Este título se corresponde con el 10º de “Los 10 Mandamientos de Ana”, un decálogo que guía a las personas con Anorexia – a la que llaman Ana – y les “ayuda” a ser más constantes y estrictas con la pérdida de peso y la dieta. Esta enfermedad no sólo destruye poco a poco a quien la sufre, sino que destroza todo el entorno del paciente.

En el artículo anterior empezábamos a hablar de la Anorexia, sus causas, consecuencias y tipos; pero hay tanto escrito sobre esta enfermedad que el espacio se quedaba corto para hablar del entorno familiar y del tratamiento, que es a lo que nos dedicamos aquí.

Además de las consecuencias físicas y mentales que sufren los pacientes con esta enfermedad, vamos a poder ver como se desestructura todo su entorno.

Hay que tener en cuenta que, para poder llevar a cabo las conductas que les ayudan (o creen que les ayudan) a reducir el peso – en primera instancia – y a no engordar, tienen que mentir, esconderse,… de alguna forma, llevar una doble vida que haga que su entorno no se dé cuenta de lo que realmente está pasando.

El excesivo celo con el que esconden lo que ocurre hace que se vuelvan desconfiados y sientan que se les ataca constantemente. Se vuelven irritables y hay cambios bruscos en sus estados anímicos, aunque con el tiempo va predominando un estado de ánimo depresivo.

Entre estas conductas que aparecen son comunes el esconder la comida o poner excusas para no comer; estar vigilantes con la cantidad que se les echa en el plato y dejar algo de comida, el plato nunca queda vacío; hablar todo el tiempo de comida, hidratos de carbono, grasas,… y controlar la cantidad de cada cosa que comen… entre otras muchas y muy llamativas conductas.

Cuando la familia se da cuenta de que hay un problema con la alimentación, la situación se vuelve más tensa y el sistema familiar y sus relaciones se centran en el trastorno y comienzan a aparecer sentimientos de culpa y una excesiva vigilancia y control sobre la persona que padece la enfermedad. El núcleo familiar va desapareciendo y, a su vez, generando un mayor malestar en el enfermo, que se siente culpable y tiende a aumentar sus conductas de control que pasan por aumentar la gravedad de la enfermedad.

Iniciar el tratamiento psicoterapéutico – desde la Terapia Cognitivo-Conductual – va a ser un importante factor de estrés para la familia, ya que lo primero que se va a hacer, en un intento de evitar el ingreso hospitalario del paciente, es dar unas pautas de control conductual que necesitarán la supervisión del entorno más cercano del enfermo.

Si el paciente acude a consulta con bajo peso y en un estado avanzado de la enfermedad, se le pedirá que pase todo el tiempo en cama, retirándose, además, cualquier tipo de reforzador (televisión, radio, libros, móvil, videojuegos,…); no podrá ir al baño solo y no podrá pasar ahí un tiempo superior al que determine el terapeuta, tampoco podrá ducharse; tendrá que comer, siempre, acompañado y siguiendo una dieta específica, sin dejar nada en el plato; los pacientes que estén en edad escolar, no podrán hacer los deberes (son pacientes en exceso exigentes y perfeccionistas, por lo que esto se convierte en un castigo); no tendrán contacto con amigos u otros familiares que no sean los que viven en el núcleo familiar.

La única tarea del paciente será estar en cama. Por ello, es recomendable y común que durante las primeras fases de la terapia se trabaje con un psiquiatra que prescriba un tratamiento farmacológico para prevenir la aparición de sintomatología ansiosa.

Retirando todos estos reforzadores e imponiendo algunos castigos (como comer todo lo que hay en el plato, no hacer los deberes,…) se pretende que el paciente busque una mínima mejoría para ir consiguiendo que le devuelvan a la normalidad.

Durante este período – con una duración variable, dependiendo de la predisposición del paciente – van a ser comunes las rabietas, llantos y peleas en casa. Así, los cuidadores principales van a sufrir un fuerte estrés, siendo recomendable que, al menos, una vez al mes acudan también a consulta para que se les puedan dar estrategias para hacer frente a estas situaciones.

Conforme el paciente va recuperando peso, se van dando reforzadores, empezando por la ducha, y poco a poco restituyendo la normalidad, mientras se mantiene la supervisión por parte de los cuidadores. Esta supervisión se irá retirando conforme se avance en el tratamiento.

Este tratamiento conductual deberá ir, siempre, acompañado de psicoterapia. En las sesiones se trabajará la imagen corporal, educación emocional, reestructuración de pensamientos irracionales relacionados con la alimentación y la comida,… En general, se darán al paciente nuevas formas de relacionarse con la comida, con la vida y consigo mismo.

Es muy importante que el tratamiento sea multidisciplinar, es decir, que participen profesionales de varias ramas, principalmente: psiquiatría, para el control del tratamiento farmacológico; nutrición, para la implementación de dietas saludables y control del peso; y psicología, desde la cual se llevará a cabo el tratamiento conductual y el psicoterapéutico.

En los casos más graves o cuando no hay respuesta al tratamiento ambulatorio (en casa), sería conveniente que se llevara a cabo el ingreso hospitalario o en centros específicos.

Junto con todo ello, se ha mostrado muy eficaz la participación en terapias de grupo con otros pacientes que padecen trastornos de la conducta alimentaria.

Lo más recomendable va a ser que se lleve a cabo una correcta prevención, tanto en casa como en el colegio. Dentro de este ámbito, los padres pueden promover que se lleven a cabo talleres de psicoeducativos en ésta y otras áreas.

Y es que, para prevenir, no hay que esperar a que haya un problema.


Artículos anteriores:

· Mi problema con la comida no tiene nombre.

· Cuando lo que entra tiene que salir.

· Cuando comer es algo más que una adicción.

· No comerás sin sentirte culpable.

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