filosofía. Perita titulada en grafología documentoscopia y psicografología. Análisis textual lexicológico, semántico, de trazos y estético. Autora del libro "Bahía de un cuerpo"

1 Comentario

  1. Es fundamental comprender que el amor es reciprocidad, para sentirnos amados y apoyados, para no sentirnos abandonados por la persona que está con nosotros en el momento que más la necesitamos, como una enfermedad grave o un grave problema personal de trabajo o de dinero, hay que estar en las malas situaciones, y no desechar tanto como se hace actualmente a la gente fracasada. Porque sin sensibilidad y empatía no puede existir el amor, tenemos que ponernos en la situación de los demás. Cuando nos percatamos que no hay amor compasivo en la relación, si necesitamos que nos cuiden y nos tienen abandonados, las sensaciones que sentimos ante la indiferencia, no es la del despecho o la infidelidad, sino la pura desilusión, de que todo se desvanece y se viene abajo, de que ya da todo igual.

    En el amor es preciso ser incondicional cuando la situación lo requiere. La conmiseración consiste en compartir el dolor ajeno, identificarnos y ponernos en la situación de los demás, y hacerlo nuestro. Cuando las cosas van mal, la mayoría de las veces es porque el amor llega disfrazado de omnipotencia e intentamos imponer nuestras opiniones e ideas al otro, y ese es un grave error. Si hay amor, la obligación por ayudar y proteger a la persona que amamos, nace de nuestro interior sin condiciones, con sosiego, y sin obsesión y sin apego. Cuando el amor se instala en el corazón de una persona, sobran los convencionalismos, las normas sociales, la moral e incluso la virtud. Todo sale con fluidez, sin esforzarse en exceso, y sin necesidad de luchar mucho por ello, con desenvoltura. El amor nos da valor, energía, constancia, disciplina, cuando se ofrece con total sencillez, no existen balanzas para compensar favores, ni cuentas que cobrar ni pagar, y nunca se reclaman compensaciones cuando es sincero.

    El amor completo no se deteriora con el placer del sexo, ni con su extinción, ni tampoco consiste en procurar que esté a gusto el otro a cualquier precio y circunstancia, procurando el bienestar de la persona a la que amamos, que nace de la libertad y el sosiego, es necesario pues para amar estar avezados siempre para el sacrificio, porque el amor se enaltece y se agranda en la renuncia que muchas veces la vida nos obliga a soportar.

    ARTURO KORTÁZAR AZPILIKUETA MARTIKORENA ©

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